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miércoles, 22 de mayo de 2013

Ojo, menina não é tão fácil

Debería haberme dado cuenta cuando le vi el pulóver peruano. Me rectifico: mi sexto sentido se dio cuenta en el preciso instante en que vi el pulóver peruano, pero mis sentidos más primarios hicieron mutis por el foro. Ahora supongo que actuaron así para no ser cómplices de que yo rechazara a un muchacho por una prenda de vestir.
Todo comenzó con el cumpleaños del novio de una amiga. Y ahí están los problemas, en los cumpleaños. ¿Para qué hay que ir a los cumpleaños de la gente me pregunto yo? Porque el tema es éste, yo te voy al cumpleaños del novio tuyo, pero me da como una rotura en la ingle que siempre sea igual. Quiero decir, una reunión plagada de parejas, donde todo viene de a dos. Pero, en fin, esta vez creí que sería distinto dado que el festejo se celebraba en un bar nocturno. Qué sé yo... lugar neutral tal vez... En fin, ahí estaba yo, en una mesa de bar, rodeada de cinco parejas muy bien constituidas. Que mirá lo que hizo esta ayer, que no sabés lo que es dormir con este que ronca, que la zaranga vestida de mono. En medio de ese despliegue de felicidad concubinal, aparece por sorpresa el amigo colgado del novio cumpleañero. Saludo general, comentarios de cuánto hace que no nos vemos y acomodarse en la silla justo frente a mí, fue todo uno. Charla va, charla viene y la clara situación de estar yo sola con ese otro solo, enfrentados tomando amargo Campari. Esas escenas son incómodas al hartazgo, es como la obligación lisa y llana de establecer un lazo con ese otro que está en las mismas condiciones que una, en ese tiempo y en ese lugar. Es decir, vos estás sola, él está solo, se sientan enfrentados y nos dejan de romper las pelotas a todos con esta costumbre de generar la disparidad en la reunión. Las charlas se sucedieron y, por razones de proximidad, el joven en cuestión devino mi receptor constante. En determinado momento, el susodicho ofrece degustar su bebida al público presente, y ante el no gracias de todos, me mira a mí y me dice con cara picarona: “Vos ya sabés, no tenés que pedir permiso”. Claramente, sabía en lo que terminaría todo. Confieso que mi actitud era totalmente la de una ameba. Me daba lo mismo una cebolla, una plasticola, un cardan doble, un pibe que me diera bola, un Cynar o irme a dormir con medias en los pies. Muy bien, la fiesta fue llegando a su fin, los invitados comenzaron a desplegarse, y yo quedé con la pareja anfitriona y el pulóver peruano en la puerta del bar, mientras el muchacho esbozaba que mi casa quedaba a unas pocas cuadras pasando la suya, con lo que se ofrecía a alcanzarme. Traducido en mi idioma eso era lo más parecido a enrosque nocturno desenfrenado. Yo quería llegar a mi casa y no pretendía nada más. No porque el joven estuviera fuera de mi gusto sino porque yo experimentaba un estado “ni”, propio de las desilusiones que cada vez desilusionan menos. Volviendo a la vereda, ahí estaba él, ahí yo y la expectativa ajena. Yo quería irme a dormir, y ahorrarme el viaje de vuelta en bondi a las 3 de la mañana. Pensar que hay minas que garchan por un departamento dos ambientes, y yo me vendo por una arrimada al barrio. Triste. Me desplomé en el asiento del acompañante y me dejé llevar. Él hablaba, yo asentía y decía cosas poco interesantes, y en un momento (lo juro, y no es motivo de orgullo) me sobrevino la idea de que justo había pasado por la depiladora. Es vergonzante que una considere acostarse con alguien simplemente para aprovechar la tira de cola que se hizo horas más temprano. Una cosa de locos. Cuando una era más joven e ilusa, se daba el motivo sexual y venían a la mente las condiciones no potables de la zona pélvica. Ahora, ya más grande y con un hastío importante viene la idea de: “Ya que estoy depilada podría ejercitar la totora”. Indignante, ¿no? Pero cierto.
En resumidas cuentas, el joven llegó a entrar en casa para tomar un simple café, había quedado en el aire una especie de propuesta de su parte la cual no llegué a aceptar claramente. Conversación, café y demases, y yo que noto un cierto relax, una cierta química en la charla que espolean mi amebización. Y bien, en eso estaba mi cabeza cuando me levanto para cambiar la música, y como una anfitriona generosa le pregunto al joven qué quería escuchar. Voy a cambiar la música, de qué tenés ganas... Y el pulóver peruano pronuncia la respuesta menos adecuada. ¿Qué tenés ganas de escuchar? Digo yo. Y él responde: ¿Tenés algo de Chico Buarque? Ufff. La vida pasando frente a mí en un segundo: pulóver peruano, revolución bolchevique, remera del Che y olor a pachuli. ¡Chico Buarque! ¡Me ahorco de un bostezo! ¡El pibe quiere escuchar Chico Buarque! El nombre solo ya es un suicidio en masa, imaginate los primeros acordes acompañados de ese canto portugués que me pone los pelos del codo con efecto frizz. Aparte el tipo pronuncia amantesh, delirantesh, embriagadosh, inflizesh... y el sonido final es la ye de Yolanda, ¿ok? No podés pretender coger con Chico Buarque de soundtrak. Mirá que es un poco difícil quitarme las ganas una vez que tomo envión, ¿eh? Te digo algo: le puse onda, me fumé el cumple, el chichoneo disimulado, te senté en casa, casi que me convencés para ter relações sexuais, ahora te pido por favor que aunque sea no la arruines con la trova brasileña, ni con la cubana, ni chilena, ni todo ese hippismo del orto que ya-pa-só-de-mo-da. Lindo mío, estamos en el siglo XXI, tenemos locales de Starbucks y veganos de plástico reciclado, mi a-mor. Obvio que no tengo Buarque, a lo sumo un mp3 de Silvio que quedó de mi adolescencia agónica y ni sé dónde puede estar. Así que opté por Ramones, por ejemplo, y empecé a bostezar un “Uy, estoy muerta”, y taza taza cada uno para su casa. Y esto es interesante porque pude notar que, con el tiempo, la selección se hace más permisiva, una ya intima con gente que antes ni entraba como opción. Y a veces la sensación es que una se termina acostando con cualquiera, como una cosa así medio arbitraria, como que todo viene bien. Sin embargo, no debo temer dado que este pequeño mal gusto musical ajeno demostró mi límite. No fue el pulóver peruano, eso habría sido discriminación prejuiciosa imperdonable, sino que fue el gusto musical. Ese que denota todo un bagaje de forma de vida e idiosincrasia que para los veinte años neohippies está bien, pero pasando los treinta ya hay que replantear un poco. Esa es mi kriptonita, ahí está la excusa para seguir virgen hasta el matrimonio.

lunes, 28 de mayo de 2012

Figurita difícil

Sí, sí, sí. Es oficial, señoras y señores, luego de tanto tiempo de tumbos, después de tentarme mucho la idea, al fin me decidí. Sí, sí, sí. Como no podía ser de otra manera, buenos leyentes, gente presente, ente decente, gran oponente. Sí, claro que sí, he tomado una decisión trascendental: llamarme a celibato. No fue fácil, pero estoy convencida de que el absentismo sexual va a colaborar en mi psiquis y me va a hacer una persona más sana y centrada. A ver, tampoco es que me empacho de testosterona con asiduidad, pero lo poco que hay ya no descose colchones. No, no, no y no... pero no de los noes, no tolero nunca jamás de los jamases otra situación que haga del mundo pasional un acto falto de gusto. Y acá me tengo que sincerar, yo siempre fui de las bellas féminas que pensaba que el carnal era un accionar dado, que dependía del momento, de las ganas, de sábanas limpias y depilación al día. Odié con vehemencia a las que creían que sucumbir a los placeres carnales era un pecado en la primera cita. ¿Saben qué? Resulta que el mundo me golpeó a la puerta, pidió hablar conmigo y me comentó que aunque estemos en el siglo XXI, y a pesar de que nos vendan sexo hasta por los callos, parece que resulta que, de repente, garchotear cuando nos da la gana no garpa mucho. Parece que el potro domado de las pampas medio que te mira de reojo si le manoteás el pingo. Como que la onda “soy difícil” está dolarizada. Entonces, a vos te hablo, Johnny Tolengo de la zunga de leopardo, me ganaste. Voy a guardarme para el matrimonio. Voy a obligarme a ser la invitada. Voy a disfrutar de que me pasen a buscar, y no caminando. Voy a agendar citas nocturnas en acogedores bistrós y con velitas de las que flotan. Voy a cerrar la noche con un beso cercano a la boca, seguido del cerrado de puerta. Voy a esperar el mensaje o llamado, y retardar la respuesta. Voy a decir que estoy complicadísima de trabajo. Voy a vestir el look me importás muy poco. Voy a empezar a tener problemas porque no me llamaste. Voy a hacerte una escena porque llegaste tarde. Voy a hacerte esperar veinte minutos. Voy a dejar de ser yo por un momento para jugar a la chica Cosmo, esa que en lugar de chota, dice "el amiguito de tu chico". La que en vez de testículos dice "gemelos masculinos". En suma, voy a empezar a especular. Dado que el arrojo instintivo no lleva a buen puerto (a ninguno, diría), acá me planto, no juego más. Nada de falta envido, nada de quiero vale cuatro. Tachame la doble y despiértenme en primavera, ahí cuando brota Cupido en tarjetas importadas de USA.

domingo, 22 de abril de 2012

Ingrediente secreto

Mucho se ha hablado ya de lo difícil que resultan las rupturas amorosas. Es una situación que quisiéramos obviar, pasar por alto, terminar rápido para luego someternos a una lobotomía que nos evite la etapa post abandono: llanto, play al cd masoquista que provoca más lágrimas, fotos, imaginar al gran estilo Powerpoint los mejores momentos pasados con la música de Armagedon, recordar su sonrisa, su carcajada, rememorar todo con una cuota de idealización exagerada. Las separaciones apestan. Sin embargo, considero que hay una especie de protocolo para cortar un vínculo; es una ceremonia que merece su tiempo, las palabras acordes, el momento justo y el espacio adecuado. Aunque, cuando miro hacia atrás, se presentan ante mí dos situaciones dignas de ser enmarcadas. Hoy me dedico a una de ellas. Hace mucho tiempo ya, yo tenía una especie de relación que no era formal, pero se había convertido en algo bastante frecuente. Los encuentros estaban salpicados por diversos matices, desde la sobriedad en pleno día, hasta la borrachera más infame en las noches del fin de semana. Todo iba de maravillas, con horarios imposibles y compromiso fluctuante, pero aceptable al fin. Una madrugada, a la salida del boliche donde habíamos permanecido enroscados por varias horas, el altísimo y pardo muchacho me da a entender que “tenemos cosas que hablar”. Persígnense. Fulano: “Tenemos que hablar”. Mengana: “¿Sobre?”. Fulano: “De nosotros, de esto”. La puta madre. Automáticamente enciendo el último pucho que tengo y me la veo venir. Sinceramente hacía unos días que todo se había vuelto un poco confuso. Silencios, desencuentros y poca explicación. Salimos caminando del night club, anduvimos varias cuadras para dirigirnos a la plaza que solía acogernos en las horas diurnas. Yo fumaba y caminaba dando unas zancadas muy poco femeninas. Ya el panorama destilaba fin. This is the end, my only friend… Él caminaba con una resaca alegre y decía cosas graciosas; yo, en cambio, quería sentarme en un banco, escuchar lo que tuviera que decir y liquidar el asunto lo más pronto posible. Pero el pibe, a media cuadra de la plaza y demostrando una falta de tacto asquerosa, ¿qué hace? Se para en un kiosco e inmediatamente después de soltar: “Perá que tengo una lija que me muero”, se compra un pancho. Él, que estaba por cortarme el rostro en una plaza de mala muerte, se compra un pancho. Yo lo veía con ese embutido rebosante de kétchup y mostaza, y lo único que me inspiraba era el deseo de meterle el morro en el agua hirviendo del panchero. Automáticamente miro al kiosquero y le ordeno: “Un Camel común... con lluvia de papas”. El famélico me miró, obviamente, sin entender la ponzoña. La postal era más patética que todos los resacoides de ojos vidriosos tirados en las veredas: yo, la chica, fumando de manera casi autista, lo miraba a él y luego a un punto de fuga, a él, al punto. Él explicaba que yo, el compromiso, que él, que la ex, los amigos y el amor, mientras se nutría de embutido. Yo, opípara de repugnancia, tomo su servilleta, la despliego, la relleno de frases chatarra, la enrollo y, ahí, en medio del rocío matinal tiro al tacho la burda receta del abandono gourmet. Lo miro a él, miro el punto de fuga, a él, al punto, él. Yo. Punto.

martes, 10 de abril de 2012

Bienes raíces

Conocer la casa del señor con el que una está saliendo es un momento revelador, es la apertura a un mundo de certezas. Mi sucinta experiencia me ha demostrado que el inmueble puede ser el gran oráculo que nos prepare para el fatal destino rumbo al que nos dirigimos.
1. Deslumbres postadolescentes.
Las primeras situaciones amorosas siempre tienen como bautismo la casa del tipo bohemio. Sí, ese que se comió que Rayuela existe y por ello deja en el suelo ceniceros repletos de colillas, junto a almohadones y vasos usados. Siempre garpa la botella de ginebra Bols que rememora a Luca y un estante con libros. No cualquier libro: Walsh, Arlt, la biografía de Gramsci y una foto del Che agarrada con una chinche. En una esquina es fija que hay una criolla apoyada. Sin embargo, el detalle que no puede faltar es ese colchón de dos plazas en el piso, cual Patrick Swayze en Dirty Dancing, que sólo tiene y tendrá una dueña auténtica, una Maga: la ex que le rompió el corazón. Pues bien, esa casa te está hablando: no hay que dejarse engañar con la imagen del muchacho gris antisistema porque, con el tiempo, este joven marginado adrede que te enroscó la cabeza durante años, te deja por una púber que irradia la simpleza del prototipo chica-espontánea. Al tiempo la púber lo casa, lo engorda, lo hace papá, él se olvida de la palabra “excluido social”, cumple las 10 horas de trabajo y su único plusvalor es el zapping de la noche.
2. Quiebre del patrón.
Luego de escarmentar con la seguidilla de muchachos conflictuados, le damos chance al tipo caballero y de buena charla. Al entrar a su casa, tenemos la sensación de que es más femenina que la nuestra. La exactitud con que cada mueble se dispone en su preciso lugar es abrumadora. Abunda el espacio compacto, el puf de mil colores junto a la ratona color wengue, que a su vez equipara en centimetraje al sofá dos cuerpos que tiene enfrente. Las dos sillas súper modernosas parecen sacadas de una película de George Lucas, y encima son color índigo. Hasta el aire parece estar medido. Se asemeja a uno de esos departamentos ya amueblados. Como que el sujeto que lo habita no tuvo ninguna participación en su armado, como que tampoco tiene mucho que ver con él. Como que todo es muy prefabricado. Y claro, el depto nos habla: el pibe en sí mismo es un prefabricado. Nos vendió el gran buzón gran. Muñeco de torta que construye la vida con la parla, pero sus actos jamás acompañan al discurso que minuciosamente eligió creerse.
3. En tiempos de sequía, veamos qué onda.
La situación está difícil, no hay stock de príncipes azules, entonces nos entregamos al conformismo. La vida nos grita: ¡Es lo que hay!, y allí vamos a seguir desgranando los días. Estamos viéndonos con el chico buena onda, el pibe que tiene calle, el despreocupado, pero también el que carece de toda noción del código social. El tipo va en la suya y que el mundo se acomode a su paso. ¿Con qué hogar nos encontramos? Con el típico que fue decorado y amueblado por la mamá de su habitante. Así es, mami dispuso el mobiliario que se le antojó: sillas del tío, mesita ratona del abuelo, sillón individual que pertenecía a madre; lo único propio que aportó el benemérito en la mudanza fueron las dos banquetas plásticas, la playstation y la plancha para el paty. ¿Qué se lee en una casa así? Que hay sólo tres cosas que le interesan a ese señor: una, la madre; dos, los amigos; tres, Banfield. Vos, sí... estás para superar el Edipo, osea, para ser garchada sólo cuando la libido se le despierte en un arrojo de instinto de supervivencia. Un manto de piedad me lleva a decir que este tercer sujeto es el más inofensivo, no intenta ser otra cosa de lo que es y lo deja claro, clarísimo, desde el primer día.
Sin embargo, luego de tanta visita, una da con aquella casa que se sale del catálogo, esa que no da letra al facilismo de ser inventariada con tres chistes obvios, que nada tiene de cortazariano. Siempre se encuentra la casa que no llama la atención por su extrañeza, sino que integra un todo con aquel que día a día fue dejando su marca en ella. Una casa que guarda la esencia misma del que nos abrió la puerta para franquearla y hacernos parte.

sábado, 11 de febrero de 2012

Cibercitas o la batalla de los clones

Era una época en la que la internet, vio, no abundaba en los hogares de clase trabajadora. Para poder pavear como es debido, una tenía sí o sí que acercarse a esos antros calurosos y llenos de humo de pucho llamados cibers. Hasta allí, acompañaba a mi querida amiga, la chica de pelo largo, que navegaba por la red y chateaba –con una destreza digna de mecanógrafa– con sus amigos virtuales. Yo pedía una máquina junto a la suya, fumaba, conversaba por el flamante msn e intentaba (como todos los pelotudos que nos vimos atrapados por esa ventanita de colores) adivinar las intrincadas frases que mis contactos (léase el chico por quien estaba interesada) adosaban a su nick (“Pero dos que se quieren se dicen cualquier cosa”; “Te amo, bichi!!!”; “Lo mejor que hizo la vieja es el pibe que maneja” y la gran puta a esa costumbre de poner oraciones alusivas en lugar de decir las cosas de frente). Cierta vez, la chica de pelo largo me comenta que estaba hablando con un señor interesante, que se hacía un poco el misterioso. Por favor, no pensemos en Norman Bates, ni en Charles Manson. La chica de pelo largo se me acerca y me hace el ademán de leer cómo el Neo de Villa del Parque se describe: “Soy parecido a Nicolas Cage”. Imagínense mi reacción. Yo, que creo que Nicolas Cage y su altura son dignos motivos de sesiones privadas, miré inmediatamente la webcam y allí aparecía ÉL. Sombra leve, una pérdida de cabello digna, rasgos totalmente indescifrables, y la cinematográfica luz del encendedor que daba vida a su cigarrillo. Era muy de publicidad. Debo decir que para ese entonces si el tipo hubiera escrito soy parecido al Dalai Lama, le creíamos. No se veía un soto. Pero el entusiasmo de las nuevas tecnologías y la soledad de los veintilargos no nos jugaban muy a favor. Además, yo –en ese entonces– estaba enamoradísima y hoy me doy cuenta de que no era la jueza indicada para guiar el accionar de mi querida chica de pelo largo. Hasta era capaz de ver la imagen de Gilda inmaculada en una mancha de humedad. En fin, los cibertórtolos se contaron un poco más sobre sus vidas, sus gustos, sus proyectos y se pasaron sus números telefónicos. Fue así que nos enteramos de que era separado, tenía un bepi y sabía decir. Sobre todo, sabía decir. De mil temas hablaban. Un día tocó el turno de la mascota. La chica de pelo largo confiesa haber tenido alguna vez un pez tuerto –sí, y como corresponde lo llamábamos El Tuerto–, y que lo había elegido por eso, por tuerto. Había convertido en mascota al único pez que nadie hubiera cobijado. Ante dicho comentario, el avatar de Nicolas encuentra el pie perfecto para declarar que él era algo así como su pez. “¿Qué? ¿Sos tuerto?”, long hair lady says. “No, pero nadie me quiere”, enigmatic avatar answers. (Ah buo, ¿estudiaste marketing con el Hombre Elefante, pibe?, is me who is talking now). Nadie me quiere, dijo el muchacho, y ante la repregunta de la chica de pelo largo confesó: “Se puede decir que soy un poco tuerto, pero de la boca”. ("Un poco" tuerto). Momento de conjeturas: era tuerto, le faltaba un diente, tartamudeaba, era manco, tenía un muñón, un ojo de vidrio, pero sin lugar a dudas, algún problema físico tenía. Obviamente que para mi dulce long hair lady eso no fue impedimento, dado que las charlas eran una especie de bálsamo para su averiada autoestima. La cuestión fue que Nicolas Cage y mi chica de pelo largo acordaron, finalmente, conocerse.
Ella lo citó a unas cuadras de su casa. Él la esperaría en el lugar acordado y la llevaría a comer. Ella elegiría el restaurante. Ellos conversarían face to face, sin ningún cibermédium. Ella le contaría lo bien que se sentía charlando con él. Él le hablaría del gran secreto que lo acomplejaba. Seguirían hasta entrada la noche. Tal vez se darían un beso. Quedarían para una nueva cita. La velada sería exitosa... Ella llegó al lugar del encuentro y reconoció a quien la esperaba. Él vestía un traje beige, bien a lo cantante de salsa. Ella, estupefacta, no podía dejar de mirarlo. Él usaba el saco arremangado. Ella, estupefacta, no podía dejar de mirarlo. Él era el avatar de Don Jonnson. Ella semisonreía porque era imposible no mirar su look gestado en Chemea. Él semisonreía porque no tenía dientes. En plural, sí. Dientes. No tenía. De pronto, la vestimenta era lo de menos. Así de simple, así de rápido, sin suspenso. El tipo no tenía dientes. No, ni uno. Nada. Pura encía. Avatar dice: “Hola, ¿qué te parece? Me puse lindo para vos”. (Mmm… redefinamos “ponerse lindo” con ese traje clarito clarito que tenés).
Obvio que la chica de pelo largo se comportó como una reina, asumió responsabilidades y caminó con él hasta un restaurante. Total ya estaba, lo más difícil había pasado. Sin embargo, se encontró en una situación aún peor: hacerle el pedido al mozo. Avatar de Nicolas: “Pedite lo que vos quieras, no te hagas problema”. (¡Puré!) Long hair lady desde luego que se fijó entre las comidas blandas. (¿Qué iba a hacer? ¿Pedir un pollo con papas y otro igual pero licuado?). Comieron, conversaron, se explicó el siniestro, quedaron en verse, hubo alguna charla telefónica y, por fin, ella prefirió arreglarse la autoestima sola. La cuestión fue que la carencia de comedor era lo de menos. Con el tiempo salieron a la luz algunos detalles esquizoides que ya no tiene sentido enumerar, pero que hicieron de Nicolas Cage un alma no conveniente.
Pasaron un puñado de años, todavía la anécdota sobrevive –algo desdibujada– como una de las más bizarras. Sin embargo, hay una frase (no tan antigua) que no logro olvidar. Una frase que se me quedó como grabada en la memoria… una frase que me tapa la boca a la hora de juzgar… que tira abajo toda crítica a la ciberbúsqueda… que le gana por afano a “Soy parecido a Nicolas Cage”… una frase que me dijo la chica de pelo largo cuando recordó la historia. Una frase que se desnuda de sinceridad: “Me hace reír mirar para atrás en el tiempo y ver cuánto quería a alguien que me quisiera”… Después de todo, ¿quién puede decir qué?

miércoles, 25 de enero de 2012

Cuestiones de cartel

Luego de darle vueltas mucho tiempo y a partir de que nuestros días se han vuelto un tanto rutinarios, decidimos salir con un chico que no nos gusta. No nos provoca el vómito, ni se acerca a la náusea, pero no es lo primero que llamaría nuestra atención en un catálogo de ropa interior (consciente de que dichos muestrarios son una sucesión de muñecos de torta). Es así, sí, ya hemos probado con el que nos flechó, hemos apostado por el que nos brinda buena charla, intentamos ya con el que es un dulce aunque no sea mucho nuestro tipo, y con el que parece que nos conociéramos de toda la vida. Ya pasamos por todos esos, y el resultado fue siempre el mismo: la nada después del algo. Bien, decidimos salir con este nuevo muchacho que nos cae bien, nos divierte, pero… no nos deslumbra. Todo resulta aceptable, sí, tranquilo… pasa algo y un poco más, como corresponde a la edad, y en fin, podría llegar a ser algo potable para encuentros monotony-killers. Ahora bien, pasan los días y arreglamos una nueva confluencia. Sí, ya que no tenemos mucho para hacer, antes que la nada misma, podemos permitirnos un divertimento. Tampoco nos vamos a poner en exquisitas… Y es aquí cuando sucede: el chico en cuestión nunca aparece. Sí, nos deja plantadas. ¿Y ahora? ¿A ver chica canchera? ¿Qué pasa? Sí, vos, la que pensaste que por fin manejabas la situación. La que creyó que como no nos vamos a enganchar podíamos hacer la gran “llamame un taxi que me voy a casa”. ¿A ver Jennifer Lopez? ¿Qué te pasó? ¿Te falló la cadera?
Y, claro, justo ahí caímos… sí, señora, de manera implacable nos dimos cuenta de que no aplicamos para ciertos roles. Esa cosa décontracté de la pantera que arrasa con todo sin importarle un reverendísimo átomo no nos cuadra. Es como que ese traje de chica libre de sentimientos que hace lo que se le antoja no va en el reparto. O sea, incluso en esos casos en los que nuestros sentimientos no han hecho su aparición, el otro se digna a dar el zarpazo; aunque esta vez al orgullo. Es así, mis queridas, por fin es momento de aprender que ciertos papeles no son para una. Mientras tanto, lo importante es no repetirse; aunque el público se renueve, nunca repetirse.

viernes, 20 de enero de 2012

De profesión, (recién) separado

Una señorita conoce a un señor. Todo va de maravillas: encuentros, charlas, noches. Hasta se incluye un fin de semana que es un puema, con un soundtrack al mejor estilo James Blunt. Los copos de azúcar inundan el universo y todas flotamos intoxicadas de helio. Pero (sí, el pero puto presente, así con aliteración y todo), ete aquí que hace ya cinco días que el sujeto en cuestión no llama, no manda un correo, ni un sms. Yo soy parte del auditorio femenino que bebe, embelesado, la historia novelesca del día. “Seguro que se asustó porque le pasó algo fuerte”; “Dale unos días, debe estar shockeado por haber conocido una mina como vos”; “Sí, imaginate, recién se separa… andá a saber cómo le pegó lo de uds.!”. Entonces, ella: “Sí, claro, él no lo hace de hijo de puta, es que la ex lo vuelve loco, pobre”; “Le mandé un msj que decía: ‘estás bien?’, ¿te parece que fue excesivo?”.
A mí, para este punto del relato, el ojo me late a lo frenético. Tengo ganas de desgarrar la barrera de sonido al grito de: “¡A los botes, a los botes, pelotudas!”. Es que me reconozco a mí, tiempo atrás, en la misma triste y engañosa situación. Sacando conclusiones falsas y que de poco sirven. Sí, sé que el cinismo me ha dejado en una banquina con un retorno algo difícil, pero me es inevitable. Una, con el tiempo, ya sabe que el pobre mártir es un señor con la glándula del afecto atrofiada, y nada más que eso.
Escuchame una cosa, querida, al tipo le importa muy poco si vos estás esperando o no su llamado. El personaje en cuestión no se asustó (¡¿Quién es? ¿Chatrán?!), el muchacho es un fucking cobarde que no puede palear solo el hecho de que una mina lo haya dejado. Este Ricardo Arjona te juega la víctima gracias a que vos le gemís al oído y aumentás su autoestima baqueteada por una fulana que no es una hija de mil putas, sino que es una mujer (como vos) que se hartó de la desidia dominguera. Le chupa un huevo el rollo que te hayas hecho en la cabeza, cuando necesita un mimo que lo contenga te llama; y si no lo hace, es porque está jugando al new power púber con "lo pibe", hasta que una nueva gacela le robare el corazón.
Mujeres, mis lindas sufrientes, dejemos de desplegar el sudario de las justificaciones. Si un tipo está interesado en vos, te lo va a dejar claro. Si lo flechaste, te va a llamar; no va a esperar los cinco días estipulados en cualquier tip Cosmo, te va a mandar un mensaje no bien le hayas dado tu número. Terminemos con este rompecabezas maquiavélico y empecemos a poner las cosas en su lugar. He dicho…