Muchas
son las maneras que uno tiene de clasificar a la gente, lo revelador
es encontrar una nueva. Hoy descubrí algo interesante al respecto:
teniendo en cuenta a todas las personas existentes pueden trazarse
dos patrones relacionados con el transporte público. Existen
quienes, al subir a un colectivo, subte o tren vacíos y a pesar de
que su trayecto implique pocas cuadras o estaciones, ocupan un
asiento sin más consideraciones. Se sientan, se apropian de su lugar
sin importar que ese estado dure cinco minutos. Hay otros que en la
misma situación permanecemos de pie y cedemos las butacas a quienes
emprendan recorridos más prolongados, con la errada idea de “para
qué si ya me bajo”. Y aquí viene el hallazgo: los primeros son
los que entendieron el mundo al dedillo y quienes están destinados a
la felicidad; los segundos aún estamos intentando poder –algún
día–
dar el paso sin importar lo que dure el viaje.
miércoles, 27 de junio de 2012
lunes, 25 de junio de 2012
viernes, 22 de junio de 2012
Arriando velas
Hoy
te voy a hablar a vos, ser inconveniente, a quien creí extinto,
quien pensé había madurado, a vos que te he cruzado por la vida y
que me has arruinado más de una noche, ya sea en el mismo envase, ya
sea en uno distinto. No te vengo a hablar porque hayas retornado a mi
existencia, no; me pronuncio ante tu persona porque has regresado en
forma de frustración al umbral de la puerta de una querida amiga,
completamente inocente frente a especies como la tuya. Ejemplares que
en una despiertan compasión, pero que con el tiempo demuestran ser
un fraude. Hoy te lo voy a decir, para reivindicar mis noches para el
olvido, y tal vez las de tantas congéneres que cayeron en tu burda
melancolía asexuada. Te hablo a vos, lumpen del erotismo, a vos que
conquistás a una damisela, la chamullás desde la ternura, le vendés
el disfraz de soy-un-ser-sexuado, te la das de te-voy-a-poner-a-gozal
y aceptás unirte en cópula con ella. Claro que hasta aquí no hay
nada indecoroso, lo descarado de tu parte aparece entre las sábanas,
una vez llegado el momento de concretar el accionar anatómico, luego
del juego previo, ahí desplegás tu costado más vergonzoso que
consiste en poner cara de compungido y evidenciar la obviedad, hacer
explícito lo que la señorita ya advirtió: tu mástil sentimental, apenas rozó estribor, abandonó su enhiesta rigidez y no hay drizas ni jarcias que icen el velamen; al instante soltás: “Perdón, no puedo... es
que... estem... mmm... nada... viste... ehm...”. La damisela, así
en bolas como está y ante tamaña situación, te regala frases de
contención que salven el naufragio, hasta que vos expresás: “Sí, perdón... lo que pasa
es que... me acordé de mi ex novia... todavía no puedo superarlo”. (Glu, glu, glu, glu)
Acá voy a aclarar algo, no necesito explicar (aunque voy a hacerlo)
que entiendo que a cualquier hombre puede sucederle algo así, digo,
verse impedido de erección, lo entiendo y no me espanta. Puedo creer
en que un ser pensante tenga un coágulo amoroso que le impida
concretar un acto. Sin embargo, sepan que hay una partida de
muchachos que toma esa actitud como pilar para la vida, que busca superar su fracaso conyugal en la cama de alguna muchacha. Entonces,
a vos te digo, exterminador de libidos, si no estás en condiciones de
tener encuentros sexuales con una, guardate bajo llave. Si el glande
no está para fiestas, dale unas vacaciones. No podés ir por la vida
haciendo fallida la vida sexual de las féminas. Hay veces en que las
chicas queremos fornicar y ya, nada más que eso, garchar y no
abrazarnos mientras vos suspirás por la otra y nos acariciás el
pelo. Fijate, no sé... tomate un tiempo, salí de putas, hacé
karaoke con tus amigos, cascate la chaucha sin piedad, andá al
psicólogo, leé a Osho, erotizate con Milla Jovovich, hacete un tatuaje, cambiá el auto, andá a ver el carnaval de Gualeguaychu, pero no vengas
a hacer flácidas las noches de aquellas que ya sabemos que Papá
Noel son los padres. ¿Dale?
lunes, 18 de junio de 2012
Anotatelón
El
pantalón jogging en hombres es una obscenidad,
y si es
gris (perla o topo) redobla la apuesta.
martes, 12 de junio de 2012
Es el peor tiempo perdido...

viernes, 8 de junio de 2012
Los hombres de mi vida III
Día:
sábado.
Hora:
11 hs.
Desafío:
instalar apropiadamente el lavarropas.
Obstáculo:
el ferrete del horror.
He
pasado muchos años con un sistema de conexión de lavarropas
extremadamente precario, dado que en la cocina donde estaba el sector
lavado no había rejilla interna de desagüe. La manguera de carga de
agua cruzaba todo el ambiente hasta la bacha, así como la de
desagote. Cada vez que había que lavar, era la misma historia: saco
manguera, conecto canilla, saco la de desagote, la trabo para que no
caiga al suelo y escupa toda el agua jabonosa por el piso (me ha
pasado más de una vez llegar y encontrar al gato arriba de un
escalón, sacudiendo su pata trasera con cara de “me
parece que el lavarropas descargó feo”),
lavo, saco mangueras e insulto. Pues bien, una vez mudada, observo en el lavadero un orificio en la pared que sirve exclusivamente para
depositar la manguera de desagote, y lo más excitante aún es que
existe una canilla just for de lavarrop. Increíble, la vida me sonríe (lo que es el primer mundo). No voy a empañar la anécdota
feliz con que el orificio estaba obstruido y vino el encargado a
hacer lo suyo, porque es totalmente secundario. Acá el tema no es el
encargado, acá la vedette
es otro sujeto. ¿Qué reflexiono? Si tengo un lavadero tan bien
provisto, lo menos que puedo hacer es una conexión deluxe,
y si algo aprendí de mamá y su devoción por las máquinas
lavadoras es que la manguera de desagote debe extenderse 60 cm aprox.
en posición vertical antes de meterse en el canal encargado de
llevarse el agua de descarte. Bien, tomo medidas del caño a
utilizar, del diámetro del orificio, calculo los elementos
necesarios y me dirijo a la ferretería más cercana con el fin de
abastecerme. Es allí donde reside uno de los enemigos más
despreciables del género femenino, un titán que no se deja doblegar
tan fácilmente, una especie de ente corrosivo: el Ferrete del
Horror. Entro al negocio y ya me atiende con cara de
ésta-me-va-a-pedir-un-pituto-para-hacer-découpage,
prejuzgando y viéndome como una precámbrica inepta que nunca cambió
una bombita de luz. “Buen
día”, digo yo, así
tan simpática. “Hola,
¿qué necesitás?”
(Tres kilos de papas, imbécil). “Estoy
buscando un caño de PVC de 60 cm”
(tomá, culo empastado, no tuviste que preguntarme “de cuál”,
haciendo notar la obviedad de que no todos los caños son iguales, si
no fijate tu hijo menor). San tornillo raya al medio me trae el caño
cortado. “Algo más”,
pregunta macho alfa. “Sí,
un codo de 3 mm de diámetro”
(duele, ¿eh?, fisher de mazapán, te molesta tanta precisión en
polleras). Y ahí mismo, como no puede con su genio de perno
aceitado, como no tolera que una señorita sepa de qué la va un
oring de agua o un precinto de seguridad, el muy turro manda: "¿Para
qué es el codo?"
(Para sentarme encima y practicar Tantra, tá que te re-tiró; ¡qué
carajo te importa para qué es!). “Para
la conexión de desagüe del lavarropas”,
explico sonriente sin perder la calma. Cabeza de biela comienza a
experimentar un tic en el párpado y, desalentándome, manifiesta: “Y
para qué vas a usar todo esto, meté la manguera directamente en la
rejilla”.
Replico: “El
tema es que se recomienda que esté vertical, entonces necesito el
codo para poder afirmarlo en el orificio de la pared”.
Así comienza la guerra con el ferrete, él desgarrándose de a poco
por la sapiencia femenina en un área puramente masculina; yo, con mi
mejor sonrisa de cómo-te-la-estoy-mandando-a-guardar, sin
retroceder ni un milímetro. Filtro oxidado, echando espuma por la
boca, redobla la furia: “Bue,
vas a hacer todo eso y no es necesario, ¿estás segura de que son 3
mm?”. “Sí, estoy segura. Lo medí con un... (y
le disparo con munición pesada)
¡calibre!” (con
el mismo que te debés medir las pelotas que te cuelgan de la
bisagra). Lija al agua está que explota me explota me expló. Acto
seguido, cual yegua herida, mete todo en una bolsa, y arroja la frase
matadora: “Y
todo esto ¿con qué lo vas a pegar?”;
todavía no se convence, no se deja domeñar, no cede. Y yo, airosa,
aún sonriente, con jazmines en el pelo y rosas en la cara, le doy la
estocada final: “Tengo
sellador de silicona en casa, gracias”. Arandela
de goma cae vencido, su hígado se retuerce ante la impudicia de la
fémina que entiende lo que va a hacer a una ferretería; se ahoga en
su propia ponzoña generada por todo aquello que no tenga pantalón
Ombú, manos engrasadas y raya de upite al aire, queda noqueado sin
entender el descaro que acabo de tener ante él, justo él que es la
eminencia del bulón. Luego de pagar, salgo bolsa en mano, jurando no
volver a pisar ese antro infernal, y convencida de una cosa: vos
podrás tener el taladro macho más pulenta de la cuadra, con doble
percutor untado en gel íntimo, pero yo... yo, clavo con bucles, soy
una tenaza hembra muy difícil de enroscar.
martes, 5 de junio de 2012
The Babel torre o La tower Babel
Tras
una seguidilla de malentendidos, explicaciones inútiles y pulsión
asesina cual personaje de Michael Douglas en Un
día de furia,
he decidido hacer voto de silencio. Me pronuncio ausente de ciertas
situaciones de diálogo, y me limito a manifestar un “aha”,
“mmh”, “mirá vos”, “sí, claro”, como una siome que está
coreando al rapero de moda. Pero no tengo otra opción: comunicarse
en estos tiempos modernos es una tarea casi titánica. No hay manera
de entenderse con el prójimo; estamos atravesando lo que se llamaría
crisis entre alocutor y alocutario. Es así que, gracias a mi nuevo
mutismo, puedo apreciar cómo dos o más personas están hablando de
lo mismo y no logran ponerse de acuerdo, ni siquiera se enteran de
las ideas del otro, simplemente, porque no se escuchan. Están más
atentas a su opinión, que a oír lo que el otro tiene para decir y
responder en consecuencia. Lamento reconocerme un poco así, tiempo
atrás, cuando sí opinaba y cuando sí intervenía en tertulias que
creía interesantes.
No hace mucho se presentó una escena laboral
donde alguien estaba contando algo que nos incumbía a todos
(llamémosla persona A), y otro sujeto que estaba “escuchando”
interrumpió, enunciando una frase de disconformidad con un tono muy
poco amable (persona B); ahí advertí que la persona B tenía un
preconcepto armado acerca del tema desarrollado por persona A, con lo
cual sin permitir la finalización del discurso de A y, por ende, sin
saber la conclusión de A, a la persona B le saltó la térmica y
comenzó a enmarañarse en una respuesta que expresó diferencias,
bronca, saturación, negligencia y no sé cuántas negativas más. El
resultado: esa interrupción fue ramificando justificaciones
aclaratorias a partir de la intervención de B, sin dejar en claro lo
expuesto por A, y alejándonos cada vez más del asunto que a todos
competía que era el relato de apertura de A. O sea, B con su opinión
anticipada, con su ira masticada vaya a saber uno por qué, y sus
ganas locas de discutir y manifestar odio, forzó el discurso de A
para el lado que más le convino, y allí explotó el globo. Si A no
hubiera sido embestida por B, A habría terminado su exposición, B
habría comprendido, habría podido manifestar su opinión y
habríamos llegado a una conclusión más coherente. Escena:
A:
–(Tono
explicativo)
Ayer tuvimos una reunión con el vendedor de huevos y ofreció
vendernos cada maple a $ 35, con la condición de que compremos
durante todo el segundo semestre. Nosotros dijimos que nos parecía
un precio razonable, siempre y cuando mantuviera fijo el monto. Y
ahí, el señor Vázquez nos respondió que si los huevos aumentaban
no podía prometernos un congelamiento de precios, pero sí un
porcentaje de aumento mensual. A lo que nosotros respondimos...
B:
–(Interrumpiendo
a A y mirándolo fijamente, índice en alto)
Escuchame
una cosa, hace 15 días dijimos que los huevos son partidarios del
colesterol, entonces si ya otros años nos arreglamos sin huevos, me
parece que este años tranquilamente podemos prescindir de los
mismos...
A:
–Sí,
claro. Pero esta reunión fue por el precio de los huevos, no por sus
propiedades nutritivas.
B:
–(Mirando
hacia abajo con el ceño fruncido)
Bueno,
pero si daña la salud ya no hay nada más que hablar. El año pasado
en lugar de tortillas cocinamos berenjenas al horno.
A:
–Está
bien, sí, lo recuerdo, pero la semana pasada en la charla que
tuvimos los aquí presentes para preparar flanes con huevo, acordamos
volver a hablar con el señor Vázquez. Aparte las berenjenas están
carísimas.
B:
–(Con
tono crispado)
¡¿Y los huevos no?! Vos
estás diciendo que se habló del precio de los huevos, y de nuestro
compromiso para comprarle durante todo el semestre. No puede monopolizar
el mercado del huevo, ¿se entiende?
A:
–No,
no lo está monopolizando, estamos hablando de una puesta en común.
Nadie determinó comprarle los huevos a él...
B:
–(Sin
escuchar)
Porque
el mismísimo Colón les paró un huevo a los reyes de España, y
acordate cómo terminó el asunto, ¿eh? Con espejitos de colores y
genocidio por doquier. ¿Acaso vos estás a favor del genocidio?
A:
–No,
yo no estoy a favor del genocidio, sólo pretendo llegar a un acuerdo
con los huevos. Esperame un poco que termine de contar así saben en
qué quedó la propuesta...
B:
–Sí, claro, ahora me venís con si primero fue el huevo o la
gallina. ¿Te parece bien cómo crían a los pollos ahora? ¿Eh? Si
el año pasado trabajamos con Greenpeace,
qué te hace un año más seguir con la misma postura.
A:
–(Estupefacto) ¿Quién dijo algo de Greenpeace?
(Se
mete C, en la charla, totalmente desubicado)
C:
–A mí el flan con huevo no me gusta...
Algo
así son las conversaciones que rodean mi ser día a día; alguien
dice, el otro no escucha, ese mismo opina, luego repite lo que creyó
que el otro dijo pero que nunca coincide con lo verdaderamente
expresado, y así las cosas... Y ojo que no estoy hablando de
política, ¿eh? Estoy hablando de asuntos inofensivos, pero con una
afectación descomunal. Mientras tanto... yo miro, callo y aplaudo
con fervor el gran teatro del absurdo. Definitivamente, el silencio es salud.
(Telón)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)