martes, 2 de abril de 2013

Erotismo asalariado

“Se ríe mucho, una risa colorada que suena como el principio de algo. Tiene labios carnosos y cabello rubio, y estar parada a su lado es como estar a la sombra. Es tan alto como un ropero. Quiero abrirle todos los botones de la camisa y mirar adentro.”
Claire Keegan, El sermón de Ginger Rogers

No hace tanto tiempo atrás, caminaba tranquilamente por Paseo Colón y mientras esperaba para cruzar la avenida quedé totalmente hechizada por los peones que estaban laburando al rayo del sol. Pantalón ombú azul, torso al desnudo, remera anudada en la cabeza y pura fibra proletaria. Me quedé admirando esa piel curtida por el sol, bien parda, ese músculo a fuerza de empalar escombro, esa espalda delineada que remata en el asomo de un contorno de cadera y suspiré de degeneración. Sí, yo sé que la mayoría de las chicas prefieren a los muchachotes trabados del gym, sé que necesitan el pectoral de plástico inflado y abdominales tabla de lavar. Yo, en cambio, me entrego cómodamente a la admiración de ese pedazote de cacho de chongón libre de anabólico. Entonces, ahí, distraída y dejando que se me pase el turno para cruzar, es donde recordé este fragmento, que alguna vez compartí con mi querida amiga, la chica que te toca y te estremece. El cuento tiene como protagonista a una niña de trece años que vive en el campo y acostumbra a realizar las tareas propias del lugar. Ella describe a un peón que va a trabajar con su padre, al que llaman Manotas Jim. Todo el relato transita entre la inocencia, la ternura y los ardores adolescentes, y creo que esta cita es de una belleza que escasea hoy día entre nosotros, tan acostumbrados al marketing erótico del video casero de la vedette de turno.

jueves, 28 de marzo de 2013

Segundas lecturas

No se puede obturar el pasado.
Todo grifo clausurado
continúa goteando
la sombra de sus gotas.
El pasado gotea.

Hace unos días releí Poesía vertical de Roberto Juarroz y recordé la primera vez que uno de sus libros vino a dar conmigo. Recuerdo que en aquella ocasión el poema citado aquí arriba me retumbó fuerte. Un verso en particular tuvo eco en mi mente durante años: “el pasado gotea... el pasado gotea... el pasado gotea...” Era tremendo. Nunca nadie jamás había sintetizado algo tan mío en una imagen tan exacta. Tan justa. Lo cierto es que los días pasaron y la vida fue desplegándose, y los cambios se sucedieron sin pedir permiso. Lo cierto es que cinco años después agarro el mismo libro y ese ya no es el poema capaz de establecer un diálogo conmigo. Ya no me habla. Ya no encuentra una aliada en mí. Sin embargo, existe otro que hace exactamente cinco años atrás pasaba desapercibido, uno que tuvo perfil bajo, del que no fui digna. Ese mismo es quien ahora se me brinda. Hoy es ese, como será uno distinto dentro de otros cinco años. Es muy curiosa la manera en que los textos van cobrando sentido a medida que pasa el tiempo. Cómo lo mismo puede representar algo tan distinto, de qué manera las palabras leídas tiempo atrás ya no pesan tanto, dejándoles espacio a otras que en aquel momento pasaban inadvertidas. Esto no descubre nada nuevo, bien sabido es que la vida y el tiempo van tiñendo las lecturas, nos van regalando nuevas imágenes en espejos ya contemplados, y es esa pequeña diferencia la que evidencia el cambio que alguna vez tanto resistimos.

7
Cuando se ha puesto una vez el pie del otro lado
y se puede sin embargo volver,
ya nunca más se pisará como antes
y poco a poco se irá pisando de este lado el otro lado.
Es el aprendizaje
que se convierte en lo aprendido,
el pleno aprendizaje
que después no se resigna
a que todo lo demás,
sobre todo el amor,
no haga lo mismo.
El otro lado es el mayor contagio.
Hasta los mismos ojos cambian de color
y adquieren el tono transparente de las fábulas.

jueves, 7 de marzo de 2013

viernes, 1 de marzo de 2013

Say no more

Cuando no hay mucho para decir, mejor esperar a nuevos tiempos. Que las palabras broten y se abran paso en estampida. Bienvenidos los retiros y los llamados a silencio. A veces es lo acertado. Aprender a callar no es fácil, pero cuando se logra ese silencio se llena de sentido.

martes, 29 de enero de 2013

Resurrección

"Parece un desierto la ciudad,
ya es hora de resucitar
mañana ya verás...
van a crecernos alas".
                             Massacre

(clic en el enlace para escuchar)

viernes, 28 de diciembre de 2012

Volver

Qué bueno es volver, qué bien se siente. Pero no volver con el rabo entre las piernas. Volver cabizbaja. Volver masticando odio. O altanera y superada. Volver abatida, buscando la trinchera a prueba de vida o la frazada para esconderse a llorar. No. Qué bien se siente volver después de la incertidumbre, luego de no reconocerse, de mirarse de reojo, extrañada. Volver después del fastidio, del llanto por razón ninguna. Se siente bien haber vuelto. Después de masticar veneno y de elegir callar. Luego de haber pisado con cuidado y de haber encarado los días de la manera más autómata posible. O de haber dejado que el perfil bajo camine por una. Después de no haber tenido nada que decir. Ni de empacharse con distracciones. Después de la culpa. De la inercia. Qué bueno es volver. Luego de haberse cargado el cuerpo a la espalda y haberlo obligado a atravesar el último tramo del calendario. Qué bueno es estar de vuelta. Con cambios, sí, con bocetos abollados y líneas borroneadas, con tachones y emparches. Pero una al fin. La que se había perdido en el camino vaya a saber cuándo. La de ahora. Una al fin. Aunque nunca la definitiva. Qué bueno es volver. Qué caprichoso el camino de vuelta. Apelando a la templanza. Alejando la ansiedad. Teniéndose paciencia. Ocupando el primer lugar. Qué bueno es estar de vuelta. Ya no igual. Sin saber muy bien demasiado qué. Ni no qué. Sabiendo lo indispensable como para haber vuelto. Mientras escribo, escucho ruidos detrás. Miro y veo a la gata luchando con la bandita elástica que se le fue debajo de la heladera. Me río. Y me digo qué bueno es estar de vuelta.