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martes, 28 de enero de 2014

Eso

¿Qué cosa es indispensable para vos en una relación amorosa? Esa pregunta me la han hecho varias veces y siempre he respondido lo mismo. Hace unos días un muchacho la arrojó sobre la mesa esperando atentamente lo que tenía por decir. Hablé sin ahondar en el asunto. Sin embargo, el encuestador me obligó a que le diera un ejemplo por lo menos. Entonces desarollé mi idea. Curiosamente, hace unas horas, mirando una película, doy con la frase, con casi las mismas palabras que yo había días atrás enunciado como un credo. Me dio impresión oírla en otra persona. Me sorprendí con el hecho de que tal vez no era tan única mi idea, si resulta que ahora aparecía en el cine. Me gustó que el muchacho la hubiera escuchado primero de mi boca, sobre todo cuando era él quien más temprano había visto la película conmigo. Pero más que nada me tranquilizó que después de tanto tiempo esa idea fuera una de las pocas cosas que seguía sin resignar.


"es eso cuando estás con alguien y lo amás, y él lo sabe; y él te ama, y vos lo sabés, pero es una fiesta y ambos están hablando con otras personas y se ríen y brillan, y se miran a través de la gente, y sus ojos se encuentran pero no porque sean posesivos o sea algo sexual, sino porque esa es tu persona en esta vida"

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Si no hay amor...

"Si alguien me asegurara que lo nuestro es auténtico amor, sentiría un alivio tan grande que me postraría a sus pies. Y si no lo fuera, si se tratase de algo pasajero, yo desearía seguir durmiendo como ahora y no querría volver a oír jamás el timbre del teléfono. Querría que me dejaran sola inmediatamente."
                                                                                                                Banana Yoshimoto, Sueño profundo


Si no hay amor... que no haya nada entonces.

martes, 3 de diciembre de 2013

Bela Lugosi

Si yo fuera gata, me enamoraría de él. O visto de otra manera: éste es mi prototipo de hombre en gato. ¿Muy retorcido lo mío?

sábado, 2 de noviembre de 2013

domingo, 29 de septiembre de 2013

Intertextualidades

Iba a ponerme los zapatos cuando ella me miró el pie.
–A mí también me gusta andar descalza– dijo.
No me puse ningún zapato. No soy el tipo de persona que puede ponerse los zapatos si le están mirando el pie. Lo que hice fue decirle:
–Entonces sacate las sandalias.
Lo demás seguramente se puede contar de muchas maneras, pero la más honrada es decir que me acosté con ella.
El evangelio según Van Hutten, Abelardo Castillo (fragmento)


Llovía mucho para ser domingo. Muchacho prolijo cruzó el umbral de la puerta y se quedó parado sobre la alfombrita.
–Sacate los zapatos, los tenés mojados y te va a pasar el agua a los pies– le dije.
Allí inmóvil y ante mi insistencia me confesó casi en voz baja:
–Es que tengo una media rota, y me da vergüenza que la veas.
Lo demás seguramente se puede contar de muchas maneras...

domingo, 15 de septiembre de 2013

Muy domingo

Escuchar Drexler un domingo lluvioso puede ser contraproducente, o tal vez a última hora alguien toque el timbre sólo para abrazarte y así dar por tierra con eso de que el tiempo todo lo cura.
Tengo tu voz,
tengo tu tos,
oigo tu canto en el mío.
Rumbos paralelos,
dos anzuelos
en un mismo río.
Vamos al mar,
vamos a dar
cuerda a antiguas vitrolas.
Vamos pedaleando
contra el viento,
detrás de las olas.
Tengo una canción
para mostrarte,
tal vez cuando vaya...
Tengo tu sonrisa
en un rincón
de mi salvapantallas.
Años atrás
de pronto la casa
se llenó de canciones.
Músicas y versos
que brotaban
desde tantos rincones.
Vamos al mar,
vamos a dar
guerra con cuatro guitarras.
Vamos pedaleando
contra el tiempo,
soltando amarras.
Brindo por las veces
que perdimos
las mismas batallas.
 

(clic en el título) 

martes, 27 de agosto de 2013

Teoría y práctica

Harald Weinrich escribió sobre los tiempos de la narración y del comentario. Distinguió qué tiempos verbales se utilizan en el discurso cotidiano (mundo comentado) y cuáles en el ficcional (mundo narrado). Dentro de la narración exponía la diferencia entre el Pretérito Imperfecto (cantaba) y el Pretérito Perfecto Simple (cantó). Observaba que el primero era un tiempo que servía como decorado, para enmarcar las situaciones principales (Los pájaros cantaban sobre las ramas, y la fronda tocaba una música como de anís), y el segundo representaba el tiempo de los hechos puntuales y principales, del primer plano, aquellos que hacían que la historia se desarrollara, siguiera, se activara (De repente, algo se vislumbró en el cielo, todo se quedó quieto y esperó). Hoy recordé toda esta teoría, cuando intenté encontrar un paralelo de lo que sucede cuando algo se termina. Los finales nunca son fáciles, para nadie supongo. Y hoy palpé el final, y tiene la textura de cuando vos y yo ya nos hablamos como le hablaríamos a cualquiera, cuando en nuestra mirada no vemos nada propio, cuando dejamos de ser únicos. El final es el final cuando ese otro que siempre apareció en colores, ahora se funde en el blanco y negro de la masa amorfa del resto. Cuando ya es uno más, como cualquier otro. Recién hoy pude reconocer que dejamos de estar en pretérito perfecto simple, dejamos de ser el motor que hacía avanzar la historia, para convertirnos indefectiblemente en un pretérito imperfecto, ese telón de fondo que se va fundiendo con el pasado.

martes, 2 de julio de 2013

Cuando tenés razón... I

Hace unos años, un amigo muy sabio me dijo algo increíblemente verdadero. Yo estaba tomando algo con mi amiga querida, la chica de pelo corto, y fumando y hablando de la vida. Amigo Yoda, habiendo escuchado la conversación, se acerca, apoya las manos en la mesa con los dedos hacia abajo, los gordos apoyados arriba y los talones de la mano hacia afuera, y resume la situación conversada con una máxima cuya vigencia al día de hoy es infalible. Dice con una seguridad de experiencia neta: “En el amor, cuando uno muestra vulnerabilidad, el otro se pone sádico”. ¡Y es así, mis queridas y queridos! Es así... ¡Aplausos!

lunes, 3 de junio de 2013

Guarida australiana

Hay algo con los buzos y camperas canguro con capucha en los hombres. No sé qué es, pero definitivamente hay algo que me hechiza. Pueden ser grises, azules, negros... todos provocan el mismo efecto. Hay algo en tu buzo canguro con capucha que me induce a la más perversa intimidad. La de ovillarme toda y quedarme para siempre ahí dentro con vos. Entre la tela suave y ese latido que me llama a la calma.

miércoles, 10 de abril de 2013

Marga y Oscar for real

Sentada en el 44, miro por la ventanilla, el colectivo se detiene para levantar pasajeros. Oigo una voz muy particular, que habla fuerte, se escucha hasta el fondo: “Dos hasta 6 paradas, acá nomás... ¿qué te doy? ¿las dos tarjetas o saco los dos boletos con una?”. La emisora era una señora mayor ya, alta, flaca, desgarbada, vestía un pantalón jogging azul marino, una blusita de señora grande, saco de lana y tenía puestas unas zapatillas negras deportivas dos números más grandes. La miro. El cabello hasta el comienzo del hombro, bien canoso, agarrado al costado con una hebilla, muy desprolijo. Ella era muy desprolija, o simplemente torpe. Y no paraba de hablar. Le mostraba al chofer las dos tarjetas Sube, porque quería sacar dos boletos. Uno para ella, y otro para su marido que subió detrás. Él era alto, pantalón jogging también, remera metida adentro del pantalón y campera deportiva, las zapatillas eran su número. Todo prolijo él, inmutable, erguidito, mayor también y con cara de no hablar nada. Ahí caí en la cuenta, estaba frente a una pareja Marga y Oscar auténtica. Y morí de amor. Ella trataba de hacer equilibrio mientras ponía la tarjeta en la máquina: ¿Ya está o pongo otra vez? A los gritos hablaba. Tenía una cartera colgada del brazo derecho, en la cara interna del codo. El colectivo la zamarreaba para un lado y para el otro, ella se agarraba de donde podía y la cartera se bamboleaba con ella. Oscar la seguía. Ella se paró en el pasillito donde está la máquina de las monedas: Vení acá, Oscar -le decía-, quedate al lado mío. Oscar, con cara de pocos amigos, pasó por detrás de ella y se sentó en el primer asiento de espaldas al chofer: No te sientes, no ves que ya bajamos. Y como Oscar no le daba bola, ella bamboléo hasta el asiento al lado de Oscar: Ay, cómo se mueve, madre santa. Pero acá no me ubico para nada yo, Oscar, así sentada de espaldas... cómo querés que vea dónde bajar. Oscar, inmutable, serio, terminante responde: Yo me ubico perfectamente, Marga. Y no la mira, sino que mira para el costado, con la mano apoyada en la rodilla y el brazo en forma de asa de tetera. Marga cabecea por sobre el chofer y se retuerce con su cartera. Es tan graciosa: No veo nada, Oscar, dejame pasar, son tres paradas nomás. A ver... correte... corré la pierna, me vas a hacer caer. Yo miraba todo y trataba de no largar la carcajada. Era esas viejas insoportables pero simpáticas. Y él era extraordinariamente gracioso, sólo por el contraste. Hubiera estado mirándolos por horas. Marga logra sostenerse en el pasillo y se acerca al chofer, hablando por supuesto: ¿La próxima es la calle X? Ah, ¿falta una parada más? Mirando a Oscar y en voz fuerte fuerte: Falta una parada más, Oscar, y bajamos. Acomodate, dale, así no nos pasamos. Oscar encara para la puerta del medio, y Marga está en la de adelante. Grita: Oscar, vení para acá, bajá conmigo. Oscar medio que bufa haciendo revoleo de ojos: Bajo por acá que es lo mismo. Ella: Pero falta una parada, vení acá (gestito con la mano, llamándolo), bajá conmigo así me sostenés y no me caigo. Después te sostengo yo. Y como si esto fuera poco, mirá a unas chicas sentadas adelante y arroja: Si no nos sostenemos entre nosotros (larga una risita)... Ah, ¿esta no es la parada? ¿Es la otra? Nos bajamos en la otra, chicas... Uds, ¿bajan acá? Las chicas niegan con un movimiento de cabeza. Oscar se acerca y se pone detrás de Marga. Ella al chofer, fuerte siempre: Pará bien en el cordón que si no nos cuesta un Perú. Ah, ah... mse... claro, sí, es por eso... está bien. Se da vuelta hacia Oscar: No puede estacionar cerca del cordón porque la gente estaciona los coches ahí justo.... … … Y bue.... qué se le va a hacer.... El bondi para, yo miro su figura tan desgalichada y muero por dentro. Lo más gracioso eran las zapatillas... tan tan grandes. Y el silencio de Oscar era único, porque demostraba fastidio pero la miraba con ternura. Por fin bajan, ella lo hace primero sosteniéndose del pasamanos y de Oscar. Y esa cartera bamboleante tan suya. Luego le da la mano a Oscar para que baje, éste no se hace cargo y baja solo, demostrando agilidad. Ella igual apoya su mano en la espalda de Oscar. Los dos alcanzan el cordón y por fin la vereda. Y ahí sucede algo maravilloso: él la espera a ella que quedó un poquito atrás. La espera. No sigue caminando. La espera hasta que están uno al lado del otro. Ahí recién los dos emprenden el paso. Ella sigue hablando, obvio, y gesticula con la cartera colgada, pero los dos caminan juntos. Yo los sigo desde el bondi, y miro ese cosmos formado entre ambos. Ellos ni lo saben, pero yo me siento testigo de eso que tal vez ya ni ellos perciban, por ser justamente tan suyo.

jueves, 28 de marzo de 2013

Segundas lecturas

No se puede obturar el pasado.
Todo grifo clausurado
continúa goteando
la sombra de sus gotas.
El pasado gotea.

Hace unos días releí Poesía vertical de Roberto Juarroz y recordé la primera vez que uno de sus libros vino a dar conmigo. Recuerdo que en aquella ocasión el poema citado aquí arriba me retumbó fuerte. Un verso en particular tuvo eco en mi mente durante años: “el pasado gotea... el pasado gotea... el pasado gotea...” Era tremendo. Nunca nadie jamás había sintetizado algo tan mío en una imagen tan exacta. Tan justa. Lo cierto es que los días pasaron y la vida fue desplegándose, y los cambios se sucedieron sin pedir permiso. Lo cierto es que cinco años después agarro el mismo libro y ese ya no es el poema capaz de establecer un diálogo conmigo. Ya no me habla. Ya no encuentra una aliada en mí. Sin embargo, existe otro que hace exactamente cinco años atrás pasaba desapercibido, uno que tuvo perfil bajo, del que no fui digna. Ese mismo es quien ahora se me brinda. Hoy es ese, como será uno distinto dentro de otros cinco años. Es muy curiosa la manera en que los textos van cobrando sentido a medida que pasa el tiempo. Cómo lo mismo puede representar algo tan distinto, de qué manera las palabras leídas tiempo atrás ya no pesan tanto, dejándoles espacio a otras que en aquel momento pasaban inadvertidas. Esto no descubre nada nuevo, bien sabido es que la vida y el tiempo van tiñendo las lecturas, nos van regalando nuevas imágenes en espejos ya contemplados, y es esa pequeña diferencia la que evidencia el cambio que alguna vez tanto resistimos.

7
Cuando se ha puesto una vez el pie del otro lado
y se puede sin embargo volver,
ya nunca más se pisará como antes
y poco a poco se irá pisando de este lado el otro lado.
Es el aprendizaje
que se convierte en lo aprendido,
el pleno aprendizaje
que después no se resigna
a que todo lo demás,
sobre todo el amor,
no haga lo mismo.
El otro lado es el mayor contagio.
Hasta los mismos ojos cambian de color
y adquieren el tono transparente de las fábulas.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Drácula

Cada noche se repite la escena. Y ahora que hace calor y el ventanal queda abierto parece aún más romántica. Ella se sienta y mira a la distancia. De espaldas a mí, sus orejas me advierten que lo está escuchando. Un movimiento de cabeza fugaz... y lo ve. Por fin lo ve. Pero es tan veloz que sus gestos demuestran confusión. Sí, el chillido se escucha, y esa silueta oscura y urgente pasa de un lado hacia otro. Supongo que se preguntará por qué no es como los de día, que pasan suspendidos en el aire pero se dejan ver mejor. Noto que se le acelera la respiración cada noche, al asomarse al ventanal. Es como un encuentro amoroso a la distancia. Mira. Mueve la cabeza para un costado. Acomoda las patas delanteras en el lugar como impaciente. El chillido. La fugacidad. De repente, corre debajo de la cama. Se afila las uñas en una de sus patas. Se sube y me mira como diciendo otra vez se fue lejos. Yo le devuelvo la mirada: ya lo sé.

sábado, 25 de agosto de 2012

Complicidades

(único acto/sms)

Ella: Oscar, ¿fuiste a sacarme el turno con la podóloga?
Él: Fui temprano a la obra social y cuando llegué a la ventanilla me di cuenta de que me había olvidado la orden, Marga.
Ella: Serás boludo, Oscar. Puede ser posible. Hoy a la mañana te dije que no te olvides toda la papeleta que te había dejado en la mesa de luz. Eso es porque no me escuchás, Oscar.
Él: Sabés que estoy dormido a la mañana, y vos no parás de hablar un minuto. No funciono a gran velocidad, Marga.
Ella: ¡A ver si es cierto! El señor se olvida las cosas y ahora la culpa es mía. Terminala, querés. ¿Qué hago ahora yo con los juanetes?
Él: El vecino del 4to. me dijo que al lado de la carnicería hay un curandero que es bueno. Por qué no probás. Capaz... te sirve.
Ella: ¿Vos me ves cara de Umbanda a mí, Oscar? ¿Me estás cargando?
Él: No empieces, Marga, es un juanete, nada más. ¿Qué tendría que decir yo? ¿Eh?
Ella: Vos preocupate por el colesterol ese que tenés, que no lo bajás nunca.
Él: Eso es por la fritanga que me preparás a la noche, Marga. Hoy ya me estoy muriendo.
Ella: Serás caradura. A vos el colesterol te aumenta por el vermú que te tomás con tus amigos mientras juegan al dominó. ¡Será de Dios!
Él: Bueno, Marga, el médico me recomendó que hiciera alguna actividad.
Ella: Terminala, Oscar, querés. Todo el santo día igual.
Él: Che, Marga...
Ella: ¿Qué pasa?
Él: Me gustás... ¿Lo sabías? 
Ella: Sí, lo sabía.
Él: Beso, Marga.
Ella: Beso, Oscar.

martes, 21 de agosto de 2012

Que sepa abrir la puerta...

A veces nos olvidamos de jugar. Y es lógico porque no siempre encontramos con quién. Es difícil a partir de determinada edad toparse con una persona que nos siga el juego, que esté dispuesta a ser cómplice. Es complicado porque una ya perdió un poco la costumbre, porque se guarda más, se reserva, se acartona. La oportunidad de juego se escapa, se desdibuja, se hace cada vez menos posible. Sin embargo, a veces la vida nos guiña el ojo y nos regala la posibilidad de dar con aquel sujeto que sin explicación mediante entiende el mecanismo de todo. Comprende de qué se trata, y de repente sin miramientos, sin especular, sin tener que leer las instrucciones, se entrega al placer lúdico de compartir ese espacio que el mundo adulto se fuerza por quitarnos.

lunes, 13 de agosto de 2012

Relecturas

Hoy me tocó encontrarte por la calle. Fue hoy, no otro día. Recién hoy y después de tanto tiempo. Y claro, parece que la vida se encarga de hacerlo en el momento preciso, en el instante exacto. Ni antes, ni después. No sé si fue bueno o malo. Creo que fue la nada. Caí en la cuenta de que el recuerdo hace trampa, y que el paso del tiempo le juega muy a favor. Juntos pintan las situaciones pasadas de colores gratos, cuando tal vez son sólo simples postales en blanco y negro. La distancia cura lo que en su momento fue insoportable de digerir, y vos en esos flashes parecés inofensivo. Pensar que me quedé con tantas cosas que decirte, con todo por decir, porque nunca te dije nada en realidad. Ese silencio vino más tarde a cobrar intereses, y costó bastante pero la deuda quedó saldada. Claro que nunca pudiste enterarte. Y resulta que hoy te vi, y me dijiste que yo no había cambiado nada, que me mantenía igual y me preguntaste qué era de mi vida. Y yo te miré, y fue llamativo advertir que no teníamos nada en común, y por primera vez vi claramente que nunca lo habíamos tenido. Y volviste a decir que era increíble que yo no había cambiado para nada. Y yo sólo atiné a confirmar cuánto te estabas equivocando. Ahí mismo, cuando me di vuelta para seguir mi camino, sonó en mi mente la canción exacta.



Te extraño en las tardes
quizás no es amor
lo que me hace buscarte.
Las decisiones
siempre llegan tarde,
las piezas que quedan
jamás encajan.
Viajando en la luz,
te quiero abrazar,
un beso perfecto,
envuelto en los sueños
de inútiles noches.
Confusos recuerdos,
colores santos.
Quizás no es amor.
Yo sé muy bien
jamás me entendiste
y no lo pretendo.
Dulce es este viento
sopla en mi corazón,
arrastra olvidos
y no regresan.
Quizás no es amor.
Cambiar las palabras
mejor no jurar
promesas erradas.
Cambiar las palabras,
quizás no es amor.
Colores santos… 
(clic en el título para escuchar)

viernes, 13 de julio de 2012

Tres pelos

Hace unas semanas fuimos con mi amiga, la chica dada que te toca y te estremece, a ver una banda musical muy simpática. El lugar, desprolijo adrede, era uno de esos bares que se arman con una estética casual, de rejunte, con onda así-nomás. Una vez ubicadas y provistas de víveres para sobrellevar la velada, advierto mientras conversamos que no puedo sacar mis ojos de los muchachos presentes (estética casual, de rejunte, con onda así-nomás). Miro a los sentados, a los parados, a los acodados, a los apoyados, y no doy abasto. Por supuesto que me pregunto qué es lo que está ocurriendo, porque una cosa es mirar a un sujeto específico y otra muy distinta es esta orgía ocular a la que me encuentro entregada. Primero creo que estoy más necesitada de lo que me parecía. Pero no es eso. Me cuestan varios minutos, hasta que por fin doy con el motivo: las barbas. Ahí está. Es eso. Sólo y tanto como eso. Hay muchos hombres barbados. Es así como me percato de que hacía mucho mucho no veía barbas, así todas juntas. Esto es lo que le explico a la chica dada que te toca y te estremece. La barba. Presencia atractiva si las hay. Las barbas son una especie en extinción, con muy mala prensa. Blanco de comentarios desagradables por parte de muchas damas, del estilo: “¡Qué asco! Comen y se les pegan todos los fideos”“¡Ay, no! ¿Barba? Uácala... lo besás y te pincha toda”. Sin embargo, para mí son un agregado exquisito en el sexo masculino. Me refiero a las barbas posta, no a ese grisáceo que abunda hoy día, o chivita, o candado, o barba de tres días, o recortada con una prolijidad obsesiva, que no están mal pero no son lo mismo. Hablo de la barba, ésa, así, crecida, abundante, desprolija sin ser guaranga. Esa barba. Recuerdo que de chica miraba embelesada a primos, tíos o amigos de padre, altos, grandes y barbados. Era increíble. Luego de adolescente ya no me maravillaba, sino que me enamoraba automáticamente de aquellos que tuvieran barba. Primero, la barba y después vemos. De hecho tengo varias barbas en mi vida amorosa, aunque la mayoría de sus portadores nunca se haya enterado de ello. Una de las tantas perteneció a uno de mis primeros amores (no correspondido por supuesto, sí enterado), él no era nada lindo pero yo estaba perdida. El día que decidió dejarse crecer la barba para mí fue sublime, pese a que le quedara espantosa y asentara más su ridiculez tan falta de glamour. Nunca voy a olvidar la tarde en que me eligió a mí para que lo ayudara a afeitarse, fue como llevar la antorcha olímpica; un momento de sentimientos encontrados: alegre porque era yo y no otra, triste porque se desharía de su bien tan preciado por mí. Más grande ya, se me presenta en la memoria el chico de pelo largo y barba a quien por mucho tiempo le desconocí el nombre. Meses embobada, mirándolo, charlándole, sabiéndole por fin el nombre suyo y el de su novia. Pero nada importaba, tenía barba (y pelo largo, y novia); hasta que, claro, llego una mañana, lo veo y reparo en la fatalidad absoluta: se había afeitado y cortado el pelo. Sí, se había mutilado de una manera extrema por un solo motivo: “A mi novia no le gusta”. Dios le da pan... Tuve revancha después, porque hicimos una linda historia de amor juntos, pero la barba nunca estuvo presente; y eso que yo sí le hubiera hecho honor. Hace poco también encontré una barba en el joven con quien nos entendimos desde el minuto uno, y al verlo así barbado me pudo para siempre. Las barbas. Las barbas dicen mucho de quien las lleva. Las barbas marcan una personalidad inquietante. Las barbas ocultan un secreto agradable. Las barbas... Hoy las reivindico. Hoy las recuerdo. Hoy pido que sigan creciendo. Que se animen a pesar de la ignorancia femenina que las rechaza. Las barbas. Aunque escapen, aunque tengan otra dueña y se me hagan las difíciles, seguiré esperando ir a su encuentro, porque como dije hace muchos años ya: la barba... la barba no se discute.

sábado, 28 de abril de 2012

Si amanece

Recuerdo su canción, la que se disparaba en el teléfono para despertarlo, y me acuerdo perfectamente de la vibración que hacía el artefacto un segundo antes de sonar. Después seguía el manotazo para acallar la intromisión, el giro en la cama y su abrazo. Acto seguido, un segundo aviso, el cual me encontraba con ojos abiertos y rumbo a poner un pie en el día. Era entonces cuando tenía lugar el gentil tirón dormido de quien suplica no ser abandonado a merced de las sábanas. No olvido su gesto, ése que se instalaba involuntariamente en su cara cuando yo lo despertaba. Casi infantil por momentos. Recuerdo el esfuerzo inconsciente que hacía para no mandarme al demonio, habitual actitud ante la presencia de un nuevo día. Su temperatura matinal recuerdo, y la electricidad del contacto. El primer ojo que animaba a abrirse ante lo indefectible. Vuelve casi nítida la sonrisa espontánea de quien despierta y se siente agradecido por el esfuerzo de haber logrado sacarlo de los brazos del sueño. Y esa mirada, profunda sin querer. Suerte que son éstas las imágenes que quedaron en la superficie, flotando en un mar de pasado, sereno. 
Algo hemos aprendido, algo hemos curado, algo simplemente hemos hecho bien después de todo.

miércoles, 4 de enero de 2012

Cosas simples

Las historias de amor no tienen que ser como las de las películas. Creo equivocada la costumbre de pensar que debo ganarme al otro emulando a Conan el Bárbaro. Esa idea de luchar contra viento y marea, esa postura épica de pasar pruebas y pruebas, de demostrar a ultranza que somos dignos del otro, que ese otro nos merece. Ese trabajo constante que de alguna manera –creemos– nos redime. Hay la tozudez de golpear nuestras narices contra la misma puerta, una y otra vez; hay el convencimiento de que una palabra mágica no pronunciada pudo haber abierto corazones; ese eco de “si hubiera hecho o dicho” que rebota, como si una única frase fuera la responsable de meses de indecisiones ajenas. Hay esa propensión a esperar a quien nos da la espalda, a intentar comprender –cual acertijos válidos– los desaires de quien nos evita, a alimentar la autoestima de quien tiene por costumbre disfrutar con nuestra dependencia. ¿Es así? ¿Será ésa la condición para ser un poco más feliz? Y me digo: no. Porque si desde el primer día todo es escollo, desesperación y lágrimas, ¿qué queda para después? ¿qué se pretenderá una vez emprendido el viaje? 
Tal vez es hora de dejar portazos, lamentos y ruegos para las grandes novelas literarias. Tal vez, los desencuentros y los arrepentimientos, el esperar cada noche debajo de la ventana de la amada sea mejor para el mundo ficcional. Tal vez la clave reside en ir por quien abre la puerta y no se hace esperar. Por dejar entrar a quien quiere hacerlo. 
Es momento de no insistir en vano. De convencernos de que si es tan dificultoso será porque no nos corresponde. Es tiempo ya de no intentar abrir con barretas lo que no nos fue abierto con amabilidad. Es hora de no obligar a cada pequeña historia a ser LA historia. Quizá ya debamos comprender que el sabor de los primeros momentos, esa adrenalina tan buscada, nada tiene que ver con el sadismo. Ese vértigo nace del ida y vuelta, del encuentro y desencuentro, del sí y el no de dos personas que se buscan y se saben. De dos personas que, de común acuerdo, aceptan el riesgo. 
Creo, con gran satisfacción, que a veces es mejor irse a tiempo. Creo en guardar las energías para quien –por fin– nos invite a jugar. Para quien tenga ganas de hacernos la vida más fácil.