viernes, 8 de junio de 2012

Los hombres de mi vida III

Día: sábado.
Hora: 11 hs.
Desafío: instalar apropiadamente el lavarropas.
Obstáculo: el ferrete del horror.
He pasado muchos años con un sistema de conexión de lavarropas extremadamente precario, dado que en la cocina donde estaba el sector lavado no había rejilla interna de desagüe. La manguera de carga de agua cruzaba todo el ambiente hasta la bacha, así como la de desagote. Cada vez que había que lavar, era la misma historia: saco manguera, conecto canilla, saco la de desagote, la trabo para que no caiga al suelo y escupa toda el agua jabonosa por el piso (me ha pasado más de una vez llegar y encontrar al gato arriba de un escalón, sacudiendo su pata trasera con cara de “me parece que el lavarropas descargó feo”), lavo, saco mangueras e insulto. Pues bien, una vez mudada, observo en el lavadero un orificio en la pared que sirve exclusivamente para depositar la manguera de desagote, y lo más excitante aún es que existe una canilla just for de lavarrop. Increíble, la vida me sonríe (lo que es el primer mundo). No voy a empañar la anécdota feliz con que el orificio estaba obstruido y vino el encargado a hacer lo suyo, porque es totalmente secundario. Acá el tema no es el encargado, acá la vedette es otro sujeto. ¿Qué reflexiono? Si tengo un lavadero tan bien provisto, lo menos que puedo hacer es una conexión deluxe, y si algo aprendí de mamá y su devoción por las máquinas lavadoras es que la manguera de desagote debe extenderse 60 cm aprox. en posición vertical antes de meterse en el canal encargado de llevarse el agua de descarte. Bien, tomo medidas del caño a utilizar, del diámetro del orificio, calculo los elementos necesarios y me dirijo a la ferretería más cercana con el fin de abastecerme. Es allí donde reside uno de los enemigos más despreciables del género femenino, un titán que no se deja doblegar tan fácilmente, una especie de ente corrosivo: el Ferrete del Horror. Entro al negocio y ya me atiende con cara de ésta-me-va-a-pedir-un-pituto-para-hacer-découpage, prejuzgando y viéndome como una precámbrica inepta que nunca cambió una bombita de luz. “Buen día”, digo yo, así tan simpática. “Hola, ¿qué necesitás?” (Tres kilos de papas, imbécil). “Estoy buscando un caño de PVC de 60 cm” (tomá, culo empastado, no tuviste que preguntarme “de cuál”, haciendo notar la obviedad de que no todos los caños son iguales, si no fijate tu hijo menor). San tornillo raya al medio me trae el caño cortado. “Algo más”, pregunta macho alfa. “Sí, un codo de 3 mm de diámetro” (duele, ¿eh?, fisher de mazapán, te molesta tanta precisión en polleras). Y ahí mismo, como no puede con su genio de perno aceitado, como no tolera que una señorita sepa de qué la va un oring de agua o un precinto de seguridad, el muy turro manda: "¿Para qué es el codo?" (Para sentarme encima y practicar Tantra, tá que te re-tiró; ¡qué carajo te importa para qué es!). “Para la conexión de desagüe del lavarropas”, explico sonriente sin perder la calma. Cabeza de biela comienza a experimentar un tic en el párpado y, desalentándome, manifiesta: “Y para qué vas a usar todo esto, meté la manguera directamente en la rejilla”. Replico: “El tema es que se recomienda que esté vertical, entonces necesito el codo para poder afirmarlo en el orificio de la pared”. Así comienza la guerra con el ferrete, él desgarrándose de a poco por la sapiencia femenina en un área puramente masculina; yo, con mi mejor sonrisa de cómo-te-la-estoy-mandando-a-guardar, sin retroceder ni un milímetro. Filtro oxidado, echando espuma por la boca, redobla la furia: “Bue, vas a hacer todo eso y no es necesario, ¿estás segura de que son 3 mm?”. “Sí, estoy segura. Lo medí con un... (y le disparo con munición pesada) ¡calibre!” (con el mismo que te debés medir las pelotas que te cuelgan de la bisagra). Lija al agua está que explota me explota me expló. Acto seguido, cual yegua herida, mete todo en una bolsa, y arroja la frase matadora: “Y todo esto ¿con qué lo vas a pegar?”; todavía no se convence, no se deja domeñar, no cede. Y yo, airosa, aún sonriente, con jazmines en el pelo y rosas en la cara, le doy la estocada final: “Tengo sellador de silicona en casa, gracias”. Arandela de goma cae vencido, su hígado se retuerce ante la impudicia de la fémina que entiende lo que va a hacer a una ferretería; se ahoga en su propia ponzoña generada por todo aquello que no tenga pantalón Ombú, manos engrasadas y raya de upite al aire, queda noqueado sin entender el descaro que acabo de tener ante él, justo él que es la eminencia del bulón. Luego de pagar, salgo bolsa en mano, jurando no volver a pisar ese antro infernal, y convencida de una cosa: vos podrás tener el taladro macho más pulenta de la cuadra, con doble percutor untado en gel íntimo, pero yo... yo, clavo con bucles, soy una tenaza hembra muy difícil de enroscar.

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