Mostrando entradas con la etiqueta Catarsis. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Catarsis. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de marzo de 2014

Warning

Mascotas, a ver si aflojamos con los episodios fúnebres, por favor. 
Mi espíritu es débil y sensible, así que por este año 
a dejarse de escorchar con las despedidas. 
No more tears. 
Capisce?

jueves, 27 de marzo de 2014

martes, 25 de marzo de 2014

Caca

La persona sorete es aquella que existe en el mundo para enmierdarte la vida. La persona sorete, así nomás, no posee la destreza humana de notar lo mierda que es contigo. Y claro, porque la persona sorete ni siquiera advierte que existe alguien más allá de su diarreico ombligo. O, tal vez, sí... sabe que existen otros en el mundo y hasta incluso nota que existís vos, pero se pasa a uno por uno por el traste. Si total, el resto sólo es un bonito bonito papel para limpiar la cagada misma que va dejando a su paso. La persona sorete abre la boca y expulsa palabras flatulentas que se desvanecen por fin apestando el aire que respiramos. Dichas palabras cumplen la función de gasificar su personalidad, inflándola al punto de la perfección, para luego estallar, enterrándote en mierda hasta las pestañas. La persona sorete te constipa la perspectiva. A su alrededor olés jazmín, pero no pasa mucho tiempo para que la pestilencia se abra paso y te acomode las piezas del cuadro. La persona sorete justificará su accionar excrementicio argumentando que todo conspira contra sí, deslindándose de ese modo de cualquier tipo de responsabilidad residual. La persona sorete defecará oraciones hediondas que de ningún modo se corresponderán con un accionar y que jamás se transformarán en algo concreto. La persona sorete te caga el día o los días o las semanas o los años y sólo saldrá de tu vida si la lucidez hace fuerza y te ayuda a abrir las compuertas de lo desechable para evacuarla para siempre y de una vez por todas.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Chico dandy

Pero mirá que insistís ¿eh? Y dale que dale... estás gastando mucha energía, pibe, demasiada. En la vida, corazón de sandía, uno es lo que es y ya está. No es tan grave. A ver, vos querés demostrar ser un muchacho de barrio, de tablón, pero realmente irradiás platea preferencial con separador de acrílico antibalas, preciosura. Date cuenta... aceptalo, hay ciertas características que no te caben, y está bien, es lo que sos, no reniegues por eso. Vos me querés convencer cada tanto de que sos del palo, y de que porque alguna vez en tu vida hiciste un pogo, hablamos el mismo idioma. No, lindura, no hablamos el mismo idioma. Lo acepto, sos nacido y criado en el conurbano y te gusta el fútbol, pero eso no alcanza. De hecho el barrio citadino al que te mudaste dice mucho de ti, corazón de rododendro; y tu equipo de balompié, si te sincerás, es bastante chetito. ¿Te miraste en un espejo, bombón? Sos un rubiecito de ojitos claros, todo prolijito, tenés mejores manos que yo y sos así todo mantequita. Hasta tu actitud es de edulcorante: medio histérica, que sí que no; que te hacés el macho alfa y después te sobreviene el emo con lactobacillus. Me nace ponerte una peluca con extensiones y hacerte desfilar mientras te tiro milanesas de soja. Te falta choripán en la vereda, hermoso... y ambos sabemos ya que no pasás del pancho con mostaza y mayonesa. En McDonalds pedís el McPollo, y los cubiertos median entre vos y una napolitana a la piedra. No te lo tomes a mal, a mí todo esto no me espanta, lo que me incomoda un poco es que te esmeres tanto por contradecir tu esencia. Y lo que me infla aún más es que sigas empecinado en hacérteme el grosso. Andá... subite al taxi, que yo espero el bondi.

martes, 27 de agosto de 2013

Teoría y práctica

Harald Weinrich escribió sobre los tiempos de la narración y del comentario. Distinguió qué tiempos verbales se utilizan en el discurso cotidiano (mundo comentado) y cuáles en el ficcional (mundo narrado). Dentro de la narración exponía la diferencia entre el Pretérito Imperfecto (cantaba) y el Pretérito Perfecto Simple (cantó). Observaba que el primero era un tiempo que servía como decorado, para enmarcar las situaciones principales (Los pájaros cantaban sobre las ramas, y la fronda tocaba una música como de anís), y el segundo representaba el tiempo de los hechos puntuales y principales, del primer plano, aquellos que hacían que la historia se desarrollara, siguiera, se activara (De repente, algo se vislumbró en el cielo, todo se quedó quieto y esperó). Hoy recordé toda esta teoría, cuando intenté encontrar un paralelo de lo que sucede cuando algo se termina. Los finales nunca son fáciles, para nadie supongo. Y hoy palpé el final, y tiene la textura de cuando vos y yo ya nos hablamos como le hablaríamos a cualquiera, cuando en nuestra mirada no vemos nada propio, cuando dejamos de ser únicos. El final es el final cuando ese otro que siempre apareció en colores, ahora se funde en el blanco y negro de la masa amorfa del resto. Cuando ya es uno más, como cualquier otro. Recién hoy pude reconocer que dejamos de estar en pretérito perfecto simple, dejamos de ser el motor que hacía avanzar la historia, para convertirnos indefectiblemente en un pretérito imperfecto, ese telón de fondo que se va fundiendo con el pasado.

martes, 13 de agosto de 2013

Un buen chirlo a tiempo...

Sueño: camino por una calle largamente conocida. Detrás de mí, el ex que peor se ha comportado en la historia de los amores mediocres. Yo camino y él me sigue y pronuncia mi nombre, llamándome... Me paro bruscamente, me doy vuelta y le cruzo una trompada fulminante. Me despierto sumamente aliviada. Si lo hubiera hecho en la realidad y en el momento justo, ¡la de terapia que me ahorraba!

sábado, 3 de agosto de 2013

No amagues que oscurece

Quiero castigar fuerte fuerte a esa gente que va sentada en el bondi y juega con tu deseo de sentarte. Te ilusiona al divino botón. Vos vas parada ahí, agarrándote con una mano de algún soporte que te quede cerca, en la otra cuelga el abrigo y la bufanda que te tuviste que sacar porque nadie abre una puta ventanilla mientras los vidrios empañados chorrean*, adelante y colgada: la mochila**, vas ahí medio inmóvil, ejercitando los músculos en cada frenada que el amable chofer clava, y el hijo de perra que está sentado en el lugar que te tocaría si se levantara se la pasa amagando la bajada. Si es una mina, guarda todo en la cartera, acomoda el bolso, se saca los auriculares, hace que levanta el bote para mejorar la posición, y vos como una estúpida, sin mirar demasiado relajás contenta de que te vas a poder sentar, de que hoy sí te vas a poder sentar. Si es un tipo, se inclina para adelante y después se vuelve a apoyar en el respaldo, cabecea y mira hacia adelante como para no pasarse de parada, se inclina para agarrar la mochila o la sube a su falda y vos pensás ¡Se baja! El cuerpo solo ya se distiende. Pero, no, el muy jodido se regocija, cómodo y te presume el asiento delante de tus narices, mientras vos danzás al ritmo de los baches citadinos y las dobladas asesinas. Detesto a esa gente. ¡Carajo, dejen de hacer eso, no amaguen, si se van a bajar, bájense y punto! No quiero ilusionarme en vano en el bondi, bastante ya está la vida para eso.

* (¡abran la ventanilla, mierdas! no saben que el que sube una vez que el vehículo está lleno se tiene que fumar la mezcla de olores a pelo sucio, sobaco, boca con aliento, culo, etc. ¡Pegate una enjuagada antes de salir de tu casa!)

**(no sos tan hija de puta de dajarla colgando de atrás para que los que quieren pasar se enganchen y te arrastren hasta el paragolpes trasero)

domingo, 14 de julio de 2013

Terapia de grupo didáctica

"Señor, dame la serenidad de aceptar
las cosas que no puedo cambiar;
valor para cambiar las cosas que puedo;
y sabiduría para conocer la diferencia." 

Vamos a sentarnos en círculo así nos vemos las caras un poco. Mmm, bien, ahora verán lo que tengo entre las manos, ¿sí?, un tucán de cerámica... es un adornito, ¿sí? Bien, este tucán es simbólico, y nos servirá para la actividad de hoy, ¿sí? Bien... la persona que tenga el tucán en la mano es la que tiene la palabra, es decir, la tenencia del tucán nos dará el permiso para hablar y manifestar aquello que necesitemos, y si tenemos que decírselo a alguien aquí presente, miramos a la persona y expresamos eso que nos inquieta. Ahora bien, como yo tengo el tucán en la mano y necesito decir algo, voy a hablar primero, y te voy a mirar directamente a vos y te lo voy a decir, ¿sí? Bien, te quiero explicar una cosa importante que tal vez no sepas: no todo lo que una mujer dice es un planteo o un sermón, ¿sí? A ver, no todo aquello que una expresa es una prédica obcecada con el fin de destruirte. Por ejemplo, si te pregunto un jueves si te parece que el sábado vayamos a X lugar, no te estoy haciendo un planteo... ¿comprendés? Es sólo una pregunta, no te estoy coartando la libertad, ni organizando tu vida, ni decidiendo por vos, ni ninguna de esas cosas. Yo, sujeto A, te hago una pregunta a vos, sujeto B. ¿Sí? Y vos podés contestarla con un sí o con un no. Una pregunta que busca respuesta concreta no es un planteo profundo sobre nada que deba preocuparte. Si yo te pregunto por qué te enojaste ante tal o cual comentario, y te explico que lo entendiste mal, que fue un malentendido, eso es una explicación, no un sermón, ¿sí? No es motivo para que comiences a hiperventilar, y a experimentar una taquicardia que anuncia un ACV prematuro. ¿Sí? O si te pido que dejes la toalla mojada sobre otro lado que no sea la cama, otro lado, ni siquiera te reduzco las posibilidades a una, sólo te solicito que no la dejes en un lugar, que podés dejarla en otros siete lugares pero no en ése; dicho pedido no es un sermón, no es la castración de tu masculinidad, ni un juego de roles donde yo emulo a tu madre y vos tenés una regresión a tu traumada adolescencia, ¿sí? Yo te explico esto, primero porque tengo el tucán en la mano, y segundo porque me tiene un poco seca que siempre ante cualquier comentario vos tengas que bufar como si te estuviera tocando el timbre y trayendo la palabra de Jehová. Si vos tenés una capacidad de resolución limitada, no es problema mío, ¿sí?, si todo lo que te requiere una decisión básica básica te pone los cimientos del cerebro en conmoción, fijate, hacete ver, te lo digo con el tucán en la mano, ¿sí? Yo entiendo que hay minas que te perforan el cerebro hablando, que responden por vos cuando alguien te pregunta algo, que te eligen la ropa que tenés que vestir. Sin embargo, ése no es mi caso, ¿sí? Porque pasa lo siguiente, tu acotado espacio para la conversación de ciertas cuestiones luego hace que te sorprendas cuando yo agarro mis cosas y me mando a mudar. Cuando pego el portazo vos me maldecís, y te convencés de que “de un día para el otro, sin avisarte” te dejé, con el corazón roto. Si te hubieras molestado en bufar menos e interactuar un poco más, tal vez este tucán que tengo ahora en la mano se lo podría haber cedido al adicto al crack que tenés sentado al lado, quien seguramente lo necesita de verdad.

sábado, 20 de octubre de 2012

No seré feliz...

Si hay alguien que me parece carente de todo talento esa es Linda Peretz, sin embargo, me veo forzada a citarla en el título dado que días atrás pude renovar los votos de una verdad casi absoluta. Una vez más comprobé que, mientras se tiene a alguien al lado, no importa cuán feliz se es. No hace mucho fui concurrente a una reunión cuasifamiliar. Y, claro, siempre hay una amiga de la familia lo suficientemente argolluda para regodearse con nuestra soltería. Apenas asomo en el recinto, botella de tinto en mano para colaborar, Argolluda me aborda, toda glamorosa, al grito de ay! mirá tanto tiempo!!! cómo estás lindura!!! Yo me veo sometida al abrazo de Argolluda y lo único que puedo pensar es la concha de su hermana. Argolluda siempre me pareció el prototipo de mina que con el tiempo aprendí a detestar. Básica básica. Noviazgo, casamiento, la casa, el perro, el auto, la nena, el nene, el terrenito en MDQ y una inagotable fuente de aburrimiento en el clítoris. Y no es por la enumeración de logros que la detesto, sino por la falsedad que en ello se esconde. Argolluda me besa, me aparta tomándome de ambos brazos, yo tengo la actitud de un asco políticamente correcto, y me dice qué hacés nena cómo van tus cosas, seguís viviendo allá lejos de todo. Yo me limito a mirarla con una sonrisa muy forzada: Todo bien... Ella, con el megáfono incorporado: “Mirá quién llegó, amor?”. Amor es un señor bien, de doble apellido, al que ya le penden lisos los testículos por los gritos de Argolluda ante cada nuevo invitado. Argolluda insiste: Qué linda estás! Decime una cosa... vení acá, cuándo vas a traer un novio vos. Qué está pasando? Tan difícil sos? (No, lo que pasa es que soy de flujo fuerte, pedazo de boluda) Ya vas a encontrar a alguien, me consuela Argolluda. Y ahí mismo se detiene mi radar. Argolluda siente la necesidad de consolarme, de darme ánimos, de asegurarme que no me preocupe que ya me va a tocar a mí encontrar un Amor mirá quién vino. Ahora, yo razono lo siguiente tratando de no desquiciarme: esta mujer se siente en el deber de darme esperanzas, creyendo que lo que me hace falta es todo lo que ella tiene. Ahora bien, si descorremos un poco el telón, bueno es saber que: su Amor de doble apellido no la miró en toda la reunión, es más, la única que hizo algo para arrimársele y robarle un beso comisura-labio fue Argolluda. Era notorio que Amor doble apellido cuanto más lejos la tuviera, mejor; si yo no supiera que se casaron hace un rato largo ya, creería que nada tienen que ver entre sí. Amor doble apellido no le dirigió la palabra ni la hizo partícipe de ningún comentario. Argolluda ante cada pavada que enunciaba, coreaba: ¿No, amor? Argolluda, en uno de sus perfiles de red social se describe: Plenamente casada con Amor doble apellido, mientras exhibe una foto de los dos, sonriendo. Amor doble apellido, en su perfil de red social tiene la foto de él cuando era pequeño y no la nombra en ningún lado, sólo menciona a su equipo de fútbol. Argolluda plenamente casada ignora (y en eso tengo serias dudas) que no hace mucho, Amor doble apellido estuvo tratando de levantarse a su compañerita de laburo, que -dicho sea de paso- yo conozco. Pero, claaarooo, todo eso no importa porque Argolluda está casada (plenamente), vive en un hogar de dos pisos con un marido, dos hijos y un caniche. Tiene una cadenita con dos dijes de niñitos (el nene y la nena). Tiene un auto cuyo vidrio trasero muestra el calco de la familia de mayor a menor, el papá con el chorizo ensartado en un tenedor, la mamá muy canchera con una canastita, la nena con moño y el nene con pelota, ah, y un perrito también. Tiene “casada” en el perfil del face, y muchas fotos de cumpleaños en familia y vacaciones. También tiene cenas en parejas, muchos obsequios de aniversarios y solicitudes completadas con el rótulo “casada”. Tiene un anillo y frases como “debo consultarlo con mi esposo”. También grupos de pertenencia del estilo. Y está bien, digo, seguir la pantomima a cualquier precio, empastinar la felicidad aunque el revoque se caiga a pedazos, ostentar la plenitud con stickers. No obstante debo advertir que lo que no está bien, Argolluda, es creer que todos estamos dispuestos a firmar el mismo contrato circense para que la apariencia siga engañando.

martes, 4 de septiembre de 2012

Indiscreciones

¿Qué motivo conduce a una fémina amiga con novio a dejar la prudencia de lado cuando se trata de la intimidad de una? ¿Qué motor se enciende? ¿Qué glándula se le modifica? ¿Qué es lo que hace que una chica amiga nuestra –en quien confiamos– que está en pareja revele todas nuestras vivencias contables y no contables a su compañero vigente? Hay algo que sucede con la mayoría de las mujeres cuando pasan de vestir santos a zurcir ilusiones y sacarse pesos de encima. Pasa una cosa rara, algo que tal vez viene con el combo, no sé, pero de repente un día le conocés al afortunado y en la segunda reunión ante un comentario totalmente sutil de tu parte él te dice (provocando una risita en ella): “Y también, vos elegís cada candidato...”. Epa. ¿Qué te pasó, cachorro? ¿Me estás hablando a mí? ¿Desde cuándo mi vida personal, compartida con la amiga (no así con el fulano), está abierta al público para que el gran novio me la comente? Y otra cosa, nuevo candidato a la panza de casado, ubicate, hacete el sota. Porque mientras masticás el ojo de bife con papas noisette a mí no se me ocurriría nunca preguntarte: “¿Ya encontraste el clítoris de Gaby, o todavía seguís errando?”. Entendés, papi, cómo es la cuestión, aunque yo sepa que vos no podés poseerla de parado porque se te cansa la cabeza del fémur, o que te gusta que te hurguen la baulera con el índice, yo me hago la boluda, no comento nada, no te hago atragantar la comida con un comentario que tiene el tono de un filósofo que todo lo sabe. Así que tal vez puedas ir ahorrándote tus reflexiones acerca de mis elecciones amorosas, mis conflictos laborales o la relación con mi madre, porque no te participé a la ceremonia. Por supuesto que son ellas las que deberían mantener el pico sellado; pensar que, tiempo atrás, cuando eran solteras, demostraban sensatez y equilibrio, pero una vez de la mano, como que les agarró el síndrome “me fusioné contigo”, y pasan a hablar todo en idioma “nosotros”. Esas chicas, las que ahora dicen cosas como “nos encantó esa peli”, “fuimos a la casa de los tíos del gordi”, “no usamos Microsoft, somos Apple”, son las mismas que antes nos escuchaban y compartían nuestras alegrías, comicidades y garrones, teniendo bien en claro que era algo nuestro, de amigas. Ahora que dos son uno, que lo tuyo es mío, que mi vida es tuya, que no tengo vida que no sea con vos, nada de nada queda vedado en el seno premarital. Está permitido contar, comentar, reflexionar y opinar con la impunidad que da la ignorancia. A todos ellos... sigan participando. A todas ellas... cuando se separen del licenciado en protocolo, no-me-lla-men.

lunes, 27 de agosto de 2012

Artefacto

A mi entender, el avance tecnológico venía a mejorar y facilitar cuestiones que antaño (o no tanto) resultaban engorrosas e incómodas. De allí que el teléfono celular fuera además de la puerta de ingreso a la constante y eterna conectividad, la salvación a miles de cables, fichas de entrada y salida. Bien, hace un tiempo comprobé hasta dónde llega la pulsión pro consumo. Ahora no sólo hay que poseer el último modelo de celular: ancho, con botonitos ocultos, pantalla táctil, doble airbag, antideslizante y ultrasec. Ahora, además, las chicas tech le incorporan al miniaparato un tubo de colores estilo Entel, para hablar más cómodas. Sí, como leen. En la carterita, junto con el iPhone, iPad, iGarch, iChot, el celu se guarda al lado de un tubo de teléfono tamaño 1990. Pero, clá... yo no entiendo nada. No son tubos tipo Entel, desubicada. Son flúo, animal print, trendy, retroiluminados. Pregunto, ¿qué sigue? ¿Un winco con aplicación Apple? Qué paradoja: el futuro que trae lo nuevo es la clave, pero las cosas no paran de volver del pasado.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Día que no

Cuando ya se amanece atravesada, es mejor darse vuelta y atrincherarse entre sábanas. Viste esos días en los que no, que mejor no, que mejor lo dejamos ahí. Así, hoy. El gris de la jornada no ayudaba mucho, la llovizna menos y mi pesadez mental restaba toda posibilidad de triunfo. Tratar de acomodarme los pelos era una necedad por mi parte, la humedad ganaba por robo. La ropa se sentía en el cuerpo como si fuera de cartón corrugado. Me molestaba la sisa, las medias, el talón derecho, el cuello y el estómago. Cuando salí a la calle me di cuenta de que tenía una violencia contenida y de que el primer energúmeno que se atreviera a mirarme iba a pagar el precio de mi irracionalidad. (Aclaro: no estoy ovulando ni ovárica ni nada) Era esa sensación de que te tira el cuerpo, de que de repente vas a estallar. Creo que la palabra es fastidio. Estaba fastidiada. El viaje en colectivo fue bastante tolerable, pero me molestaba todo lo que tuviera que ver conmigo: ropa, bolso, pelo, uña, ojos, cervicales. Encima esa humedad detestable que se te frota y frota. Bien, se me sienta al lado un señor importante en tamaño, despliega el diario y me clava su codo en mi brazo. Y encima me mira como diciendo: “Mirá que ocupás espacio, ¿eh?”. Como yo sabía que era un día de culo fruncido, le puse onda, respiré y seguí con la tirantez de columna vertebral. Bajo del colectivo. Espero mi paso ante el semáforo, y cuando éste se coloca en rojo un colectivo que tenía que frenar se estacionó sobre la línea peatonal. La horda de autómatas cruzó como pudo, haciendo de jamón del sándwich que (para ese entonces) formaban el 41 que se había adelantado y el 61 que estaba levantando gente en una parada. Cruzo, levanto mochila sobre la cabeza, y me abro paso entre el pasillo que dejaban los bondis. Ahí me latió el ojo y sin pensarlo me acerqué al siome que había estacionado donde yo debía cruzar, le golpeé la puerta, me miró y ejecuté una performance para hipoacúsicos: índice que lo señala (“vos”), índice y mayor en V señalando mis ojos (“mirá bien”), gesto con la manito abierta (como pidiendo un cortado pero hacia abajo) en vaivén (“dónde estacionás”) y en voz alta: “¡¡¡La puta que te parió!!!”. Desde ese momento supe que mi misión en el día era marcarle a la gente de mierda lo mal que hace las cosas. Sigo caminando, espero para cruzar otra avenida. Semáforo en rojo para los autos. Estoy cruzando y un tachero me tira el taxi encima dado que calculaba que se iba a poner en amarillo pronto y eso le daba derecho a adelantarse. Freno, le golpeo el capó tres veces con la mano abierta, y le planto: “Sos tarado o te hacés”, señalándole el semáforo. En ambos casos, enrostré mi veneno y ni me preocupé en esperar lo que tuvieran para decir. Pasé el día laboral avisando que no estaba en mi eje. Al salir, me paro en la cola del transporte público de pasajeros. Pasan tres bondis, no paran. Uno de ellos no iba lleno. Veo que viene otro, y al mismo tiempo se acerca un vendedor de Hecho en B.A., revista que suelo comprar, sin embargo,no tenía ganas de sacar la billetera, no tenía mucho dinero, y encima la tapa era con Estelares, banda prescindible si las hay. El bondi se acerca, el pibe rasta también: “Hola, doña, perdone que le interrumpa lo que escucha, me compra una revista... 7 pesito nomá”, le oigo la oferta, el aliento y el olor a pelo sucio. Como me percato de mi día, sonrío y le digo: “No gracias... te agradezco”, si está todo bien con el pibe. Pero ete aquí que a él se le ocurre emitir: “Por qué se ríe, nosotros necesitamos comer, no se ría”. Upa la lá. ¿Sabés qué rasta? El speech lastimero de “queremos la copa de leche”, hoy lo tendrías que haber obviado. A lo cual yo, instantáneamente: “No me estoy riendo, trataba de ser amable, ahora tomatelá, rajá porque no te voy a comprar un carajo de nada”. Bien. Subo al bondi y, milagrosamente, todos los asientos estaban libres para mí. Me senté en el lugar que más me gustó, y caí en la cuenta de que hay veces en las que una puede ser recompensada sin tener que agachar la cabeza ni poner la otra mejilla.

viernes, 27 de julio de 2012

Y Dios dijo a Eva

La lucha contra el estado ovárico es una batalla perdida. Estoy ovárica, sí, ¿y? No me digan, no quiero que me digan que no son los ovarios sino el cuello del útero porque me da exactamente igual, sea lo que fuere me cansa de manera sobrenatural. Y lo peor, lo peor es darse cuenta de que ante el desgano, el instinto suicida y la congoja que empieza a tomar todo el tórax, una no puede hacer nada. Es así, el periodo se avecina y debo afrontar estoicamente esta ánima fofa que insiste en enterrarme en los suburbios de la feminidad. Estoy mirando una película re pedorra, él la mira y le dice: “Crucé océanos para encontrarte”, y ¡zas! se asoma la lágrima preciclo. Me voy a dormir a la noche, apoyo la cabeza en la almohada y me sobreviene una angustia que empieza a pucherear, luego la lágrima loca rueda en la sábana y ya abro las compuertas y me arrojo al llanto más falto de motivo que existe. Pienso en la monotonía de mi vida: llanto. Veo un perro dormir en la puerta de un cajero: llanto. Pasa una vieja con andador: llanto. Se rompe la persiana hija de mil putas: llanto. La gata me tira un zarpazo y me hace fu: llanto. Quiero sacar el frasco de berenjenas en escabeche que está al fondo de la heladera y se estrella contra el piso: llanto. Se me va un 132, corro al que viene atrás y que acaba de estacionar, corro corro corro, arranca despacio, corro, me agarro del pasamanos, arranca fuerte y me cierra la puerta en las mismísimas narices: llanto. Pensar que hace tiempo atrás esto no me pasaba, el ciclo venía, se quedaba unos días, se retiraba y eso era todo. En fin... sea ultrafina, con alas, normal, súper o nocturna, voy pateando mi salud anímica hasta que la naturaleza lo decida.

jueves, 5 de julio de 2012

El caso Dora

Hace unos años que trabaja en el mismo lugar que una. Nadie pero nadie repara en él. No asiste a las reuniones para tomar café o ir al kiosco. No comunica mucho de sí mismo. Sólo se limita a un “sí, claro” o a una sonrisa condescendiente, pero no más que eso. Bien. Un día coincidimos los dos en la parada de colectivo y se entabla una pequeña charla, nada que derrame gran sabiduría, pero un intercambio de palabras al fin. No estuvo mal. Entonces eso es todo lo que le basta, sólo fue necesario vernos hablar al día siguiente o hacernos un chiste de complicidad para que la compañerita nuestra de cada día, esa que nunca puede ser menos, esa que a los 76 años va a seguir izándose las gomas hasta la pera (sin reparar que su añeja juventud está claramente escrita en las arrugas de su escote, por más andamios que use para levantar lo inevitable), se precipite a la caza del gavilán en exhibición. Será posible, che, ¿puede ser que existan minas así? Ella les hace asco a todos, pero igualmente les despliega su cola de pavo real y les pestañetea los párpados; es más, meses atrás se sentía explícitamente fastidiada por este sujeto en particular. Sin embargo, ahora, algo había cambiado: otra muchacha había hecho contacto con el susodicho, otra señorita había descubierto en el Jorobado de Notre Dame un codiciado Brad Pitt en potencia. No sólo nos vio hablar, sino que nos cruzó mientras intercambiábamos celulares. A partir de ese día, la bebotona freudiana le buscó conversación, le preguntó ciertos datos irrelevantes y, por supuesto, tejió la mejor de las excusas para pedirle su número telefónico; todo en mi presencia, porque lógico– es lo único que valida su superioridad femenina: que yo esté presente. En la definición de patetismo seguramente aparece tu foto, encanto. Sos tan obvia, tan plásticamente articulada, que dan ganas de comprarte una casita y un Ken. Si me quedaba alguna duda acerca de tu euforia uterina, esto acaba de sellar la confirmación. Ahora ya entiendo tus sonrisitas orgásmicas ante el ente masculino, tu taconeo frenético y tus ropas tres talles menores by Cris Morena; como también tu pose “ay soy un desastre en esto, no entiendo nada” mientras se te dibujan esos pucherones tan pateables. Asimismo comprendí la esencia de este ejemplar de mujer histeria: su meta no es salir con el colega, dado que no le tocaría ni el ojo; sólo necesita desviar la atención del jovencito cada vez que esté presente la fémina potencialmente peligrosa, engrosando así su voraz e inseguro narcisismo. Entre nos, si llego alguna vez a eso (o por lo menos a levantarme la mampostería hasta el ganglio), propínenme unos buenos azotes en las asentaderas.

viernes, 22 de junio de 2012

Arriando velas

Hoy te voy a hablar a vos, ser inconveniente, a quien creí extinto, quien pensé había madurado, a vos que te he cruzado por la vida y que me has arruinado más de una noche, ya sea en el mismo envase, ya sea en uno distinto. No te vengo a hablar porque hayas retornado a mi existencia, no; me pronuncio ante tu persona porque has regresado en forma de frustración al umbral de la puerta de una querida amiga, completamente inocente frente a especies como la tuya. Ejemplares que en una despiertan compasión, pero que con el tiempo demuestran ser un fraude. Hoy te lo voy a decir, para reivindicar mis noches para el olvido, y tal vez las de tantas congéneres que cayeron en tu burda melancolía asexuada. Te hablo a vos, lumpen del erotismo, a vos que conquistás a una damisela, la chamullás desde la ternura, le vendés el disfraz de soy-un-ser-sexuado, te la das de te-voy-a-poner-a-gozal y aceptás unirte en cópula con ella. Claro que hasta aquí no hay nada indecoroso, lo descarado de tu parte aparece entre las sábanas, una vez llegado el momento de concretar el accionar anatómico, luego del juego previo, ahí desplegás tu costado más vergonzoso que consiste en poner cara de compungido y evidenciar la obviedad, hacer explícito lo que la señorita ya advirtió: tu mástil sentimental, apenas rozó estribor, abandonó su enhiesta rigidez y no hay drizas ni jarcias que icen el velamen; al instante soltás: “Perdón, no puedo... es que... estem... mmm... nada... viste... ehm...”. La damisela, así en bolas como está y ante tamaña situación, te regala frases de contención que salven el naufragio, hasta que vos expresás: “Sí, perdón... lo que pasa es que... me acordé de mi ex novia... todavía no puedo superarlo”. (Glu, glu, glu, glu) Acá voy a aclarar algo, no necesito explicar (aunque voy a hacerlo) que entiendo que a cualquier hombre puede sucederle algo así, digo, verse impedido de erección, lo entiendo y no me espanta. Puedo creer en que un ser pensante tenga un coágulo amoroso que le impida concretar un acto. Sin embargo, sepan que hay una partida de muchachos que toma esa actitud como pilar para la vida, que busca superar su fracaso conyugal en la cama de alguna muchacha. Entonces, a vos te digo, exterminador de libidos, si no estás en condiciones de tener encuentros sexuales con una, guardate bajo llave. Si el glande no está para fiestas, dale unas vacaciones. No podés ir por la vida haciendo fallida la vida sexual de las féminas. Hay veces en que las chicas queremos fornicar y ya, nada más que eso, garchar y no abrazarnos mientras vos suspirás por la otra y nos acariciás el pelo. Fijate, no sé... tomate un tiempo, salí de putas, hacé karaoke con tus amigos, cascate la chaucha sin piedad, andá al psicólogo, leé a Osho, erotizate con Milla Jovovich, hacete un tatuaje, cambiá el auto, andá a ver el carnaval de Gualeguaychu, pero no vengas a hacer flácidas las noches de aquellas que ya sabemos que Papá Noel son los padres. ¿Dale?

martes, 12 de junio de 2012

Es el peor tiempo perdido...

Tal vez sea porque dejé de fumar hace un tiempo ya, pero la cuestión es que no resulta tan llevadero ahora. Digo, este temita que me incumbe por estos días se hacía mucho más fácil con la dosis de tabaco que así en la abstinencia. Hablo de la espera. Me paro y me doy cuenta de que la espera ha marcado el transcurso de mi vida de manera constante, la espera del bondi, la del turno de la ginecóloga, la espera de la amiga que termina de plancharse el pelo, la del muchacho que se retrasó unos minutos, la del tramiterío de la mudanza, la del llamado, la de la respuesta de sms, la del servicio de internet, del pintor, plomero, confirmación de trabajo, aprobación de proyecto y creo poder seguir ad eternum. Siempre me molestó un poco la espera, pero hoy ya no la soporto. Ya está, no la aguanto más. Entonces, dándole vueltas y vueltas al fastidio algo se encendió, tal vez la luz de la sabiduría, y reparé en que siempre me encuentro esperando porque no acciono ante las cosas como se me canta el reverendo dedo gordo del pie. Creo que la palabra del otro es tan auténtica como mi palabra, ergo es factible. Si digo a las 17 es a las 17. Pero, no, chiquita, no es así. La palabra del otro es la palabra del otro y punto. A las 17 quiere decir a partir de esa hora vemos. De pronto la luz, la claridad, la tranquilidad y todo se resignifica. No voy a esperar llamados, respuestas, mensajes, visitas, confirmaciones. Terminá de plancharte el pelo, yo te espero tomando un Fernet. Analizá tranquilo mi proyecto de quince páginas, yo de mientras voy pensando en otro que lo acepte sin tantos miramientos o, en su defecto, redacto un plan distinto y lo llevo a cabo por mi cuenta. Reflexioná tranquilo y llamame cuando quieras, pero no te garantizo tener un turno libre. Es curioso, después la gente me pregunta por qué hago tantas cosas sola, y ahora puedo explicar que es porque me cansé de esperar.

viernes, 8 de junio de 2012

Los hombres de mi vida III

Día: sábado.
Hora: 11 hs.
Desafío: instalar apropiadamente el lavarropas.
Obstáculo: el ferrete del horror.
He pasado muchos años con un sistema de conexión de lavarropas extremadamente precario, dado que en la cocina donde estaba el sector lavado no había rejilla interna de desagüe. La manguera de carga de agua cruzaba todo el ambiente hasta la bacha, así como la de desagote. Cada vez que había que lavar, era la misma historia: saco manguera, conecto canilla, saco la de desagote, la trabo para que no caiga al suelo y escupa toda el agua jabonosa por el piso (me ha pasado más de una vez llegar y encontrar al gato arriba de un escalón, sacudiendo su pata trasera con cara de “me parece que el lavarropas descargó feo”), lavo, saco mangueras e insulto. Pues bien, una vez mudada, observo en el lavadero un orificio en la pared que sirve exclusivamente para depositar la manguera de desagote, y lo más excitante aún es que existe una canilla just for de lavarrop. Increíble, la vida me sonríe (lo que es el primer mundo). No voy a empañar la anécdota feliz con que el orificio estaba obstruido y vino el encargado a hacer lo suyo, porque es totalmente secundario. Acá el tema no es el encargado, acá la vedette es otro sujeto. ¿Qué reflexiono? Si tengo un lavadero tan bien provisto, lo menos que puedo hacer es una conexión deluxe, y si algo aprendí de mamá y su devoción por las máquinas lavadoras es que la manguera de desagote debe extenderse 60 cm aprox. en posición vertical antes de meterse en el canal encargado de llevarse el agua de descarte. Bien, tomo medidas del caño a utilizar, del diámetro del orificio, calculo los elementos necesarios y me dirijo a la ferretería más cercana con el fin de abastecerme. Es allí donde reside uno de los enemigos más despreciables del género femenino, un titán que no se deja doblegar tan fácilmente, una especie de ente corrosivo: el Ferrete del Horror. Entro al negocio y ya me atiende con cara de ésta-me-va-a-pedir-un-pituto-para-hacer-découpage, prejuzgando y viéndome como una precámbrica inepta que nunca cambió una bombita de luz. “Buen día”, digo yo, así tan simpática. “Hola, ¿qué necesitás?” (Tres kilos de papas, imbécil). “Estoy buscando un caño de PVC de 60 cm” (tomá, culo empastado, no tuviste que preguntarme “de cuál”, haciendo notar la obviedad de que no todos los caños son iguales, si no fijate tu hijo menor). San tornillo raya al medio me trae el caño cortado. “Algo más”, pregunta macho alfa. “Sí, un codo de 3 mm de diámetro” (duele, ¿eh?, fisher de mazapán, te molesta tanta precisión en polleras). Y ahí mismo, como no puede con su genio de perno aceitado, como no tolera que una señorita sepa de qué la va un oring de agua o un precinto de seguridad, el muy turro manda: "¿Para qué es el codo?" (Para sentarme encima y practicar Tantra, tá que te re-tiró; ¡qué carajo te importa para qué es!). “Para la conexión de desagüe del lavarropas”, explico sonriente sin perder la calma. Cabeza de biela comienza a experimentar un tic en el párpado y, desalentándome, manifiesta: “Y para qué vas a usar todo esto, meté la manguera directamente en la rejilla”. Replico: “El tema es que se recomienda que esté vertical, entonces necesito el codo para poder afirmarlo en el orificio de la pared”. Así comienza la guerra con el ferrete, él desgarrándose de a poco por la sapiencia femenina en un área puramente masculina; yo, con mi mejor sonrisa de cómo-te-la-estoy-mandando-a-guardar, sin retroceder ni un milímetro. Filtro oxidado, echando espuma por la boca, redobla la furia: “Bue, vas a hacer todo eso y no es necesario, ¿estás segura de que son 3 mm?”. “Sí, estoy segura. Lo medí con un... (y le disparo con munición pesada) ¡calibre!” (con el mismo que te debés medir las pelotas que te cuelgan de la bisagra). Lija al agua está que explota me explota me expló. Acto seguido, cual yegua herida, mete todo en una bolsa, y arroja la frase matadora: “Y todo esto ¿con qué lo vas a pegar?”; todavía no se convence, no se deja domeñar, no cede. Y yo, airosa, aún sonriente, con jazmines en el pelo y rosas en la cara, le doy la estocada final: “Tengo sellador de silicona en casa, gracias”. Arandela de goma cae vencido, su hígado se retuerce ante la impudicia de la fémina que entiende lo que va a hacer a una ferretería; se ahoga en su propia ponzoña generada por todo aquello que no tenga pantalón Ombú, manos engrasadas y raya de upite al aire, queda noqueado sin entender el descaro que acabo de tener ante él, justo él que es la eminencia del bulón. Luego de pagar, salgo bolsa en mano, jurando no volver a pisar ese antro infernal, y convencida de una cosa: vos podrás tener el taladro macho más pulenta de la cuadra, con doble percutor untado en gel íntimo, pero yo... yo, clavo con bucles, soy una tenaza hembra muy difícil de enroscar.

lunes, 28 de mayo de 2012

Figurita difícil

Sí, sí, sí. Es oficial, señoras y señores, luego de tanto tiempo de tumbos, después de tentarme mucho la idea, al fin me decidí. Sí, sí, sí. Como no podía ser de otra manera, buenos leyentes, gente presente, ente decente, gran oponente. Sí, claro que sí, he tomado una decisión trascendental: llamarme a celibato. No fue fácil, pero estoy convencida de que el absentismo sexual va a colaborar en mi psiquis y me va a hacer una persona más sana y centrada. A ver, tampoco es que me empacho de testosterona con asiduidad, pero lo poco que hay ya no descose colchones. No, no, no y no... pero no de los noes, no tolero nunca jamás de los jamases otra situación que haga del mundo pasional un acto falto de gusto. Y acá me tengo que sincerar, yo siempre fui de las bellas féminas que pensaba que el carnal era un accionar dado, que dependía del momento, de las ganas, de sábanas limpias y depilación al día. Odié con vehemencia a las que creían que sucumbir a los placeres carnales era un pecado en la primera cita. ¿Saben qué? Resulta que el mundo me golpeó a la puerta, pidió hablar conmigo y me comentó que aunque estemos en el siglo XXI, y a pesar de que nos vendan sexo hasta por los callos, parece que resulta que, de repente, garchotear cuando nos da la gana no garpa mucho. Parece que el potro domado de las pampas medio que te mira de reojo si le manoteás el pingo. Como que la onda “soy difícil” está dolarizada. Entonces, a vos te hablo, Johnny Tolengo de la zunga de leopardo, me ganaste. Voy a guardarme para el matrimonio. Voy a obligarme a ser la invitada. Voy a disfrutar de que me pasen a buscar, y no caminando. Voy a agendar citas nocturnas en acogedores bistrós y con velitas de las que flotan. Voy a cerrar la noche con un beso cercano a la boca, seguido del cerrado de puerta. Voy a esperar el mensaje o llamado, y retardar la respuesta. Voy a decir que estoy complicadísima de trabajo. Voy a vestir el look me importás muy poco. Voy a empezar a tener problemas porque no me llamaste. Voy a hacerte una escena porque llegaste tarde. Voy a hacerte esperar veinte minutos. Voy a dejar de ser yo por un momento para jugar a la chica Cosmo, esa que en lugar de chota, dice "el amiguito de tu chico". La que en vez de testículos dice "gemelos masculinos". En suma, voy a empezar a especular. Dado que el arrojo instintivo no lleva a buen puerto (a ninguno, diría), acá me planto, no juego más. Nada de falta envido, nada de quiero vale cuatro. Tachame la doble y despiértenme en primavera, ahí cuando brota Cupido en tarjetas importadas de USA.

lunes, 14 de mayo de 2012

Equeco 2.0

Uy, qué cuelgue tengo, flaca. Stoy flasheando con tu pañuelo de colores”. Así, empezó la noche del sábado. El autor de la frase: un muchacho de treinti que se quedó sin jugar a Montaña rusa de chico. Ojo, el flash no era porque se había colado dos pepas y una pastillita con forma de hipocampo, era porque le había dado tres secas a un cigarrillo con estupefacientes. Lo miré, me miró –exagerando el entrecerrado de ojos, miré hacia la luna con la intención no-te-la-puedo-creer y me levanté para ir a buscar otra cerveza. Así venía la mano. En ese momento recordé que, cuando era adolescente y más luego, asistí a varias reuniones y fiestas, y en ellas siempre aparecían los que fumaban hierbas cultivadas. Una estaba tomando algo, llegaba uno de los pibes con otros más, saludaban, conversábamos un poco, algunos se iban al fondo (si había) o a la terraza (si había), y todo resultaba natural. El Chino no necesitaba bajar de la terraza, pararse al lado tuyo y especificarte que estaba de cuelgue. Martita volvía del fondo y no sentía la urgencia de subirse en un escenario a contarnos a todos los presentes que se estaba pegando un viaje al Imperio Galáctico. Todo era natural, así como que sucedía sin más. No había manteles especiales para el picado de piedra, o recipientes art déco para el guardado de utensilios maconieros –a lo sumo una tuquera o pinza de depilar–, no existía el marketing fumaporro, ¿se entiende? Los pibes hacían todo con la espontaneidad lisa y llana de quien toma un café, y encima guardaban cierto pudor de no herir susceptibilidades moralistas. No encajaba el exhibicionismo. Ahora es como que todo hay que hacerlo bien en el medio, bien a la vista, bien para que todos sepan lo open mind que se es por fumar pasto. Hay que montar el decorado de Utilísima y explicar paso a paso cómo se arma un cohete vegetal. Y, luego del consumo, lo justo es acercarse a quien no está “viajado” y reírsele por idioteces para seguir afirmando el estado air friendly. O bien, juntarse con otro fumón de cartón y expeler risotadas o frases con tono gamuzado para que ya todos sepan que pegó, que llegó la maconia al neurocircuito del pelotudo. Ahí viene el gil a decirme: “Pegale una seca, son unas hojas que mi maestro de Jiu Jitsu trajo de Birmania”, o “Ayer fumé unas flores que tengo en casa, en una maceta, en el balcón, ¿viste? Me las trajo mi chica de su viaje al Himalaya”. Y así las cosas. Ese fingido viaje relajado, tan mal actuado, saca lo peor de mí. Le puedo soportar la ostentación a un pibe de 16, 18 años, ahora si tenés más de 25 no sientas la imperiosa necesidad de mostrarme que sos grosso porque curtís cultura cannabis. Por mí, podés saquear la aldea de los pitufos y fumártelos de a uno. Agarrar un cactus y fumártelo. Irte hasta Alaska, picarte un iglú y quemártelo por el ojo. Podés tragarte un troncho extralarge, no me jode. Lo que me rompe soberanamente la ingle es que debas acreditarlo haciéndome a mí testigo de tu farsa.
Me es muy difícil socializar hoy en día, donde la gente gasta más tiempo en explicar y exhibir lo que es, en lugar de ser y ya. A dejarse ser, amigo mío, que el perfil prefigurado por defecto (recomendado) te está haciendo cada vez más careta.

miércoles, 18 de abril de 2012

Breves

Me he dado cuenta de que mi mundo ha vuelto a cercenarse a partir de la aparición de una rara especie –femenina en su mayoría– que utiliza un vocabulario, unas expresiones, que no me encajan ni con vaselina. Agarro una tiza, me agacho y la apoyo en el piso, camino hacia atrás dando pasos cortitos cortitos y voy marcando en el suelo una gran línea divisoria, infranqueable, entre mi mundo y el de aquellas doncellas. Acá quedo yo, de este lado, y ya somos pocos. Cada vez menos, diría. Y allá, del otro lado, desotra parte en la ribera, las chicas que pronuncian “comí rico” y “cocinó rico”. Cierro el círculo de tiza, ya estoy a salvo. Allá, en el país de la colorida postal deco vintage al crochet, que sigan con lo rico, que yo acá me quedo con lo algo.