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domingo, 29 de septiembre de 2013

Intertextualidades

Iba a ponerme los zapatos cuando ella me miró el pie.
–A mí también me gusta andar descalza– dijo.
No me puse ningún zapato. No soy el tipo de persona que puede ponerse los zapatos si le están mirando el pie. Lo que hice fue decirle:
–Entonces sacate las sandalias.
Lo demás seguramente se puede contar de muchas maneras, pero la más honrada es decir que me acosté con ella.
El evangelio según Van Hutten, Abelardo Castillo (fragmento)


Llovía mucho para ser domingo. Muchacho prolijo cruzó el umbral de la puerta y se quedó parado sobre la alfombrita.
–Sacate los zapatos, los tenés mojados y te va a pasar el agua a los pies– le dije.
Allí inmóvil y ante mi insistencia me confesó casi en voz baja:
–Es que tengo una media rota, y me da vergüenza que la veas.
Lo demás seguramente se puede contar de muchas maneras...

martes, 2 de abril de 2013

Erotismo asalariado

“Se ríe mucho, una risa colorada que suena como el principio de algo. Tiene labios carnosos y cabello rubio, y estar parada a su lado es como estar a la sombra. Es tan alto como un ropero. Quiero abrirle todos los botones de la camisa y mirar adentro.”
Claire Keegan, El sermón de Ginger Rogers

No hace tanto tiempo atrás, caminaba tranquilamente por Paseo Colón y mientras esperaba para cruzar la avenida quedé totalmente hechizada por los peones que estaban laburando al rayo del sol. Pantalón ombú azul, torso al desnudo, remera anudada en la cabeza y pura fibra proletaria. Me quedé admirando esa piel curtida por el sol, bien parda, ese músculo a fuerza de empalar escombro, esa espalda delineada que remata en el asomo de un contorno de cadera y suspiré de degeneración. Sí, yo sé que la mayoría de las chicas prefieren a los muchachotes trabados del gym, sé que necesitan el pectoral de plástico inflado y abdominales tabla de lavar. Yo, en cambio, me entrego cómodamente a la admiración de ese pedazote de cacho de chongón libre de anabólico. Entonces, ahí, distraída y dejando que se me pase el turno para cruzar, es donde recordé este fragmento, que alguna vez compartí con mi querida amiga, la chica que te toca y te estremece. El cuento tiene como protagonista a una niña de trece años que vive en el campo y acostumbra a realizar las tareas propias del lugar. Ella describe a un peón que va a trabajar con su padre, al que llaman Manotas Jim. Todo el relato transita entre la inocencia, la ternura y los ardores adolescentes, y creo que esta cita es de una belleza que escasea hoy día entre nosotros, tan acostumbrados al marketing erótico del video casero de la vedette de turno.

jueves, 28 de marzo de 2013

Segundas lecturas

No se puede obturar el pasado.
Todo grifo clausurado
continúa goteando
la sombra de sus gotas.
El pasado gotea.

Hace unos días releí Poesía vertical de Roberto Juarroz y recordé la primera vez que uno de sus libros vino a dar conmigo. Recuerdo que en aquella ocasión el poema citado aquí arriba me retumbó fuerte. Un verso en particular tuvo eco en mi mente durante años: “el pasado gotea... el pasado gotea... el pasado gotea...” Era tremendo. Nunca nadie jamás había sintetizado algo tan mío en una imagen tan exacta. Tan justa. Lo cierto es que los días pasaron y la vida fue desplegándose, y los cambios se sucedieron sin pedir permiso. Lo cierto es que cinco años después agarro el mismo libro y ese ya no es el poema capaz de establecer un diálogo conmigo. Ya no me habla. Ya no encuentra una aliada en mí. Sin embargo, existe otro que hace exactamente cinco años atrás pasaba desapercibido, uno que tuvo perfil bajo, del que no fui digna. Ese mismo es quien ahora se me brinda. Hoy es ese, como será uno distinto dentro de otros cinco años. Es muy curiosa la manera en que los textos van cobrando sentido a medida que pasa el tiempo. Cómo lo mismo puede representar algo tan distinto, de qué manera las palabras leídas tiempo atrás ya no pesan tanto, dejándoles espacio a otras que en aquel momento pasaban inadvertidas. Esto no descubre nada nuevo, bien sabido es que la vida y el tiempo van tiñendo las lecturas, nos van regalando nuevas imágenes en espejos ya contemplados, y es esa pequeña diferencia la que evidencia el cambio que alguna vez tanto resistimos.

7
Cuando se ha puesto una vez el pie del otro lado
y se puede sin embargo volver,
ya nunca más se pisará como antes
y poco a poco se irá pisando de este lado el otro lado.
Es el aprendizaje
que se convierte en lo aprendido,
el pleno aprendizaje
que después no se resigna
a que todo lo demás,
sobre todo el amor,
no haga lo mismo.
El otro lado es el mayor contagio.
Hasta los mismos ojos cambian de color
y adquieren el tono transparente de las fábulas.

miércoles, 10 de octubre de 2012

La palabra ajena

"Es lo que ella una vez deseó, pero difícilmente dos personas quieran lo mismo en un determinado momento de la vida. A veces, esa es la parte más difícil del ser humano".
Claire Keegan. Recorre los campos azules

domingo, 6 de mayo de 2012

De madrastras y brujas

Para aquellas Clarices, Ideas, Saras, Simones, Anas, Elfriedes,
Silvinas, Alices, Sor Juanas, Angélicas, Siris,
que me reconciliaron con esa otra forma
de ser mujer.

Hay diferencia cuando una mujer escribe. No es lo mismo. Las palabras se paladean distinto. Caen y patean en lo más profundo del cuerpo. No se corresponden en lo más mínimo con el pucherito y el caprichito. No hay diminutivos en los libros escritos por mujeres. No hay color rosa, ni príncipe encantado. Hay dolor, ironía, hay derroche de puntos de vista... nunca se mira desde un solo lugar. Es verdad que existe otra sensibilidad. Hay altos y bajos. Cariño, y también crueldad, y de la buena, no la del chimento y la envidia; una aún más corrosiva, la crueldad para con una misma. Ésa, la más tremenda. Hay masoquismo en las frases que una mujer escribe, y hay deseo. El que duele y marca, aquel que desgarra carnes y humilla. Hay el goce en el dolor. No hay zapatos caros en lo que una mujer escribe, ni adicción al shopping. Hay, sin embargo, una dependencia a lo infinito. Hay ternura cuando una mujer escribe y, a veces, sólo eso. Hay la nada. Ganas de hacer daño. Enfermedad, muerte y sanación. Escatología, ingenuidad y premeditación. No hay nosotros y nosotras, en las frases escritas por una mujer. La mujer escribe y basta. Se planta. Se para. Existe. No hay desinencias buenas y malas. Las palabras pueden ser escupidas por una mujer que escribe. No hay veneno contra el hombre, hay más bien el eterno trabajo de entenderse a sí misma. A la una que se es, y a las miles que se asoman al mismo tiempo. Hay sexo en los escritos de una mujer, y genitales. Nombrados con todas las letras, abiertos, hambrientos, erectos, turgentes, asibles. Y el pudor pasa por otro lado. No hay certezas ni sentimentalismos. No hay desengaños y victimizaciones. También hay hastío y secretos. Amores fugaces y clandestinos. Hay culpa y desafío. Hay orgullo y hay duda. Hay masculinidad cuando una mujer escribe. Y hay amor. Y admiración. Hay humor y encanto. No hay 90-60-90 y diamantes de ningún quilate. Cuando una mujer escribe hay miles de preguntas ansiosas de respuestas, pero también deseosas de incertidumbres. Hay silencios y calma. No hay grito histérico y reclamo 24 hs. Hay palabras cuando una mujer escribe, negras, densas, putrefactas, fláccidas, quebradas, agolpadas, magulladas, regurgitadas. Hay descreimiento, ceguera y equivocación. Burla y ridículo. Hay bigamia, infidelidad y olvido. A veces, hay llanto sin razón. Otras, un tragar de lágrimas áspero. Hay caretas e hipocresía, pero para con una misma. No hay maquillaje cuando una mujer escribe, aunque puede haber artificio. No hay vueltas y revueltas, complicaciones y medias tintas, hay la frase concisa y clara. Hay diferencia cuando una mujer escribe. Cuando hay una mujer diferente que escribe.

sábado, 31 de marzo de 2012

Entre Clarice y Abelardo (entrega última)

La luz entró por la ventana sin persianas y él se levantó al fin. Nunca hubiera podido ser responsable de la mujer. Nunca hubiera podido equipararla, lo dijo al fin. Ella también lo miró esa vez, él se justificó con frases hechas, y ella siguió mirándolo. 
A la distancia, ella salió a la galería y la respiración profunda trajo para sí la mañana que se despertaba. No lograba dormir más de las ocho, el día la llamaba a nacer junto con él. Recordó la historia que alguien había contado una vez, la historia de Miguel Ángel ante un bloque de mármol informe. La historia contaba que él vislumbraba la figura escondida en la roca, escudriñaba el bloque para redescubrir y liberar al arte. Ella ansiaba a alguien que la cincelara, que encontrara esa esencia perdida tan dentro de su cuerpo... ella sólo ansiaba... ella, más que nunca, ansía.

lunes, 19 de marzo de 2012

Entre Clarice y Abelardo (segunda entrega)

La recordó nuevamente, etérea. Ella decía siempre que él se escondía, que ponía una pared ilusoria, infranqueable entre ambos. No lo decía como queja, él lo sabía, lo decía con ternura casi pidiendo disculpas. Lo decía como si expresándolo él fuera a confiar un poco más, como si él sabiendo que ella sabía fuera a dar un paso adelante, como los perros callejeros a los que uno tiende una mano inmóvil hasta que se acercan desconfiados y al final, la cola moviéndose como señal de rendición. Ella decía eso y muchas otras cosas, y a veces callaba, y lo miraba, y esa mirada era la que cualquiera espera, esa mirada que invita, que desarma, que descomprime. Ella era una y él la odiaba por eso. El encuentro con la mujer era inabarcable, era ese momento donde todo se iba de cauce, él no era él y ella ejercía ese poder. La mujer solamente sucedía, no hacía esfuerzo alguno, y él la odiaba por eso. Se sentía engañado, esa era la sensación, lo habían llevado a ella las suposiciones de una pasión sin límites ni riesgos; pero no había sido así. Lo supo el primer día, la primera noche, al primer contacto, que no había sido así, y por eso, la odiaba. Y era capaz de negarla, era muy capaz, fue capaz. Negación natural, advertencia, y él sabía que ella lo notaba, aunque no supiera que la hería. Y que ella, la mujer, se regocijaba en eso, se saciaba. Él decidía los instantes, ella se dejaba, ella sucedía. La mujer también lo había mencionado, que se daba cuenta. Él mantenía la distancia, sujeto arisco, distante, al acecho, en guardia. Pero, sentía más allá del odio que la mujer era como una magia inevitable, él resistía pero sucumbía como el insecto a la luz. Él quería quedarse pero se iba, y ella lo miraba, no lo detenía. Él necesitaba que ella se entregara, ella necesitaba entregarse. Ella necesitaba saberlo ahí, él no quería saberse. Él se diluyó en su monotonía, y ella lo supo.

viernes, 9 de marzo de 2012

Entre Clarice y Abelardo (primera entrega)

Por un momento se preguntó cómo estaría, y la figura revivió en un instante, contorneándose, limitada por la sombra de la tarde. Siguió mirando la pantalla, moviendo teclas y presionándolas. ¿Cómo estaría? ¿Realmente le importaba o sólo era una preocupación egoísta? Era esa falta, esa sensación de sentirse único en el mundo, eso que se había ido junto con la mujer. Él era. Tan simple como eso, ser y serlo de manera exclusiva, casi grosera, pararse, construirse a partir de la mirada, de esos ojos que lo colmaban. No era ella, no. Era él desde ella. Encendió un cigarrillo aplacando el recuerdo. Era un hábito, un mecanismo: la justificación inmediata, la razón lógica para el arrebato. Cuando se levantó, una sonrisa se dibujó en su cara y la satisfacción se hizo presente. Iría hasta la cocina, haría café, luego de un par de cigarrillos, y de otro par de líneas finales a su artículo, se sentaría a comer algo que saciara la languidez del momento. Se tendería en la cama, miraría quién sabe qué canal de turno y enfrentaría la madrugada desvelado por la razón justa. Dormiría para encarar un día más en la monotonía controlada de su especie. Tenía mil argumentos, mil, para que nada quebrara esa grilla esquemática de las semanas. Tendría mil razones más para seguir haciendo lo mismo durante años, y utilizaría las mismas y trilladas conclusiones ilusorias para que nada, absolutamente nada, lo hiciera correr riesgos.