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sábado, 31 de marzo de 2012

Entre Clarice y Abelardo (entrega última)

La luz entró por la ventana sin persianas y él se levantó al fin. Nunca hubiera podido ser responsable de la mujer. Nunca hubiera podido equipararla, lo dijo al fin. Ella también lo miró esa vez, él se justificó con frases hechas, y ella siguió mirándolo. 
A la distancia, ella salió a la galería y la respiración profunda trajo para sí la mañana que se despertaba. No lograba dormir más de las ocho, el día la llamaba a nacer junto con él. Recordó la historia que alguien había contado una vez, la historia de Miguel Ángel ante un bloque de mármol informe. La historia contaba que él vislumbraba la figura escondida en la roca, escudriñaba el bloque para redescubrir y liberar al arte. Ella ansiaba a alguien que la cincelara, que encontrara esa esencia perdida tan dentro de su cuerpo... ella sólo ansiaba... ella, más que nunca, ansía.

lunes, 19 de marzo de 2012

Entre Clarice y Abelardo (segunda entrega)

La recordó nuevamente, etérea. Ella decía siempre que él se escondía, que ponía una pared ilusoria, infranqueable entre ambos. No lo decía como queja, él lo sabía, lo decía con ternura casi pidiendo disculpas. Lo decía como si expresándolo él fuera a confiar un poco más, como si él sabiendo que ella sabía fuera a dar un paso adelante, como los perros callejeros a los que uno tiende una mano inmóvil hasta que se acercan desconfiados y al final, la cola moviéndose como señal de rendición. Ella decía eso y muchas otras cosas, y a veces callaba, y lo miraba, y esa mirada era la que cualquiera espera, esa mirada que invita, que desarma, que descomprime. Ella era una y él la odiaba por eso. El encuentro con la mujer era inabarcable, era ese momento donde todo se iba de cauce, él no era él y ella ejercía ese poder. La mujer solamente sucedía, no hacía esfuerzo alguno, y él la odiaba por eso. Se sentía engañado, esa era la sensación, lo habían llevado a ella las suposiciones de una pasión sin límites ni riesgos; pero no había sido así. Lo supo el primer día, la primera noche, al primer contacto, que no había sido así, y por eso, la odiaba. Y era capaz de negarla, era muy capaz, fue capaz. Negación natural, advertencia, y él sabía que ella lo notaba, aunque no supiera que la hería. Y que ella, la mujer, se regocijaba en eso, se saciaba. Él decidía los instantes, ella se dejaba, ella sucedía. La mujer también lo había mencionado, que se daba cuenta. Él mantenía la distancia, sujeto arisco, distante, al acecho, en guardia. Pero, sentía más allá del odio que la mujer era como una magia inevitable, él resistía pero sucumbía como el insecto a la luz. Él quería quedarse pero se iba, y ella lo miraba, no lo detenía. Él necesitaba que ella se entregara, ella necesitaba entregarse. Ella necesitaba saberlo ahí, él no quería saberse. Él se diluyó en su monotonía, y ella lo supo.

viernes, 9 de marzo de 2012

Entre Clarice y Abelardo (primera entrega)

Por un momento se preguntó cómo estaría, y la figura revivió en un instante, contorneándose, limitada por la sombra de la tarde. Siguió mirando la pantalla, moviendo teclas y presionándolas. ¿Cómo estaría? ¿Realmente le importaba o sólo era una preocupación egoísta? Era esa falta, esa sensación de sentirse único en el mundo, eso que se había ido junto con la mujer. Él era. Tan simple como eso, ser y serlo de manera exclusiva, casi grosera, pararse, construirse a partir de la mirada, de esos ojos que lo colmaban. No era ella, no. Era él desde ella. Encendió un cigarrillo aplacando el recuerdo. Era un hábito, un mecanismo: la justificación inmediata, la razón lógica para el arrebato. Cuando se levantó, una sonrisa se dibujó en su cara y la satisfacción se hizo presente. Iría hasta la cocina, haría café, luego de un par de cigarrillos, y de otro par de líneas finales a su artículo, se sentaría a comer algo que saciara la languidez del momento. Se tendería en la cama, miraría quién sabe qué canal de turno y enfrentaría la madrugada desvelado por la razón justa. Dormiría para encarar un día más en la monotonía controlada de su especie. Tenía mil argumentos, mil, para que nada quebrara esa grilla esquemática de las semanas. Tendría mil razones más para seguir haciendo lo mismo durante años, y utilizaría las mismas y trilladas conclusiones ilusorias para que nada, absolutamente nada, lo hiciera correr riesgos.