Mostrando entradas con la etiqueta bondi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta bondi. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de septiembre de 2013

Bajos instintos

Existen cosas bastante extrañas en los hombres que me generan ternura. Una de ellas es cuando usan los cordones de las zapatillas estilo Topper muy ajustados, casi que se juntan las dos hileras de ojales, y los cordones en un moño largo largo caen por los costados. No sé por qué deformidad de mi psiquis, pero me da ternura y ya. Hay algo de inocencia, no sé. Hoy, parada en el medio del colectivo, no pude quitarle la vista de encima a un par de pies con las características antes dichas. Miro miro miro miro hasta que escucho: ¿Me estás mirando las zapatillas? Levanto la vista y veo unos ojos preciosos, no por el color sino por la forma y las pestañas. Contándote los ojales, respondo. Él, ¿cuántos hay? Yo, 12. Él se sonríe elogiando mi precisión y se excusa, Si no llegara tarde al trabajo, te invitaría a desayunar; y yo remato, Y yo ya me bajo... lástima. El se despide con un tal vez la próxima, y yo le respondo tal vez, y me bajo luego de comprobar que no todo es tan malo en los bondis.

sábado, 3 de agosto de 2013

No amagues que oscurece

Quiero castigar fuerte fuerte a esa gente que va sentada en el bondi y juega con tu deseo de sentarte. Te ilusiona al divino botón. Vos vas parada ahí, agarrándote con una mano de algún soporte que te quede cerca, en la otra cuelga el abrigo y la bufanda que te tuviste que sacar porque nadie abre una puta ventanilla mientras los vidrios empañados chorrean*, adelante y colgada: la mochila**, vas ahí medio inmóvil, ejercitando los músculos en cada frenada que el amable chofer clava, y el hijo de perra que está sentado en el lugar que te tocaría si se levantara se la pasa amagando la bajada. Si es una mina, guarda todo en la cartera, acomoda el bolso, se saca los auriculares, hace que levanta el bote para mejorar la posición, y vos como una estúpida, sin mirar demasiado relajás contenta de que te vas a poder sentar, de que hoy sí te vas a poder sentar. Si es un tipo, se inclina para adelante y después se vuelve a apoyar en el respaldo, cabecea y mira hacia adelante como para no pasarse de parada, se inclina para agarrar la mochila o la sube a su falda y vos pensás ¡Se baja! El cuerpo solo ya se distiende. Pero, no, el muy jodido se regocija, cómodo y te presume el asiento delante de tus narices, mientras vos danzás al ritmo de los baches citadinos y las dobladas asesinas. Detesto a esa gente. ¡Carajo, dejen de hacer eso, no amaguen, si se van a bajar, bájense y punto! No quiero ilusionarme en vano en el bondi, bastante ya está la vida para eso.

* (¡abran la ventanilla, mierdas! no saben que el que sube una vez que el vehículo está lleno se tiene que fumar la mezcla de olores a pelo sucio, sobaco, boca con aliento, culo, etc. ¡Pegate una enjuagada antes de salir de tu casa!)

**(no sos tan hija de puta de dajarla colgando de atrás para que los que quieren pasar se enganchen y te arrastren hasta el paragolpes trasero)

miércoles, 10 de abril de 2013

Marga y Oscar for real

Sentada en el 44, miro por la ventanilla, el colectivo se detiene para levantar pasajeros. Oigo una voz muy particular, que habla fuerte, se escucha hasta el fondo: “Dos hasta 6 paradas, acá nomás... ¿qué te doy? ¿las dos tarjetas o saco los dos boletos con una?”. La emisora era una señora mayor ya, alta, flaca, desgarbada, vestía un pantalón jogging azul marino, una blusita de señora grande, saco de lana y tenía puestas unas zapatillas negras deportivas dos números más grandes. La miro. El cabello hasta el comienzo del hombro, bien canoso, agarrado al costado con una hebilla, muy desprolijo. Ella era muy desprolija, o simplemente torpe. Y no paraba de hablar. Le mostraba al chofer las dos tarjetas Sube, porque quería sacar dos boletos. Uno para ella, y otro para su marido que subió detrás. Él era alto, pantalón jogging también, remera metida adentro del pantalón y campera deportiva, las zapatillas eran su número. Todo prolijo él, inmutable, erguidito, mayor también y con cara de no hablar nada. Ahí caí en la cuenta, estaba frente a una pareja Marga y Oscar auténtica. Y morí de amor. Ella trataba de hacer equilibrio mientras ponía la tarjeta en la máquina: ¿Ya está o pongo otra vez? A los gritos hablaba. Tenía una cartera colgada del brazo derecho, en la cara interna del codo. El colectivo la zamarreaba para un lado y para el otro, ella se agarraba de donde podía y la cartera se bamboleaba con ella. Oscar la seguía. Ella se paró en el pasillito donde está la máquina de las monedas: Vení acá, Oscar -le decía-, quedate al lado mío. Oscar, con cara de pocos amigos, pasó por detrás de ella y se sentó en el primer asiento de espaldas al chofer: No te sientes, no ves que ya bajamos. Y como Oscar no le daba bola, ella bamboléo hasta el asiento al lado de Oscar: Ay, cómo se mueve, madre santa. Pero acá no me ubico para nada yo, Oscar, así sentada de espaldas... cómo querés que vea dónde bajar. Oscar, inmutable, serio, terminante responde: Yo me ubico perfectamente, Marga. Y no la mira, sino que mira para el costado, con la mano apoyada en la rodilla y el brazo en forma de asa de tetera. Marga cabecea por sobre el chofer y se retuerce con su cartera. Es tan graciosa: No veo nada, Oscar, dejame pasar, son tres paradas nomás. A ver... correte... corré la pierna, me vas a hacer caer. Yo miraba todo y trataba de no largar la carcajada. Era esas viejas insoportables pero simpáticas. Y él era extraordinariamente gracioso, sólo por el contraste. Hubiera estado mirándolos por horas. Marga logra sostenerse en el pasillo y se acerca al chofer, hablando por supuesto: ¿La próxima es la calle X? Ah, ¿falta una parada más? Mirando a Oscar y en voz fuerte fuerte: Falta una parada más, Oscar, y bajamos. Acomodate, dale, así no nos pasamos. Oscar encara para la puerta del medio, y Marga está en la de adelante. Grita: Oscar, vení para acá, bajá conmigo. Oscar medio que bufa haciendo revoleo de ojos: Bajo por acá que es lo mismo. Ella: Pero falta una parada, vení acá (gestito con la mano, llamándolo), bajá conmigo así me sostenés y no me caigo. Después te sostengo yo. Y como si esto fuera poco, mirá a unas chicas sentadas adelante y arroja: Si no nos sostenemos entre nosotros (larga una risita)... Ah, ¿esta no es la parada? ¿Es la otra? Nos bajamos en la otra, chicas... Uds, ¿bajan acá? Las chicas niegan con un movimiento de cabeza. Oscar se acerca y se pone detrás de Marga. Ella al chofer, fuerte siempre: Pará bien en el cordón que si no nos cuesta un Perú. Ah, ah... mse... claro, sí, es por eso... está bien. Se da vuelta hacia Oscar: No puede estacionar cerca del cordón porque la gente estaciona los coches ahí justo.... … … Y bue.... qué se le va a hacer.... El bondi para, yo miro su figura tan desgalichada y muero por dentro. Lo más gracioso eran las zapatillas... tan tan grandes. Y el silencio de Oscar era único, porque demostraba fastidio pero la miraba con ternura. Por fin bajan, ella lo hace primero sosteniéndose del pasamanos y de Oscar. Y esa cartera bamboleante tan suya. Luego le da la mano a Oscar para que baje, éste no se hace cargo y baja solo, demostrando agilidad. Ella igual apoya su mano en la espalda de Oscar. Los dos alcanzan el cordón y por fin la vereda. Y ahí sucede algo maravilloso: él la espera a ella que quedó un poquito atrás. La espera. No sigue caminando. La espera hasta que están uno al lado del otro. Ahí recién los dos emprenden el paso. Ella sigue hablando, obvio, y gesticula con la cartera colgada, pero los dos caminan juntos. Yo los sigo desde el bondi, y miro ese cosmos formado entre ambos. Ellos ni lo saben, pero yo me siento testigo de eso que tal vez ya ni ellos perciban, por ser justamente tan suyo.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Día que no

Cuando ya se amanece atravesada, es mejor darse vuelta y atrincherarse entre sábanas. Viste esos días en los que no, que mejor no, que mejor lo dejamos ahí. Así, hoy. El gris de la jornada no ayudaba mucho, la llovizna menos y mi pesadez mental restaba toda posibilidad de triunfo. Tratar de acomodarme los pelos era una necedad por mi parte, la humedad ganaba por robo. La ropa se sentía en el cuerpo como si fuera de cartón corrugado. Me molestaba la sisa, las medias, el talón derecho, el cuello y el estómago. Cuando salí a la calle me di cuenta de que tenía una violencia contenida y de que el primer energúmeno que se atreviera a mirarme iba a pagar el precio de mi irracionalidad. (Aclaro: no estoy ovulando ni ovárica ni nada) Era esa sensación de que te tira el cuerpo, de que de repente vas a estallar. Creo que la palabra es fastidio. Estaba fastidiada. El viaje en colectivo fue bastante tolerable, pero me molestaba todo lo que tuviera que ver conmigo: ropa, bolso, pelo, uña, ojos, cervicales. Encima esa humedad detestable que se te frota y frota. Bien, se me sienta al lado un señor importante en tamaño, despliega el diario y me clava su codo en mi brazo. Y encima me mira como diciendo: “Mirá que ocupás espacio, ¿eh?”. Como yo sabía que era un día de culo fruncido, le puse onda, respiré y seguí con la tirantez de columna vertebral. Bajo del colectivo. Espero mi paso ante el semáforo, y cuando éste se coloca en rojo un colectivo que tenía que frenar se estacionó sobre la línea peatonal. La horda de autómatas cruzó como pudo, haciendo de jamón del sándwich que (para ese entonces) formaban el 41 que se había adelantado y el 61 que estaba levantando gente en una parada. Cruzo, levanto mochila sobre la cabeza, y me abro paso entre el pasillo que dejaban los bondis. Ahí me latió el ojo y sin pensarlo me acerqué al siome que había estacionado donde yo debía cruzar, le golpeé la puerta, me miró y ejecuté una performance para hipoacúsicos: índice que lo señala (“vos”), índice y mayor en V señalando mis ojos (“mirá bien”), gesto con la manito abierta (como pidiendo un cortado pero hacia abajo) en vaivén (“dónde estacionás”) y en voz alta: “¡¡¡La puta que te parió!!!”. Desde ese momento supe que mi misión en el día era marcarle a la gente de mierda lo mal que hace las cosas. Sigo caminando, espero para cruzar otra avenida. Semáforo en rojo para los autos. Estoy cruzando y un tachero me tira el taxi encima dado que calculaba que se iba a poner en amarillo pronto y eso le daba derecho a adelantarse. Freno, le golpeo el capó tres veces con la mano abierta, y le planto: “Sos tarado o te hacés”, señalándole el semáforo. En ambos casos, enrostré mi veneno y ni me preocupé en esperar lo que tuvieran para decir. Pasé el día laboral avisando que no estaba en mi eje. Al salir, me paro en la cola del transporte público de pasajeros. Pasan tres bondis, no paran. Uno de ellos no iba lleno. Veo que viene otro, y al mismo tiempo se acerca un vendedor de Hecho en B.A., revista que suelo comprar, sin embargo,no tenía ganas de sacar la billetera, no tenía mucho dinero, y encima la tapa era con Estelares, banda prescindible si las hay. El bondi se acerca, el pibe rasta también: “Hola, doña, perdone que le interrumpa lo que escucha, me compra una revista... 7 pesito nomá”, le oigo la oferta, el aliento y el olor a pelo sucio. Como me percato de mi día, sonrío y le digo: “No gracias... te agradezco”, si está todo bien con el pibe. Pero ete aquí que a él se le ocurre emitir: “Por qué se ríe, nosotros necesitamos comer, no se ría”. Upa la lá. ¿Sabés qué rasta? El speech lastimero de “queremos la copa de leche”, hoy lo tendrías que haber obviado. A lo cual yo, instantáneamente: “No me estoy riendo, trataba de ser amable, ahora tomatelá, rajá porque no te voy a comprar un carajo de nada”. Bien. Subo al bondi y, milagrosamente, todos los asientos estaban libres para mí. Me senté en el lugar que más me gustó, y caí en la cuenta de que hay veces en las que una puede ser recompensada sin tener que agachar la cabeza ni poner la otra mejilla.

miércoles, 27 de junio de 2012

Parada, chofer

Muchas son las maneras que uno tiene de clasificar a la gente, lo revelador es encontrar una nueva. Hoy descubrí algo interesante al respecto: teniendo en cuenta a todas las personas existentes pueden trazarse dos patrones relacionados con el transporte público. Existen quienes, al subir a un colectivo, subte o tren vacíos y a pesar de que su trayecto implique pocas cuadras o estaciones, ocupan un asiento sin más consideraciones. Se sientan, se apropian de su lugar sin importar que ese estado dure cinco minutos. Hay otros que en la misma situación permanecemos de pie y cedemos las butacas a quienes emprendan recorridos más prolongados, con la errada idea de “para qué si ya me bajo”. Y aquí viene el hallazgo: los primeros son los que entendieron el mundo al dedillo y quienes están destinados a la felicidad; los segundos aún estamos intentando poder algún día dar el paso sin importar lo que dure el viaje.