sábado, 1 de junio de 2013

Anotatelón

Basta darse cuenta de que todo va bien, para que la vida
te recuerde el concepto de efímero.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Ojo, menina não é tão fácil

Debería haberme dado cuenta cuando le vi el pulóver peruano. Me rectifico: mi sexto sentido se dio cuenta en el preciso instante en que vi el pulóver peruano, pero mis sentidos más primarios hicieron mutis por el foro. Ahora supongo que actuaron así para no ser cómplices de que yo rechazara a un muchacho por una prenda de vestir.
Todo comenzó con el cumpleaños del novio de una amiga. Y ahí están los problemas, en los cumpleaños. ¿Para qué hay que ir a los cumpleaños de la gente me pregunto yo? Porque el tema es éste, yo te voy al cumpleaños del novio tuyo, pero me da como una rotura en la ingle que siempre sea igual. Quiero decir, una reunión plagada de parejas, donde todo viene de a dos. Pero, en fin, esta vez creí que sería distinto dado que el festejo se celebraba en un bar nocturno. Qué sé yo... lugar neutral tal vez... En fin, ahí estaba yo, en una mesa de bar, rodeada de cinco parejas muy bien constituidas. Que mirá lo que hizo esta ayer, que no sabés lo que es dormir con este que ronca, que la zaranga vestida de mono. En medio de ese despliegue de felicidad concubinal, aparece por sorpresa el amigo colgado del novio cumpleañero. Saludo general, comentarios de cuánto hace que no nos vemos y acomodarse en la silla justo frente a mí, fue todo uno. Charla va, charla viene y la clara situación de estar yo sola con ese otro solo, enfrentados tomando amargo Campari. Esas escenas son incómodas al hartazgo, es como la obligación lisa y llana de establecer un lazo con ese otro que está en las mismas condiciones que una, en ese tiempo y en ese lugar. Es decir, vos estás sola, él está solo, se sientan enfrentados y nos dejan de romper las pelotas a todos con esta costumbre de generar la disparidad en la reunión. Las charlas se sucedieron y, por razones de proximidad, el joven en cuestión devino mi receptor constante. En determinado momento, el susodicho ofrece degustar su bebida al público presente, y ante el no gracias de todos, me mira a mí y me dice con cara picarona: “Vos ya sabés, no tenés que pedir permiso”. Claramente, sabía en lo que terminaría todo. Confieso que mi actitud era totalmente la de una ameba. Me daba lo mismo una cebolla, una plasticola, un cardan doble, un pibe que me diera bola, un Cynar o irme a dormir con medias en los pies. Muy bien, la fiesta fue llegando a su fin, los invitados comenzaron a desplegarse, y yo quedé con la pareja anfitriona y el pulóver peruano en la puerta del bar, mientras el muchacho esbozaba que mi casa quedaba a unas pocas cuadras pasando la suya, con lo que se ofrecía a alcanzarme. Traducido en mi idioma eso era lo más parecido a enrosque nocturno desenfrenado. Yo quería llegar a mi casa y no pretendía nada más. No porque el joven estuviera fuera de mi gusto sino porque yo experimentaba un estado “ni”, propio de las desilusiones que cada vez desilusionan menos. Volviendo a la vereda, ahí estaba él, ahí yo y la expectativa ajena. Yo quería irme a dormir, y ahorrarme el viaje de vuelta en bondi a las 3 de la mañana. Pensar que hay minas que garchan por un departamento dos ambientes, y yo me vendo por una arrimada al barrio. Triste. Me desplomé en el asiento del acompañante y me dejé llevar. Él hablaba, yo asentía y decía cosas poco interesantes, y en un momento (lo juro, y no es motivo de orgullo) me sobrevino la idea de que justo había pasado por la depiladora. Es vergonzante que una considere acostarse con alguien simplemente para aprovechar la tira de cola que se hizo horas más temprano. Una cosa de locos. Cuando una era más joven e ilusa, se daba el motivo sexual y venían a la mente las condiciones no potables de la zona pélvica. Ahora, ya más grande y con un hastío importante viene la idea de: “Ya que estoy depilada podría ejercitar la totora”. Indignante, ¿no? Pero cierto.
En resumidas cuentas, el joven llegó a entrar en casa para tomar un simple café, había quedado en el aire una especie de propuesta de su parte la cual no llegué a aceptar claramente. Conversación, café y demases, y yo que noto un cierto relax, una cierta química en la charla que espolean mi amebización. Y bien, en eso estaba mi cabeza cuando me levanto para cambiar la música, y como una anfitriona generosa le pregunto al joven qué quería escuchar. Voy a cambiar la música, de qué tenés ganas... Y el pulóver peruano pronuncia la respuesta menos adecuada. ¿Qué tenés ganas de escuchar? Digo yo. Y él responde: ¿Tenés algo de Chico Buarque? Ufff. La vida pasando frente a mí en un segundo: pulóver peruano, revolución bolchevique, remera del Che y olor a pachuli. ¡Chico Buarque! ¡Me ahorco de un bostezo! ¡El pibe quiere escuchar Chico Buarque! El nombre solo ya es un suicidio en masa, imaginate los primeros acordes acompañados de ese canto portugués que me pone los pelos del codo con efecto frizz. Aparte el tipo pronuncia amantesh, delirantesh, embriagadosh, inflizesh... y el sonido final es la ye de Yolanda, ¿ok? No podés pretender coger con Chico Buarque de soundtrak. Mirá que es un poco difícil quitarme las ganas una vez que tomo envión, ¿eh? Te digo algo: le puse onda, me fumé el cumple, el chichoneo disimulado, te senté en casa, casi que me convencés para ter relações sexuais, ahora te pido por favor que aunque sea no la arruines con la trova brasileña, ni con la cubana, ni chilena, ni todo ese hippismo del orto que ya-pa-só-de-mo-da. Lindo mío, estamos en el siglo XXI, tenemos locales de Starbucks y veganos de plástico reciclado, mi a-mor. Obvio que no tengo Buarque, a lo sumo un mp3 de Silvio que quedó de mi adolescencia agónica y ni sé dónde puede estar. Así que opté por Ramones, por ejemplo, y empecé a bostezar un “Uy, estoy muerta”, y taza taza cada uno para su casa. Y esto es interesante porque pude notar que, con el tiempo, la selección se hace más permisiva, una ya intima con gente que antes ni entraba como opción. Y a veces la sensación es que una se termina acostando con cualquiera, como una cosa así medio arbitraria, como que todo viene bien. Sin embargo, no debo temer dado que este pequeño mal gusto musical ajeno demostró mi límite. No fue el pulóver peruano, eso habría sido discriminación prejuiciosa imperdonable, sino que fue el gusto musical. Ese que denota todo un bagaje de forma de vida e idiosincrasia que para los veinte años neohippies está bien, pero pasando los treinta ya hay que replantear un poco. Esa es mi kriptonita, ahí está la excusa para seguir virgen hasta el matrimonio.

domingo, 28 de abril de 2013

Localidades conurbanas

Me querés decir adónde
adónde se fue y se esconde
me querés decir adónde
va la sombra de lo que era.
(clic en el enlace para escuchar)

Sólo aquella persona que nació en un barrio con calles de tierra y lotes baldíos puede realmente saber cómo se palpa el sol de verano en plena siesta, mientras las chicharras cooperan con el aumento del calor. La soledad a esa hora, allá lejos y hace tiempo. El silencio de las calles. Obvio que para las que no dormíamos siesta era la desolación total, un tiempo muerto donde –creo– aprendí a intimar con mi soledad. Mis vecinas dormían siesta, y a mí eso me parecía una idea mortuoria. Yo jugaba en el silencio de la vereda. En el patio. En el jardín de adelante. Recuerdo pisar la tierra cuarteada por falta de lluvia, y jugar a desarmar con el pie esas piezas de rompecabezas que se formaban en el suelo. Y ya al atardecer, sentir el picor de haber estado revolcada en el pasto todo el día, con las rodillas llenas de mugre, y ese pegote del calor que pedía una ducha. Recuerdo los golpes de los pedales de la bici en los talones. Esos sí tardaban en curarse, al igual que los raspones de brazos y piernas por haber corrido entre las cañas. Y haber practicado en el fondo sin rueditas... “no me sueltes, pá, ¿eh?”, para luego salir a andar y romperse el traste con las piedras de la calle. No sé por qué, hoy recordé al barrio. Debe ser que lo extraño, o que escuché esa canción bajando del bondi hoy de madrugada, o que alguien hace mucho la asoció conmigo. Fue escucharla y aparecer las imágenes. El ruido del tren. El carro del botellero tellero tellero. Los miércoles el del pescado fresco. Y los veranos el de la “sándia calá y colorá”. Subir al paraíso para atacar con las bolitas de sus ramas. ¿Qué niño no las peló e inspeccionó su interior? Quién no trepó la pared medianera para estar solo en el techo, sin que nadie molestara. Sólo una persona de barrio sabe lo que es pasar por entre los alambres de púa para buscar la pelota que se fue al lote vecino. Ponerse un pasto entre los dedos para hacerlo sonar con los labios. Oler el frío en las tardecitas de invierno. Hay un olor ácido en el aire, un olor que está solo, como de humo pero no. Caminar a la madrugada y saludar a los perros de la calle acurrucados mientras mueven la punta de la cola y largan vaporcito por el hocico. Pisar las hojas secas en invierno y escuchar el ruido, aplastar una caca escondida en medio y putear. Saludar al zorzal las madrugadas de resaca llegando a casa sin chistar. Crecer y rajarse a los caños que sirven para entubar zanjas a fumar antes de que caiga la noche. Extraño mi barrio, con el almacén y sus latas de anillitos, y con la piedra pisa papeles del fiambre. Conozco mucha gente que se fue, se mudó y aún reniega de él, o no recuerda nada, o lo menosprecia. Yo lo tengo incorporado. Piedra angular. Es parte de mí, y cuando voy sigo sintiéndome parte de él. Tal vez no parte del barrio de ahora, con nuevas casas y vecinos. Sigo sintiéndome parte del barrio que subyace, el que me vio correr con primos y hermanos. El que me regaló potreros para jugar al fulbito con vecinos. El que fue testigo de mi adolescencia. Quien me vio llorar por primera vez, o me contuvo cuando me di cuenta de que el amor podía terminar, mientras me caía la helada sobre los hombros. Los barrios nos marcan a fuego. Algunos se olvidan y se dejan fagocitar por las nuevas ciudades, llenas de ruidos que enceguecen el recuerdo. Otros, en cambio, por más que durmamos en sitios lejanos, aún soñamos con sus calles y su luna. Tal vez nos fuimos una mañana, así como de vacaciones a ver de qué la iba el mundo, pero quién sabe si un día no llegamos de vuelta, buscando sólo ese rincón que haya quedado intacto, esa porción de tierra que nos brinde el olor del sol, del invierno, del perro y su hocico. Ese recodo que se guarde para mí, ancho de orgullo por haberme esperado todo este tiempo. Quién sabe si no es eso lo que buscábamos, después de todo.

* no es Palomar del que hablo aquí, 
pero esta canción vale para cualquier barrio que haya marcado nuestra ruta. 
El mío, en lugar de aviones tiene trenes.

miércoles, 10 de abril de 2013

Marga y Oscar for real

Sentada en el 44, miro por la ventanilla, el colectivo se detiene para levantar pasajeros. Oigo una voz muy particular, que habla fuerte, se escucha hasta el fondo: “Dos hasta 6 paradas, acá nomás... ¿qué te doy? ¿las dos tarjetas o saco los dos boletos con una?”. La emisora era una señora mayor ya, alta, flaca, desgarbada, vestía un pantalón jogging azul marino, una blusita de señora grande, saco de lana y tenía puestas unas zapatillas negras deportivas dos números más grandes. La miro. El cabello hasta el comienzo del hombro, bien canoso, agarrado al costado con una hebilla, muy desprolijo. Ella era muy desprolija, o simplemente torpe. Y no paraba de hablar. Le mostraba al chofer las dos tarjetas Sube, porque quería sacar dos boletos. Uno para ella, y otro para su marido que subió detrás. Él era alto, pantalón jogging también, remera metida adentro del pantalón y campera deportiva, las zapatillas eran su número. Todo prolijo él, inmutable, erguidito, mayor también y con cara de no hablar nada. Ahí caí en la cuenta, estaba frente a una pareja Marga y Oscar auténtica. Y morí de amor. Ella trataba de hacer equilibrio mientras ponía la tarjeta en la máquina: ¿Ya está o pongo otra vez? A los gritos hablaba. Tenía una cartera colgada del brazo derecho, en la cara interna del codo. El colectivo la zamarreaba para un lado y para el otro, ella se agarraba de donde podía y la cartera se bamboleaba con ella. Oscar la seguía. Ella se paró en el pasillito donde está la máquina de las monedas: Vení acá, Oscar -le decía-, quedate al lado mío. Oscar, con cara de pocos amigos, pasó por detrás de ella y se sentó en el primer asiento de espaldas al chofer: No te sientes, no ves que ya bajamos. Y como Oscar no le daba bola, ella bamboléo hasta el asiento al lado de Oscar: Ay, cómo se mueve, madre santa. Pero acá no me ubico para nada yo, Oscar, así sentada de espaldas... cómo querés que vea dónde bajar. Oscar, inmutable, serio, terminante responde: Yo me ubico perfectamente, Marga. Y no la mira, sino que mira para el costado, con la mano apoyada en la rodilla y el brazo en forma de asa de tetera. Marga cabecea por sobre el chofer y se retuerce con su cartera. Es tan graciosa: No veo nada, Oscar, dejame pasar, son tres paradas nomás. A ver... correte... corré la pierna, me vas a hacer caer. Yo miraba todo y trataba de no largar la carcajada. Era esas viejas insoportables pero simpáticas. Y él era extraordinariamente gracioso, sólo por el contraste. Hubiera estado mirándolos por horas. Marga logra sostenerse en el pasillo y se acerca al chofer, hablando por supuesto: ¿La próxima es la calle X? Ah, ¿falta una parada más? Mirando a Oscar y en voz fuerte fuerte: Falta una parada más, Oscar, y bajamos. Acomodate, dale, así no nos pasamos. Oscar encara para la puerta del medio, y Marga está en la de adelante. Grita: Oscar, vení para acá, bajá conmigo. Oscar medio que bufa haciendo revoleo de ojos: Bajo por acá que es lo mismo. Ella: Pero falta una parada, vení acá (gestito con la mano, llamándolo), bajá conmigo así me sostenés y no me caigo. Después te sostengo yo. Y como si esto fuera poco, mirá a unas chicas sentadas adelante y arroja: Si no nos sostenemos entre nosotros (larga una risita)... Ah, ¿esta no es la parada? ¿Es la otra? Nos bajamos en la otra, chicas... Uds, ¿bajan acá? Las chicas niegan con un movimiento de cabeza. Oscar se acerca y se pone detrás de Marga. Ella al chofer, fuerte siempre: Pará bien en el cordón que si no nos cuesta un Perú. Ah, ah... mse... claro, sí, es por eso... está bien. Se da vuelta hacia Oscar: No puede estacionar cerca del cordón porque la gente estaciona los coches ahí justo.... … … Y bue.... qué se le va a hacer.... El bondi para, yo miro su figura tan desgalichada y muero por dentro. Lo más gracioso eran las zapatillas... tan tan grandes. Y el silencio de Oscar era único, porque demostraba fastidio pero la miraba con ternura. Por fin bajan, ella lo hace primero sosteniéndose del pasamanos y de Oscar. Y esa cartera bamboleante tan suya. Luego le da la mano a Oscar para que baje, éste no se hace cargo y baja solo, demostrando agilidad. Ella igual apoya su mano en la espalda de Oscar. Los dos alcanzan el cordón y por fin la vereda. Y ahí sucede algo maravilloso: él la espera a ella que quedó un poquito atrás. La espera. No sigue caminando. La espera hasta que están uno al lado del otro. Ahí recién los dos emprenden el paso. Ella sigue hablando, obvio, y gesticula con la cartera colgada, pero los dos caminan juntos. Yo los sigo desde el bondi, y miro ese cosmos formado entre ambos. Ellos ni lo saben, pero yo me siento testigo de eso que tal vez ya ni ellos perciban, por ser justamente tan suyo.

martes, 2 de abril de 2013

Erotismo asalariado

“Se ríe mucho, una risa colorada que suena como el principio de algo. Tiene labios carnosos y cabello rubio, y estar parada a su lado es como estar a la sombra. Es tan alto como un ropero. Quiero abrirle todos los botones de la camisa y mirar adentro.”
Claire Keegan, El sermón de Ginger Rogers

No hace tanto tiempo atrás, caminaba tranquilamente por Paseo Colón y mientras esperaba para cruzar la avenida quedé totalmente hechizada por los peones que estaban laburando al rayo del sol. Pantalón ombú azul, torso al desnudo, remera anudada en la cabeza y pura fibra proletaria. Me quedé admirando esa piel curtida por el sol, bien parda, ese músculo a fuerza de empalar escombro, esa espalda delineada que remata en el asomo de un contorno de cadera y suspiré de degeneración. Sí, yo sé que la mayoría de las chicas prefieren a los muchachotes trabados del gym, sé que necesitan el pectoral de plástico inflado y abdominales tabla de lavar. Yo, en cambio, me entrego cómodamente a la admiración de ese pedazote de cacho de chongón libre de anabólico. Entonces, ahí, distraída y dejando que se me pase el turno para cruzar, es donde recordé este fragmento, que alguna vez compartí con mi querida amiga, la chica que te toca y te estremece. El cuento tiene como protagonista a una niña de trece años que vive en el campo y acostumbra a realizar las tareas propias del lugar. Ella describe a un peón que va a trabajar con su padre, al que llaman Manotas Jim. Todo el relato transita entre la inocencia, la ternura y los ardores adolescentes, y creo que esta cita es de una belleza que escasea hoy día entre nosotros, tan acostumbrados al marketing erótico del video casero de la vedette de turno.