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miércoles, 20 de noviembre de 2013

Olfato

Es algo así como una leve punción en el espacio entre el estómago y el corazón. Digamos un chiquito más abajo que el plexo solar. Ahí justo se siente un tironcito. Éste se conecta directamente con el cerebro y esa combinación dispara la alarma de la experiencia. Tanta vuelta para plantear que hoy no sé si es bueno o malo este tema de saber lo que se avecina. Existen ciertas situaciones nuevas, frescas e inmaculadas que, pasado un tiempito, ya empiezan a emanar señales de déjà vu. Ahí comienza la sensación amarga, esa que decide socavar desde el punto mencionado y va tomando todo el espíritu. Esa precisa seguridad de que esto también va rumbo a eso. Esa eterna película que se repite. Sí, es así... va a pasar eso... otra vez... así es... vuelve a repetirse como el día de la marmota... Tu terquedad y pensamiento mágico tratan de no doblegarse. Siguen insistiendo con que no, que te equivocás, que esta vez será diferente. Pero tu yo lee la sensación clara del plexo y sabe que ahí está la verdad. Sí, definitivamente va volver a pasar, tiene todas las señales que ya conocés, los contornos ya vistos, los vacíos inconfundibles. Sí, indefectiblemente. Esto también va rumbo a eso.

martes, 27 de agosto de 2013

Teoría y práctica

Harald Weinrich escribió sobre los tiempos de la narración y del comentario. Distinguió qué tiempos verbales se utilizan en el discurso cotidiano (mundo comentado) y cuáles en el ficcional (mundo narrado). Dentro de la narración exponía la diferencia entre el Pretérito Imperfecto (cantaba) y el Pretérito Perfecto Simple (cantó). Observaba que el primero era un tiempo que servía como decorado, para enmarcar las situaciones principales (Los pájaros cantaban sobre las ramas, y la fronda tocaba una música como de anís), y el segundo representaba el tiempo de los hechos puntuales y principales, del primer plano, aquellos que hacían que la historia se desarrollara, siguiera, se activara (De repente, algo se vislumbró en el cielo, todo se quedó quieto y esperó). Hoy recordé toda esta teoría, cuando intenté encontrar un paralelo de lo que sucede cuando algo se termina. Los finales nunca son fáciles, para nadie supongo. Y hoy palpé el final, y tiene la textura de cuando vos y yo ya nos hablamos como le hablaríamos a cualquiera, cuando en nuestra mirada no vemos nada propio, cuando dejamos de ser únicos. El final es el final cuando ese otro que siempre apareció en colores, ahora se funde en el blanco y negro de la masa amorfa del resto. Cuando ya es uno más, como cualquier otro. Recién hoy pude reconocer que dejamos de estar en pretérito perfecto simple, dejamos de ser el motor que hacía avanzar la historia, para convertirnos indefectiblemente en un pretérito imperfecto, ese telón de fondo que se va fundiendo con el pasado.