Mascotas, a ver si aflojamos con los episodios fúnebres, por favor.
Mi espíritu es débil y sensible, así que por este año
a dejarse de escorchar con las despedidas.
No more tears.
Capisce?
A mi entender, el avance tecnológico venía a mejorar y facilitar cuestiones que antaño (o no tanto) resultaban engorrosas e incómodas. De allí que el teléfono celular fuera además de la puerta de ingreso a la constante y eterna conectividad, la salvación a miles de cables, fichas de entrada y salida. Bien, hace un tiempo comprobé hasta dónde llega la pulsión pro consumo. Ahora no sólo hay que poseer el último modelo de celular: ancho, con botonitos ocultos, pantalla táctil, doble airbag, antideslizante y ultrasec. Ahora, además, las chicas tech le incorporan al miniaparato un tubo de colores estilo Entel, para hablar más cómodas. Sí, como leen. En la carterita, junto con el iPhone, iPad, iGarch, iChot, el celu se guarda al lado de un tubo de teléfono tamaño 1990. Pero, clá... yo no entiendo nada. No son tubos tipo Entel, desubicada. Son flúo, animal print, trendy, retroiluminados. Pregunto, ¿qué sigue? ¿Un winco con aplicación Apple? Qué paradoja: el futuro que trae lo nuevo es la clave, pero las cosas no paran de volver del pasado.
Tal
vez sea porque dejé de fumar hace un tiempo ya, pero la cuestión es
que no resulta tan llevadero ahora. Digo, este temita que me incumbe
por estos días se hacía mucho más fácil con la dosis de tabaco
que así en la abstinencia. Hablo de la espera. Me paro y me doy
cuenta de que la espera ha marcado el transcurso de mi vida de manera
constante, la espera del bondi, la del turno de la ginecóloga, la
espera de la amiga que termina de plancharse el pelo, la del muchacho
que se retrasó unos minutos, la del tramiterío de la mudanza, la
del llamado, la de la respuesta de sms, la del servicio de internet,
del pintor, plomero, confirmación de trabajo, aprobación de
proyecto y creo poder seguir ad eternum. Siempre me molestó un poco
la espera, pero hoy ya no la soporto. Ya está, no la aguanto más.
Entonces, dándole vueltas y vueltas al fastidio algo se encendió,
tal vez la luz de la sabiduría, y reparé en que siempre me
encuentro esperando porque no acciono ante las cosas como se me canta
el reverendo dedo gordo del pie. Creo que la palabra del otro es tan
auténtica como mi palabra, ergo es factible. Si digo a las 17 es a
las 17. Pero, no, chiquita, no es así. La palabra del otro es la
palabra del otro y punto. A las 17 quiere decir a partir de esa hora
vemos. De pronto la luz, la claridad, la tranquilidad y todo se
resignifica. No voy a esperar llamados, respuestas, mensajes,
visitas, confirmaciones. Terminá de plancharte el pelo, yo te espero
tomando un Fernet. Analizá tranquilo mi proyecto de quince páginas,
yo de mientras voy pensando en otro que lo acepte sin tantos
miramientos o, en su defecto, redacto un plan distinto y lo llevo a
cabo por mi cuenta. Reflexioná tranquilo y llamame cuando quieras, pero no te
garantizo tener un turno libre. Es curioso, después la gente me
pregunta por qué hago tantas cosas sola, y ahora puedo explicar que es
porque me cansé de esperar.