Cachiperro |
jueves, 18 de abril de 2013
miércoles, 10 de abril de 2013
Marga y Oscar for real
Sentada
en el 44, miro por la ventanilla, el colectivo se detiene para
levantar pasajeros. Oigo una voz muy particular, que habla fuerte, se
escucha hasta el fondo: “Dos hasta 6 paradas, acá nomás... ¿qué
te doy? ¿las dos tarjetas o saco los dos boletos con una?”. La
emisora era una señora mayor ya, alta, flaca, desgarbada, vestía un
pantalón jogging azul marino, una blusita de señora grande, saco de
lana y tenía puestas unas zapatillas negras deportivas dos números
más grandes. La miro. El cabello hasta el comienzo del hombro, bien
canoso, agarrado al costado con una hebilla, muy desprolijo. Ella era
muy desprolija, o simplemente torpe. Y no paraba de hablar. Le
mostraba al chofer las dos tarjetas Sube, porque quería sacar dos
boletos. Uno para ella, y otro para su marido que subió detrás. Él
era alto, pantalón jogging también, remera metida adentro del pantalón y campera deportiva, las
zapatillas eran su número. Todo prolijo él, inmutable, erguidito,
mayor también y con cara de no hablar nada. Ahí caí en la cuenta,
estaba frente a una pareja Marga y Oscar auténtica. Y morí de
amor. Ella trataba de hacer equilibrio mientras ponía la tarjeta
en la máquina: ¿Ya está o pongo otra vez? A los gritos
hablaba. Tenía una cartera colgada del brazo derecho, en la cara
interna del codo. El colectivo la zamarreaba para un lado y para el
otro, ella se agarraba de donde podía y la cartera se bamboleaba con
ella. Oscar la seguía. Ella se paró en el pasillito donde está la
máquina de las monedas: Vení acá, Oscar -le decía-, quedate al
lado mío. Oscar, con cara de pocos amigos, pasó por detrás de ella
y se sentó en el primer asiento de espaldas al chofer: No te
sientes, no ves que ya bajamos. Y como Oscar no le daba bola, ella
bamboléo hasta el asiento al lado de Oscar: Ay, cómo se mueve,
madre santa. Pero acá no me ubico para nada yo, Oscar, así sentada
de espaldas... cómo querés que vea dónde bajar. Oscar, inmutable,
serio, terminante responde: Yo me ubico perfectamente, Marga. Y no la
mira, sino que mira para el costado, con la mano apoyada en la
rodilla y el brazo en forma de asa de tetera. Marga cabecea por sobre
el chofer y se retuerce con su cartera. Es tan graciosa: No veo nada,
Oscar, dejame pasar, son tres paradas nomás. A ver... correte...
corré la pierna, me vas a hacer caer. Yo miraba todo y trataba de no
largar la carcajada. Era esas viejas insoportables pero simpáticas.
Y él era extraordinariamente gracioso, sólo por el contraste.
Hubiera estado mirándolos por horas. Marga logra sostenerse en el
pasillo y se acerca al chofer, hablando por supuesto: ¿La próxima
es la calle X? Ah, ¿falta una parada más? Mirando a Oscar y en voz
fuerte fuerte: Falta una parada más, Oscar, y bajamos. Acomodate,
dale, así no nos pasamos. Oscar encara para la puerta del medio, y
Marga está en la de adelante. Grita: Oscar, vení para acá, bajá
conmigo. Oscar medio que bufa haciendo revoleo de ojos: Bajo por acá
que es lo mismo. Ella: Pero falta una parada, vení acá (gestito con
la mano, llamándolo), bajá conmigo así me sostenés y no me caigo.
Después te sostengo yo. Y como si esto fuera poco, mirá a unas
chicas sentadas adelante y arroja: Si no nos sostenemos entre
nosotros (larga una risita)... Ah, ¿esta no es la parada? ¿Es la
otra? Nos bajamos en la otra, chicas... Uds, ¿bajan acá? Las chicas
niegan con un movimiento de cabeza. Oscar se acerca y se pone detrás
de Marga. Ella al chofer, fuerte siempre: Pará bien en el cordón
que si no nos cuesta un Perú. Ah, ah... mse... claro, sí, es por
eso... está bien. Se da vuelta hacia Oscar: No puede estacionar
cerca del cordón porque la gente estaciona los coches ahí justo....
… … Y bue.... qué se le va a hacer.... El bondi para, yo miro su
figura tan desgalichada y muero por dentro. Lo más gracioso eran las
zapatillas... tan tan grandes. Y el silencio de Oscar era único,
porque demostraba fastidio pero la miraba con ternura. Por fin bajan,
ella lo hace primero sosteniéndose del pasamanos y de Oscar. Y esa
cartera bamboleante tan suya. Luego le da la mano a Oscar para que
baje, éste no se hace cargo y baja solo, demostrando agilidad. Ella
igual apoya su mano en la espalda de Oscar. Los dos alcanzan el
cordón y por fin la vereda. Y ahí sucede algo maravilloso: él la
espera a ella que quedó un poquito atrás. La espera. No sigue
caminando. La espera hasta que están uno al lado del otro. Ahí
recién los dos emprenden el paso. Ella sigue hablando, obvio, y
gesticula con la cartera colgada, pero los dos caminan juntos. Yo los
sigo desde el bondi, y miro ese cosmos formado entre ambos. Ellos ni
lo saben, pero yo me siento testigo de eso que tal vez ya ni ellos
perciban, por ser justamente tan suyo.
martes, 2 de abril de 2013
Erotismo asalariado
“Se
ríe mucho, una risa colorada que suena como el principio de algo.
Tiene labios carnosos y cabello rubio, y estar parada a su lado es
como estar a la sombra. Es tan alto como un ropero. Quiero abrirle
todos los botones de la camisa y mirar adentro.”
Claire Keegan, El sermón de Ginger Rogers
No
hace tanto tiempo atrás, caminaba tranquilamente por Paseo Colón y
mientras esperaba para cruzar la avenida quedé totalmente hechizada por
los peones que estaban laburando al rayo del sol. Pantalón ombú
azul, torso al desnudo, remera anudada en la cabeza y pura fibra
proletaria. Me quedé admirando esa piel curtida por el sol, bien
parda, ese músculo a fuerza de empalar escombro, esa espalda
delineada que remata en el asomo de un contorno de cadera y suspiré de
degeneración. Sí, yo sé que la mayoría de las chicas prefieren a
los muchachotes trabados del gym, sé que necesitan el pectoral de
plástico inflado y abdominales tabla de lavar. Yo, en cambio, me
entrego cómodamente a la admiración de ese pedazote de cacho de
chongón libre de anabólico. Entonces, ahí, distraída y dejando
que se me pase el turno para cruzar, es donde recordé este
fragmento, que alguna vez compartí con mi querida amiga, la chica
que te toca y te estremece. El cuento tiene como protagonista a una
niña de trece años que vive en el campo y acostumbra a realizar las
tareas propias del lugar. Ella describe a un peón que va a trabajar
con su padre, al que llaman Manotas Jim. Todo el relato transita
entre la inocencia, la ternura y los ardores adolescentes, y creo que
esta cita es de una belleza que escasea hoy día entre nosotros, tan acostumbrados al marketing erótico del video casero de la vedette de turno.
jueves, 28 de marzo de 2013
Segundas lecturas
No se puede obturar el pasado.
Todo grifo clausurado
continúa goteando
la sombra de sus gotas.
El pasado gotea.
Hace unos días releí Poesía vertical de Roberto Juarroz y recordé la primera vez que uno de sus libros vino a dar conmigo. Recuerdo que en aquella ocasión el poema citado aquí arriba me retumbó fuerte. Un verso en particular tuvo eco en mi mente durante años: “el pasado gotea... el pasado gotea... el pasado gotea...” Era tremendo. Nunca nadie jamás había sintetizado algo tan mío en una imagen tan exacta. Tan justa. Lo cierto es que los días pasaron y la vida fue desplegándose, y los cambios se sucedieron sin pedir permiso. Lo cierto es que cinco años después agarro el mismo libro y ese ya no es el poema capaz de establecer un diálogo conmigo. Ya no me habla. Ya no encuentra una aliada en mí. Sin embargo, existe otro que hace exactamente cinco años atrás pasaba desapercibido, uno que tuvo perfil bajo, del que no fui digna. Ese mismo es quien ahora se me brinda. Hoy es ese, como será uno distinto dentro de otros cinco años. Es muy curiosa la manera en que los textos van cobrando sentido a medida que pasa el tiempo. Cómo lo mismo puede representar algo tan distinto, de qué manera las palabras leídas tiempo atrás ya no pesan tanto, dejándoles espacio a otras que en aquel momento pasaban inadvertidas. Esto no descubre nada nuevo, bien sabido es que la vida y el tiempo van tiñendo las lecturas, nos van regalando nuevas imágenes en espejos ya contemplados, y es esa pequeña diferencia la que evidencia el cambio que alguna vez tanto resistimos.
Cuando se ha puesto una vez el pie del otro ladoy se puede sin embargo volver,ya nunca más se pisará como antesy poco a poco se irá pisando de este lado el otro lado.Es el aprendizajeque se convierte en lo aprendido,el pleno aprendizajeque después no se resignaa que todo lo demás,sobre todo el amor,no haga lo mismo.El otro lado es el mayor contagio.Hasta los mismos ojos cambian de colory adquieren el tono transparente de las fábulas.
jueves, 7 de marzo de 2013
viernes, 1 de marzo de 2013
Say no more
Cuando no hay mucho para decir, mejor esperar a nuevos tiempos. Que las palabras broten y se abran paso en estampida. Bienvenidos los retiros y los llamados a silencio. A veces es lo acertado. Aprender a callar no es fácil, pero cuando se logra ese silencio se llena de sentido.
martes, 26 de febrero de 2013
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