Existen
cosas bastante extrañas en los hombres que me generan ternura. Una
de ellas es cuando usan los cordones de las zapatillas estilo Topper
muy ajustados, casi que se juntan las dos hileras de ojales, y los
cordones en un moño largo largo caen por los costados. No sé por
qué deformidad de mi psiquis, pero me da ternura y ya. Hay algo de
inocencia, no sé. Hoy, parada en el medio del colectivo, no pude
quitarle la vista de encima a un par de pies con las características
antes dichas. Miro miro miro miro hasta que escucho: ¿Me estás
mirando las zapatillas? Levanto la vista y veo unos ojos
preciosos, no por el color sino por la forma y las pestañas. Contándote los ojales, respondo. Él, ¿cuántos hay? Yo, 12.
Él se sonríe elogiando mi precisión y se excusa, Si no llegara
tarde al trabajo, te invitaría a desayunar; y yo remato, Y yo ya me
bajo... lástima. El se despide con un tal vez la próxima, y yo le
respondo tal vez, y me bajo luego de comprobar que no todo es tan
malo en los bondis.
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jueves, 12 de septiembre de 2013
martes, 6 de agosto de 2013
Pilatos
En ciertos lugares aún sobrevive el jabón bocha (como la mortadela pero jabón). Es curioso ver cómo las mujeres se relacionan con el mismo, dice mucho de la personalidad de la fémina. Varias demuestran una actitud como con asco. Le frotan un poco la yema de los dedos, se friegan las manos y luego se enjuagan rápido rápido, como para que salga el pecado. Otras ni lo piensan, van sólo por el agua. Por favor, querida, agarre el Valot con confianza, que no le va a hacer mal. Ordeñe el dispositivo con vigor, aunque también con cuidado, no sea cosa que lo arranque de su base. Déjese de jorobar con tanta pacatería, caramba, que estamos entre chicas y nadie la va a juzgar por falta de recato.
viernes, 8 de junio de 2012
Los hombres de mi vida III
Día:
sábado.
Hora:
11 hs.
Desafío:
instalar apropiadamente el lavarropas.
Obstáculo:
el ferrete del horror.
He
pasado muchos años con un sistema de conexión de lavarropas
extremadamente precario, dado que en la cocina donde estaba el sector
lavado no había rejilla interna de desagüe. La manguera de carga de
agua cruzaba todo el ambiente hasta la bacha, así como la de
desagote. Cada vez que había que lavar, era la misma historia: saco
manguera, conecto canilla, saco la de desagote, la trabo para que no
caiga al suelo y escupa toda el agua jabonosa por el piso (me ha
pasado más de una vez llegar y encontrar al gato arriba de un
escalón, sacudiendo su pata trasera con cara de “me
parece que el lavarropas descargó feo”),
lavo, saco mangueras e insulto. Pues bien, una vez mudada, observo en el lavadero un orificio en la pared que sirve exclusivamente para
depositar la manguera de desagote, y lo más excitante aún es que
existe una canilla just for de lavarrop. Increíble, la vida me sonríe (lo que es el primer mundo). No voy a empañar la anécdota
feliz con que el orificio estaba obstruido y vino el encargado a
hacer lo suyo, porque es totalmente secundario. Acá el tema no es el
encargado, acá la vedette
es otro sujeto. ¿Qué reflexiono? Si tengo un lavadero tan bien
provisto, lo menos que puedo hacer es una conexión deluxe,
y si algo aprendí de mamá y su devoción por las máquinas
lavadoras es que la manguera de desagote debe extenderse 60 cm aprox.
en posición vertical antes de meterse en el canal encargado de
llevarse el agua de descarte. Bien, tomo medidas del caño a
utilizar, del diámetro del orificio, calculo los elementos
necesarios y me dirijo a la ferretería más cercana con el fin de
abastecerme. Es allí donde reside uno de los enemigos más
despreciables del género femenino, un titán que no se deja doblegar
tan fácilmente, una especie de ente corrosivo: el Ferrete del
Horror. Entro al negocio y ya me atiende con cara de
ésta-me-va-a-pedir-un-pituto-para-hacer-découpage,
prejuzgando y viéndome como una precámbrica inepta que nunca cambió
una bombita de luz. “Buen
día”, digo yo, así
tan simpática. “Hola,
¿qué necesitás?”
(Tres kilos de papas, imbécil). “Estoy
buscando un caño de PVC de 60 cm”
(tomá, culo empastado, no tuviste que preguntarme “de cuál”,
haciendo notar la obviedad de que no todos los caños son iguales, si
no fijate tu hijo menor). San tornillo raya al medio me trae el caño
cortado. “Algo más”,
pregunta macho alfa. “Sí,
un codo de 3 mm de diámetro”
(duele, ¿eh?, fisher de mazapán, te molesta tanta precisión en
polleras). Y ahí mismo, como no puede con su genio de perno
aceitado, como no tolera que una señorita sepa de qué la va un
oring de agua o un precinto de seguridad, el muy turro manda: "¿Para
qué es el codo?"
(Para sentarme encima y practicar Tantra, tá que te re-tiró; ¡qué
carajo te importa para qué es!). “Para
la conexión de desagüe del lavarropas”,
explico sonriente sin perder la calma. Cabeza de biela comienza a
experimentar un tic en el párpado y, desalentándome, manifiesta: “Y
para qué vas a usar todo esto, meté la manguera directamente en la
rejilla”.
Replico: “El
tema es que se recomienda que esté vertical, entonces necesito el
codo para poder afirmarlo en el orificio de la pared”.
Así comienza la guerra con el ferrete, él desgarrándose de a poco
por la sapiencia femenina en un área puramente masculina; yo, con mi
mejor sonrisa de cómo-te-la-estoy-mandando-a-guardar, sin
retroceder ni un milímetro. Filtro oxidado, echando espuma por la
boca, redobla la furia: “Bue,
vas a hacer todo eso y no es necesario, ¿estás segura de que son 3
mm?”. “Sí, estoy segura. Lo medí con un... (y
le disparo con munición pesada)
¡calibre!” (con
el mismo que te debés medir las pelotas que te cuelgan de la
bisagra). Lija al agua está que explota me explota me expló. Acto
seguido, cual yegua herida, mete todo en una bolsa, y arroja la frase
matadora: “Y
todo esto ¿con qué lo vas a pegar?”;
todavía no se convence, no se deja domeñar, no cede. Y yo, airosa,
aún sonriente, con jazmines en el pelo y rosas en la cara, le doy la
estocada final: “Tengo
sellador de silicona en casa, gracias”. Arandela
de goma cae vencido, su hígado se retuerce ante la impudicia de la
fémina que entiende lo que va a hacer a una ferretería; se ahoga en
su propia ponzoña generada por todo aquello que no tenga pantalón
Ombú, manos engrasadas y raya de upite al aire, queda noqueado sin
entender el descaro que acabo de tener ante él, justo él que es la
eminencia del bulón. Luego de pagar, salgo bolsa en mano, jurando no
volver a pisar ese antro infernal, y convencida de una cosa: vos
podrás tener el taladro macho más pulenta de la cuadra, con doble
percutor untado en gel íntimo, pero yo... yo, clavo con bucles, soy
una tenaza hembra muy difícil de enroscar.
domingo, 6 de mayo de 2012
De madrastras y brujas
Para
aquellas Clarices, Ideas, Saras, Simones, Anas, Elfriedes,
Silvinas,
Alices, Sor Juanas, Angélicas, Siris,
que
me reconciliaron con esa otra forma
de
ser mujer.
Hay
diferencia cuando una mujer escribe. No es lo mismo. Las palabras se
paladean distinto. Caen y patean en lo más profundo del cuerpo. No
se corresponden en lo más mínimo con el pucherito y el caprichito.
No hay diminutivos en los libros escritos por mujeres. No hay color
rosa, ni príncipe encantado. Hay dolor, ironía, hay derroche de
puntos de vista... nunca se mira desde un solo lugar. Es verdad que
existe otra sensibilidad. Hay altos y bajos. Cariño, y también
crueldad, y de la buena, no la del chimento y la envidia; una aún
más corrosiva, la crueldad para con una misma. Ésa, la más
tremenda. Hay masoquismo en las frases que una mujer escribe, y hay
deseo. El que duele y marca, aquel que desgarra carnes y humilla. Hay
el goce en el dolor. No hay zapatos caros en lo que una mujer
escribe, ni adicción al shopping.
Hay, sin embargo, una dependencia a lo infinito. Hay ternura cuando
una mujer escribe y, a veces, sólo eso. Hay la nada. Ganas de hacer
daño. Enfermedad, muerte y sanación. Escatología, ingenuidad y
premeditación. No hay nosotros y nosotras, en las frases escritas
por una mujer. La mujer escribe y basta. Se planta. Se para. Existe.
No hay desinencias buenas y malas. Las palabras pueden ser escupidas
por una mujer que escribe. No hay veneno contra el hombre, hay más
bien el eterno trabajo de entenderse a sí misma. A la una que se es,
y a las miles que se asoman al mismo tiempo. Hay sexo en los escritos
de una mujer, y genitales. Nombrados con todas las letras, abiertos,
hambrientos, erectos, turgentes, asibles. Y el pudor pasa por otro
lado. No hay certezas ni sentimentalismos. No hay desengaños y
victimizaciones. También hay hastío y secretos. Amores fugaces y
clandestinos. Hay culpa y desafío. Hay orgullo y hay duda. Hay
masculinidad cuando una mujer escribe. Y hay amor. Y admiración. Hay
humor y encanto. No hay 90-60-90 y diamantes de ningún quilate.
Cuando una mujer escribe hay miles de preguntas ansiosas de
respuestas, pero también deseosas de incertidumbres. Hay silencios y
calma. No hay grito histérico y reclamo 24 hs. Hay palabras cuando
una mujer escribe, negras, densas, putrefactas, fláccidas,
quebradas, agolpadas, magulladas, regurgitadas. Hay descreimiento,
ceguera y equivocación. Burla y ridículo. Hay bigamia, infidelidad
y olvido. A veces, hay llanto sin razón. Otras, un tragar de
lágrimas áspero. Hay caretas e hipocresía, pero para con una misma. No hay maquillaje cuando una mujer escribe, aunque puede haber
artificio. No hay vueltas y revueltas, complicaciones y medias
tintas, hay la frase concisa y clara. Hay diferencia cuando una mujer
escribe. Cuando hay una mujer diferente que escribe.
viernes, 6 de abril de 2012
Los hombres de mi vida II
Empleado
pet shop: Buen día...
Yo:
(Entusiasta) Hola, buen día... Necesito una pipeta para perro.
Empleado:
¿Cuánto peso tiene?
Yo:
Para diez kilos.
Empleado:
(Estricto) ¿Hasta diez kilos o más de diez kilos?
Yo:
(Dudosa) No sé... me dijeron diez kilos.
Empleado:
(Con actitud de dar cátedra) Claro, te explico... viene hasta diez kilos y después de diez en
adelante.
Yo:
Sí, te entiendo... pero este perro pesa diez kilos, está en el
límite justo, como la General Paz.
Empleado:
Bueno, te doy hasta diez kilos entonces...
Yo:
(Silencio con levantada de hombros).
Empleado:
(Agachado y su voz viniendo del submundo) ¡¿Fipro o Power?!
Yo:
Fipro...
Empleado:
(Sin escuchar) Tenés la Power de $ 21 que te dura 6 semanas, y la Fipro de $ 25 que
dura 8 semanas.
Yo:
La Fipro.
Empleado:
¿Cuál llevás siempre? Te muestro las cajitas así te das cuenta.
Yo:
No, yo llevo para gato siempre. Ahora me dijeron que lleve la Fipro.
Empleado:
Pero, ¿vos necesitás para gato o para perro? Porque éstas son para
perro.
Yo:
No, no, llevo ésta, la Fipro para perro.
Empleado:
¿Tenés un perro de cuánto tiempo?
Yo: Yo tengo un gato... pero vengo a buscar una pipeta para perro, un
perro que no me pertence, del cual no soy dueña, un perro que no es
mío.
Empleado:(Agarrando
la cajita) Ah, bueno.
Yo:
Dame dos cajas de esa.
Empleado:
Pero se ponen de a una... y te dura ocho semanas.
Yo:
(Ya impaciente) Sí, pero llevo dos para tener.
Empleado:
¿Te conviene? Porque después del mes capaz que te varía el peso...
Yo:
(Sin entender) ¿El peso del perro? Es un cusco de nada, cuánto puede aumentar en
un mes.
Empleado:
(Dando Seminario de pipeta 5) Te explico.... te conviene comprar la pipeta cuando se cumpla el
lapso de cobertura...
Yo:
(Final de charla imaginado) No me expliques nada más, gracias... hacé algo, agarrá la pipeta
plástica, sacale el precinto de seguridad y empipetate el frenillo
del poto. Buen día...
Yo: (Final de charla real) Se, se, gracias, igual, llevo dos cajas. ¿Cuánto es?
domingo, 29 de enero de 2012
Los hombres de mi vida I
La vida de la señora sola posee, en general, el fantasma de no haber logrado una fructífera relación amorosa con el sexo opuesto. Ése ya es un peso que se hace cada vez más notorio. Ahora, lo que nunca hubiéramos imaginado es la relación de tensión que se genera con otro tipo de espécimen (también del sexo opuesto). Luego de una jornada ardua de trabajo –que incluyó el viaje en el transporte público de pasajeros–, llegamos al hogar, subimos los tres pisos por escalera con el bolso extragigante colgado del hombro, las bolsas de todas las compras –para no volver a bajar nunca jamás– distribuidas en ambas manos, el bretel del corpiño enterrado hasta el omóplato, el dedo meñique entumecido entre las manijitas asesinas del nylon y la vejiga a punto de colapsar; agarramos todo el bolserío con una sola mano para, con la otra, hurgar en el pozo que tenemos colgando y encontrar las llaves que se enredaron en el puto forro interior que nunca logrará sanar porque seguimos tironeando con los ojos inyectados en sangre. Abrimos la puerta del lugar que logra cobijarnos y, al ingresar al inmueble, pisamos un charquito de agua. Ya se nos cagó el día, o lo que de él queda. Miramos hacia arriba y notamos que el agua viene de nuestro baño que se posiciona en la parte alta del dúplex moderno que supimos conseguir. Y que no sólo cae, sino que lo hace a través de la lámpara que nos ilumina al entrar. Y, por si esto fuera poco, también cae agua de la llave de luz. ¡Qué buen momento!
Pero, siempre hay una esperanza para la fémina moderna y cansada: llamar al plomero recomendado. Aquí debo hacer una aclaración: para una mujer, explicar los problemas domésticos es una tarea de sinonimia harto trabajosa. Quiero decir, yo no le podía decir al plomer: “Me gotea la lámpara” o “Tengo una gotera en el techo”, menos aún: “Me chorrea agua del baño”, toda frase emitida así como viene, sin ningún tipo de traducción adecuada, le da lugar al hombre con falo para contestar (o por lo menos imaginar) con los brazos en jarra: “¿Así que te gotea, mami?”, “Quedate tranquila que ahora voy y te emparcho la pérdida”. Por ende, elegimos frases del estilo: “Hay una gotera en la cocina”, “Cae agua de la lámpara”, y así. Bien, decía que solicitamos la presencia del especializado, el mismo se acerca al domicilio 30 minutos después, no lo conozco, es de confianza, justo estaba por el barrio y no le costó nada darse una vueltita. El señor Raúl ingresa y yo ya estoy relajada tomándome un mate porque Súper Raúl me va a salvar de morir electrocutada. Sube hacia el baño con su valijita de herramientas: “Qué construcción complicada que tiene esta casa…”, tira Raúl. Yo: “Sí, pero con el tiempo te acostumbrás”. El señor nuestro salvador ingresa al baño, corre la cortina y comienza a trabajar en la zona (esto también se presta a comentarios sacados de un libreto de Sofovich). Bien, Raúl está arrodillado en el área de la ducha, yo lo miro desde el quicio de la puerta.
El plomero: (mirando el desagüe) –Esto está hecho como la mierda.
Yo: –¿En serio?
El plomero: –Mmm…
(Silencio. El plomero suspira medio bufando. Por fin, me mira, así agachado)
Plomero: –Esto [por el desagüe] hay que destaparlo, pero yo ahora realmente no tengo ganas.
Yo: (desconcertada) –Ah… bueno.
(Silencio)
Yo: –Tá bien, lo destapo yo, no hay problemas...
Plomero: (con cara de advertencia y aún agachado) –Sí, pero metele algo grueso y no lo hagas con un alambre y un trapo porque se te va a quedar adentro y te vas a querer pegar un tiro.
(Raúl se va levantando, guarda sus herramientas y queda totalmente de pie).
Después de esta escena hilarante, yo quedo con más dudas que certezas. No sólo me criticó la casa, sino además el baño y de yapa la instalación del lavarropas; y como si eso no fuera suficiente, me vaticinó el atoramiento del desagüe y mi posterior suicidio. ¡¡¡El suicidio estaba siendo efectuado en ese mismísimo momento, Raúl del demonio!!! Porque, obviamente, vos te fuiste a tu casa con tu señora fiel y cotidiana, pero yo, Raúl del orto, tuve –a las 20.45 de la noche– que buscar un alambre que tenía oxidado y todo enroscado como la yegua de tu madre, cortar un pedazo de media, anudarla en una punta, ponerme en cuatro como la trola de tu hija, y darle que darle al desagüe que contaba con material radioactivo en su interior (que ni siquiera era mío, hijo de Satán, porque desde que me mudé nadie lo limpió, y yo te llamé a vos para eso y me tiraste el muerto como el mejor). Luego de sacar con una mano la porquería –rogando que nada se atore dentro– y con la otra apretar el desodorante de ambientes, me levanto de la posición porno y me doy cuenta de que llamar al plomero fue una verdadera pérdida de tiempo y, además, fue agotador soportar esos comentarios de sabelotodo y hagalonada. Estoy convencida de que, en estos casos, pago cualquier tarifa por tener un marido que se ocupe de los arreglos o de, por lo menos, lidiar con estos psicópatas del mundo doméstico.
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